Me incliné, colocando una mano bajo las rodillas del chico y la otra en su espalda. Lo cargué como en esas escenas de televisión, al estilo princesa. Aunque lo había tocado antes, la electricidad volvió a recorrer mi cuerpo con un escalofrío punzante, erizando cada vello de mi piel como si hubiera caído bajo una tormenta helada. Era extraño, casi adictivo, como si mi cuerpo reaccionara por instinto a su cercanía.
La entrada principal no estaba lejos, pero el trayecto se me hizo eterno. Su pijama ridícula, con esa tela suave que se resbalaba de mis manos, me complicaba mantenerlo firme. Ajusté mi agarre, apretando más de lo necesario. Mi respiración se volvió pesada. No quería soltarlo.
Avancé con pasos largos, decididos, hasta que al fondo divisé la Ford Lobo Raptor negra esperándome como un lobo acechante. Tenía que subirlo antes de que despertara. El peso del chico no me molestaba; lo que me estaba matando era esa mezcla de vainilla, canela y algo más que impregnaba mi pecho con cada inhalación.
Uno de mis hombres abrió la puerta del copiloto. Lo acomodé en el asiento, su cabeza ladeada dejaba ver las pecas de su rostro, pequeñas constelaciones que parecían burlarse de mí. Le aseguré el cinturón como pude, cerré la puerta de un golpe y me entregaron las llaves.
Encendí la camioneta, bloqueé seguros y ventanas. Siempre precavido. Detrás de mí, otra camioneta y dos motos me escoltaban, motores rugiendo como recordatorio de que nunca estoy solo.
Conecté el celular. Banda MS. La primera canción fue Piénsalo. Sonó en el interior y, por un segundo, la música contrastó con la tensión que me devoraba. Me reí para mis adentros: nadie se imaginaría que un “jefe” como yo condujera con música de banda, cuidando a un omega desmayado con pijama de dinosaurio.
Pero la realidad me cayó encima otra vez. Debía saber más. Pausé la canción y marqué a Jeongin.
—Estoy ocupado, Changbin. Rápido —gruñó desde la otra línea.
—Será rápido. Necesito que investigues al chico. Algo me dice que no es común.
Silencio. Luego, la voz de Jeongin bajó un tono, como si confesara un secreto.
—No lo es. Es tu destinado.
Mi pecho se apretó.
—¿Destinado? Mi apá contaba esas historias de niños. No creí que fueran reales.
Lo miré de reojo. El chico parecía dormir tranquilo, pero ese olor suyo no me dejaba pensar con claridad.
—Aquí todos lo vieron. Sus ojos azules. Los tuyos, rojos. Es real, Changbin. —Hizo una pausa—. Cuídalo. Y si le haces daño… más te vale tener un seguro médico. —Colgó.
Resoplé, apretando el volante con fuerza. ¿Destinado? Esa palabra pesaba como un yugo.
La música volvió a sonar, más baja. Intentaba distraerme, pero no podía.
Un quejido suave rompió el silencio.
—¿Hmm? —me giré apenas. El chico se movió, sus labios secos se abrieron.
—¿Dónde estamos, alfa? —su voz sonaba ajena, cargada de poder.
“¡Es mi omega! ¡Ya despertó!”, rugió mi lobo.
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PIÉNSALO (Changbin x Felix)
Loup-garouFelix es un omega ruso que por error termina en un contenedor con dirección a un rancho de México de un alfa buchon.
