Capitulo 9

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Esa comodidad que solo da un buen colchón era lo que me hacía falta desde hacía días. Pero esta vez no era solo la cama: era el cuerpo calientito que me tenía enredado como tamal bien envuelto. Brazos en mi espalda, una pierna sobre mí, y su nariz clavada en mi cuello, justo donde está mi glándula de aroma. Me estaba oliendo, pegado a mí como si supiera que ahí estaba su lugar. Y lo peor es que me gustaba.

Sí, estaba despierto, pero no tenía ganas de abrir los ojos. Quería quedarme ahí, respirando vainilla y canela, con ese tercer filo de jengibre que me erizaba la piel. Eso era descanso. Eso era paz. Pero yo no soy hombre de lujos duraderos: el deber, el dinero y la guerra nunca duermen.

Con un suspiro pesado, intenté moverme. Abrí los ojos apenas y la luz me ardió como cuchillo. Bajé la mirada y lo vi: Felix, hecho bolita, babeándome la clavícula. Era adorable.

Alcancé una almohada a ciegas y, con mucho cuidado, la metí en su lugar cuando logré soltar sus brazos y piernas. Armé un muro de cojines alrededor suyo. Tal vez ni lo note, pensé. Tal vez sí, y me odie un rato.

—Dios… no soy tu mejor guerrero, ya suéltame —susurré cansado, medio en broma.

Horas antes, cuando todavía era de madrugada, tuve que lidiar con su berrinche. Apenas nos habíamos marcado, y el niño quiso ducharse “porque se sentía sucio”. ¿El problema? Que no podía ni mover las piernas. Tuve que cargarlo hasta la tina, desnudarlo y meterlo al agua caliente. Lo lavé como si fuera mi propio hijo: cabello, espalda, hasta tuve que hacerle masajito porque se quejaba de todo. Se reía entre quejidos, pero yo lo disfrutaba. Jamás pensé que bañar a alguien pudiera ser tan íntimo.

Ahora dormía tranquilo, con una de mis camisas enormes como pijama, abrazando mi cobija de tigre. Se veía feliz, y por el lazo lo sentía igual. No había arrepentimiento en él, y para mí eso era suficiente.

El celular me devolvió a la realidad. Localicé el ruido entre la ropa amontonada en la esquina —sí, la que nunca recogí. Lo pesqué y contesté al instante: era HyunJin… bueno, más bien JeongIn con su celular.

—Bueno, ¿si me escuchas, wey? —la voz de mi hermano menor.

—¿Por qué chingados tienes el celular de HyunJin? —gruñí.

—¡Te marqué como mil veces y no contestaste! —me gritó—. Oye, ¿puedo ser metiche? ¿Ya le diste la pastilla? ¿O usaron gorrito?

Se me secó la boca.

—¿Qué… qué gorro ni qué pas…? —me quedé callado al caer en cuenta. Mi estómago se revolvió—. ¿Tienes?

—Claro que yes. Papá mandó a comprar justo ayer, están en tu oficina.

Me sentí idiota. Olvidar algo tan básico por pura calentura… inconcebible.

—¿Cómo puedes ser tan pendejo en la vida y tan bueno en los negocios? —se burló JeongIn.

Le colgué antes de escuchar otra estupidez.

Corrí hacia mi oficina. Mi lobo, emocionado, soltó de repente: “Si tenemos un cachorrito, ¿qué nombre le ponemos?”

—¡No chingues! —refunfuñé en voz baja.

En el escritorio me esperaba una cajita blanca y azul, junto a condones y una botella de agua sellada. Revisé ingredientes por puro instinto. No quería que algo raro dañara a Felix.

PIÉNSALO (Changbin x Felix)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora