Siempre he odiado el olor que desprende la gente cuando se enoja, y lo que menos tolero es el olor a cítricos. Lo curioso es que mi padre casi siempre cargaba esos aromas encima: la molestia y, sobre todo, el limón. No es que odiara a mi padre, simplemente nunca me agradaron esos olores. Me irritaban la nariz, me hacían sentir como cuando muerdes una cáscara de naranja sin querer y se te queda ese amargor en la boca. Mi olfato era demasiado sensible: ventaja y maldición a la vez.
—¡Tú, maldito enano! —el grito de mi padre resonó como un trueno en toda la habitación. Me señalaba con el dedo índice, los ojos inyectados de enojo.
Quiso seguir hablando, pero de repente se detuvo en seco. Sus pupilas se desviaron hacia el bulto que yo protegía contra mi pecho.
Desde que había entrado, mi pequeño omega se aferró con fuerza a mí, enterrando el rostro en mi camiseta, como si quisiera desaparecer. Su respiración era rápida, nerviosa.
—No es enano… —susurró con molestia, apenas audible, pero con una valentía que me sorprendió.
El gruñido fue bajo, pero estaba ahí.
Vi cómo las fosas nasales de mi padre se expandían y contraían, buscando con el olfato lo que sus ojos no alcanzaban a comprender.
—¿Por qué huele a leche? ¿Y quién es esa bola que tienes aferrada a ti, la misma que dice que no eres enano? —preguntó, desconcertado.
Caminó lentamente por la habitación, olfateando. Su olfato era tan bueno como el mío; no necesitaba fingir que no entendía. Llegó hasta mi escritorio y se dejó caer en la silla, con esa calma peligrosa que usaba cuando quería demostrar control.
—Esa cosa que tienes pegada tiene el cabello gris —afirmó, entre orgulloso y sorprendido—. Quítate al niño de encima, necesitamos hablar.
—No le digas “cosa” —gruñí, mi voz de alfa vibró en el aire, haciendo eco en las paredes—. No quiero hablar ahora.
—¡Ah, cabrón! Entonces es verdad… me tocó el encargo perdido de Oleg. —Se recargó en la silla, incrédulo—. ¿Sabes lo que tienes en los brazos? Es el hijo del narcotraficante y empresario ruso más importante.
—Sí —respondí con otro gruñido, acariciando la espalda de mi cachorro—. Lo descubrí hace rato.
El olor de papá, esa mezcla de tequila con cítricos, se expandía como veneno en la habitación. No me gustaba. Me daba dolor de cabeza, me revolvía el estómago.
Antes de que pudiera decir algo más, el bullicio rompió el silencio. JeongIn, el omega más consentido y dramático de la casa, gritaba desde el pasillo.
—¡Papiiiii, apaaaa, padrecitooooo! —su vocecita de niño fresa me taladraba los oídos.
—Creo que tu solecito te busca~ —le canturreé a papá con sorna.
Él chasqueó la lengua, molesto.
—Luego hablamos del hijo de Oleg —dijo, poniéndose de pie.
Pero antes de que alcanzara la puerta, un JeongIn salvaje irrumpió, como siempre. Se lanzó sobre papá, colgándose de su cuello como si aún fuera un niño.
—¡Tengo noticias, tengo noticias, tengo noticias! —canturreaba sin parar—. ¡El amor de mi vida, que no sabe que es el amor de mi vida, viene la próxima semana!
Rodé los ojos. Había olvidado la reunión con uno de mis hombres en Jalisco, el encargado de la zona central. El enano de mi hermano, con su entusiasmo absurdo, acababa de recordármelo.
—Necesito ropa nueva, papi —gimoteó JeongIn, usando esa vocecita manipuladora que le conseguía todo desde niño.
Lo jaló del brazo y lo arrastró fuera de la habitación. Antes de cerrar, me miró con burla.
—Cabeza de coco, nana le traerá ropa al niño. ¿O piensas dejarlo paseándose por toda la casa en pijama?
Asentí con la cabeza, seco. La puerta se cerró y, con ella, el bullicio se apagó.
El silencio volvió. Solo quedaba la respiración tranquila de mi cachorro. Tenía que averiguar por qué su lobo seguía reteniendo el control, sin dejar aparecer al humano. Esa anomalía me inquietaba más de lo que quería admitir.
Con cuidado, saqué el celular. El omega seguía aferrado a mi ropa, como si yo fuera su único refugio. Le escribí a mi médico, explicando la situación.
Respondió casi al instante. Varias hipótesis, ninguna buena. Algunas hablaban de traumas, de bloqueos psicológicos. Otras, de daño en la conexión entre lobo y humano. Las pocas positivas eran improbables y no las comprendía del todo.
Resoplé con frustración. Por un momento decidí distraerme. Abrí Candy Crush, porque incluso yo necesitaba un respiro. El niño parecía dormido, así que intenté moverlo. Lo recosté con cuidado en la cama, rodeándolo con almohadas para que no rodara. Lo arropé bien, protegiéndolo del frío que ya se colaba por la ventana. El aire de la noche tenía ese frescor húmedo que anuncia el anochecer. Me levanté, cerré la ventana y corrí las cortinas.
“¡A veces soy una cosa bárbara!”, pensé con orgullo.
“Ajá… ahora resulta que hacer cosas básicas es de héroes”, bufó mi lobo.
Sonreí. Tal vez tenía razón, pero no me importaba.
Me dirigí a la puerta. Antes de salir, le lancé una última mirada. Ahí estaba, con su pijama de dinosaurio, dormido tan quietecito que parecía un dibujo.
“Cómo quisiera estar así… tranquilo, dormido, sin preocupaciones.”
Cerré la puerta despacio, procurando no hacer ruido.
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Es puro relleno pero al rato subo la otra parte, necesitaba subir eso para hacer lo demás
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