El colchón lo recibió primero a él y luego a mí de rebote, como si la cama también supiera quién era el que mandaba en mi respiración. El golpe fue suave, un hundimiento dulce en esa espuma que conozco desde morro; ahí mismo me quedé dormido más de una vez con la tejana chueca, botas embarradas de lodo y una pistola bajo la almohada. Pero esta vez había otra cosa en el aire: vainilla, canela y ese tercer filo que descubrí en la camioneta… jengibre. Y el mío, pegado al suyo: tequila, café y ese toque de chocolate que solo me sale cuando estoy verdaderamente alterado.
—Te traigo agua. Ya hablé para que te consigan inhibidores —le digo, sentándome a un lado, dejando espacio, queriendo portarme civilizado. El supresor tarda, pero llega.
—¿Hay una marca que tomes? Tal vez tarden unos treinta minutos —agrego, por decir algo que no sea “te necesito”.
No contesta. En lugar de eso, se me acerca con esa decisión que sólo tienen los que han tomado ya una ruta sin regreso y me rodea el cuello con los brazos. Lo escucho respirar en mi oído; juro que ese sonido es peor que cualquier bala. Tiembla y, aun así, su voz me atraviesa con firmeza.
—Solo te quiero a ti —susurra.
Mi lobo le responde antes que yo. “Nuestro.” La palabra retumba en el cráneo, como un tambor viejo. Yo intento ponerle freno, recordar el plan, la prudencia, los malditos rusos, a mi padre y a Dong-seok a dos puertas de aquí. Pero la realidad es que lo tengo encima, cálido, entero, y que todo mi cuerpo late hacia el mismo punto.
—Felix… —le digo con cuidado—. Dime si paro.
No me suelta. La sábana se arruga bajo sus pantuflas de conejo, la pijama rosa se le desliza en los muslos, y mi sala de armas se vuelve de golpe inútil: aquí, la única guerra es contra mí mismo.
Besarlo fue una decisión que tomamos los dos. Lo noté en la forma en que abrió la boca con hambre y confianza, en la manera en que su aroma se elevó, claro como una bandera en medio del campo. La primera caricia fue honesta, torpe de tan honesta; la segunda ya no. En la tercera, el lobo y yo éramos el mismo cuerpo.
Le sujeto la nuca con una mano, el pulgar en su mandíbula, invitándolo. Él responde con un gemido cortito, como de sorpresa, y se pega más. La camisa me estorba, así que me la desabrocho sin dejar de probarle la risa tímida que le vibra en los labios. Lo aparto un centímetro.
—¿Estás seguro? —pregunto de frente, con la voz baja pero limpia. No quiero dudas aquí; no con él.
Felix asiente, ojos de vidrio y fiebre. El supresor no ha hecho efecto completo; su piel arde y su olor… su olor me clava una espina dulce en el pecho. Mi lobo empuja: “ahora”. Yo freno: “despacio”.
—Dime si algo te incomoda. —Tomo aire y me quito la camiseta. Siento su mirada encima, descarada y dulce—. Quiero cortejarte de verdad. Y cuidarte.
—Por favor —dice, y es una plegaria que me parte.
Lo beso otra vez, más profundo. Mis manos, que de ordinario sólo sirven para cargar cajas, tirar puertas y amarrar seguros, ahora aprenden a tocar. Le masajeo el cuello, bajo por el pecho sobre la tela, y cuando le rozo los pezones por encima de la camisa me regala un “ngh” que me sube directo a la cabeza. Aflojo el ritmo; no quiero que el cuerpo nos gane la conversación.
—Agua —recuerdo, y me estiro hasta la mesita. Él me sigue con la boca, travieso, y se me pega a la espalda mientras destapo la botella. La risa se me sale sola—. Eres tremendo.
Bebe dos tragos, tiembla menos. Le limpio la comisura con el pulgar. Me mira como si le hubiera dado el mundo. Dejo la botella y vuelvo a él. Esta vez lo acomodo con la espalda al cabecero, lo abrigo con la cobija hasta la cadera. Me inclino. Le beso el cuello, la clavícula, vuelvo a subir, dejo que su piel me enseñe por dónde.
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PIÉNSALO (Changbin x Felix)
WerewolfFelix es un omega ruso que por error termina en un contenedor con dirección a un rancho de México de un alfa buchon.
