Dicen que en el mundo existe una persona que espera a otra, ya sea en el desierto o en una gran ciudad. Y cuando estas personas se cruzan y sus ojos se encuentran todo el pasado y todo el futuro pierde su importancia, solo existe aquel momento.
...
Al dar la luz del sol en la ventana, abro los ojos aún adormecida, busco a mi lado y observo lo más sensual que me ha dado la vida. Sus facciones se ven relajadas, no hay ceño fruncido, casi podría decir que está teniendo un dulce sueño. Levanto mi mano y con mi dedo índice recorro su rostro apenas con un roce «Este hombre mientras más pasa el tiempo, se vuelve más hermoso», pienso.
—Y lo mejor es que eres todo mío — susurro y la comisura de sus labios se elevan. El muy condenado ¡Está despierto!— ¡¿Desde cuándo estás despierto?! —le reclamo avergonzada de que me haya escuchado. Sus ojos azules me observan con diversión.
—Lo suficiente como para haberte observado dormida, para percibir la sensación de una caricia en mi rostro y escuchar lo que pensaste en voz alta y, si, soy todo tuyo y tú eres y siempre serás toda mía.
—Te hiciste el dormido, eres un tramposo ¿Sabes? —ríe a carcajadas, divertido por la situación mientras me abraza, me coloca encima de él y me besa, me separo enseguida con las mejillas ardiendo.
—¿Qué pasa Nena? —Sus cejas se juntan.
—No me he lavado, Dan ¿Cómo puedes besarme?
—No me importa, además, quiero mi polvo mañanero.
—¿Eres insaciable?
—Contigo siempre seré insaciable, Nena. —Se oye tan sensual cuando su susurro aterciopelado se desliza por mi oído, que me provoca un fogonazo en mi vientre. ¡Santo Cristo! Acto seguido me separo de él y salgo de la cama.
—¿Qué haces? —indaga. Me sigue dando un salto fuera de la cama. Intenta atraparme y avanzo a toda prisa rumbo al baño; sin embargo, lo siento más cerca de mí y se oyen sus carcajadas.
—¡No, Daniel! —Me escabullo— ¡Primero un baño! —Me atrapa por la cintura. Madre de Dios, estamos completamente desnudos y no puedo parar de reír. —¡No! —sigue riendo y me sube a su hombro cual saco de papas.
—¡Daniel! ¡Ah! —Me ha dado un azote en mi trasero—
—Tranquila, nena. Vamos a la ducha.
Y en la ducha, por supuesto se cobra su polvo mañanero. Luego pasamos el día en un tur, pero en la casa, ya que lo hacemos en el mesón de la cocina, en el mueble de la sala, bañandonos en la piscina y en la playa, parecíamos los propios conejos recuperando el tiempo perdido. Menuda reconciliación.
Lamento que tengamos que regresar a la vida terrenal. No sé que nos depara el destino después de toda esa locura que vivimos, lo que sé es que hemos pasado las pruebas que la vida nos impuso por lo que ahora estoy completamente segura de qué pase lo que pase siempre vamos a estar juntos.
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