CAPÍTULO 1

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A veces regresamos a donde fuimos felices, aunque ese lugar ya no sea el mismo.

—Despierta, ya es hora de levantarnos —susurré en el oído del chico apuesto que dormía al otro lado de mi cama, y lo zarandeé un poco.

El hombre infantilmente se quejó y giró bruscamente, atrapándome con su brazo entre él y la cama.

—Solo un momento más —pidió con voz ronca, sin ni siquiera hacer el intento por abrir los ojos.

—No, ya es tarde —comenté con fastidio, quitándome su brazo de encima—. Ya tienes que irte.

Por el reflejo de las luces que asomaban a través de las rendijas de las persianas, adiviné que faltaba poco para amanecer, pero aún se mantenía oscuro. Estar en Italia con los días más largos en invierno resultaba algo desconcertante, pero poco a poco me fui adaptando a ello.

—Nunca importa si son las doce del día o las cinco de la mañana, siempre es tarde para estar un momento más conmigo —expuso Enzo tristemente, sentándose a la orilla de la cama con medio torso desnudo.

Conocí  a Enzo dos días después de llegar a Florencia en una tienda de deportes donde él trabajaba, cuando fui a comparar precios de bicicletas. Era alto, moreno, con facciones cuadradas, nariz recta, pómulos afilados, ojos café y un experto en la cama. Me hacía gracia como siempre peinaba su cabello castaño con gel hacia atrás. Y por las mañanas, cuando tocaba que nos alcanzara el amanecer, su cabello seguía luciendo igual.

Me gustaba bastante el hombre, para ser sincera, pero no era suficiente, por lo menos para mí.

Desde un par de mesas atrás, había comenzado a insistir en dar un paso más en la relación. Sin embargo, a mí nada más me gustaba en mi cama, no en los desayunos, ni el cine, ni los museos, ni mucho menos con toda su ropa junto a la mía.

—Enzo, por favor, no comiences de nuevo. Estamos bien así. Formalizar o algo lo arruinaría —expliqué aventándole su camisa después de levantarla del desorden de prendas desparramadas en el suelo.

Con Enzo empecé a tener de dos a tres encuentros nocturnos por semana, creando un extraño hábito que nos beneficiaba a amos. Y yo lo prefería así, sin compromisos y sin sentimientos. No podía sentir algo más que afecto por él, y no llegaba a alcanzarme para darle un sí a sus tantas peticiones de noviazgo. De todos modos, pese a mis negativas, seguía buscándome y yo terminaba cediendo a sus encantos eróticos.

—Algún día —dijo cuando atrapó la camisa.

Me limité a ignorar su mirada mientras buscaba mi ropa. Para el momento en que estuve completamente vestida, y él también, por suerte encontré mi teléfono en el bolsillo de mi pantalón. Vaya que tuvimos una noche algo movida. Desde que salimos de beber unos tragos de Strizzi Gardenia, no pude recordar en dónde lo había dejado.

Me asomé a la pantalla para ver la hora en el celular, y al notar lo tarde que era, casi me da un pequeño infarto. Bueno, en realidad fingí que me daría uno. Tenía que viajar y mi vuelo salía a las doce del día. Apenas eran quince minutos para las seis de la mañana, pero necesitaba que se marchara Lorenzo, y ya sin su incómoda presencia poder preparar mis maletas y mi psique. Después de tres años, regresaría a Farmington y vería de nuevo a mi mejor amigo Joshua.

Enzo guardó en silencio todas sus pertenencias, llevándome a preguntar cómo es que había llegado su identificación a abajo de la cama. En seguida lo acompañé hasta la puerta, y cuando quise despedirlo con un beso en la mejilla, me detuvo tomándome del mentón para dejarnos cara a cara.

—Pude haberte llevado al aeropuerto. ¿Cuándo vuelves? —me preguntó amargamente, soltando mi rostro cuando sacudí disimuladamente la cabeza. No me gustaban sus demostraciones de cariño tan intensas.

SIEMPRE FUIMOS (Colección Destinos #2) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora