Capítulo 4 • La Gata y la Araña

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La noche estaba sosegada. El horario de visita había terminado hacía algunas horas, y Peter tuvo que abandonar el hospital mientras Kate permanecía en cama. Claro que eso no significaba que tuvieran comunicación cero de ahí en más, se enviaban mensajes desde la mañana hasta la noche, y de cuando en cuando (fuera del horario de visita) Peter se colaba por la ventana de la habitación de hospital para ver a su novia.

Transcurrían altas horas de la madrugada, Kate dormía plácidamente, o por lo menos tanto como la cama de hospital se lo permitiera. Mientras que, por otro lado, Peter no era capaz de conciliar el sueño. Debido a esto, el arácnido se puso su traje y emergió a la nocturna Manhattan.

Las estrellas del cielo permanecían ocultas tras una extensa nube que cubría a toda la ciudad. Parecía que iba a llover, más bien, parecía que iba a caer una gran tormenta y así fue.

—Lo que me faltaba —exclamó Peter acuclillado en una cornisa, sintiendo las gotas humedecer la tela que cubría su espalda mientras resonaba el estruendo de un relámpago que iluminaba las cumbres de la ciudad.

Usando una telaraña como ancla, se columpió hasta posicionarse debajo de uno de los grandes arcos de concreto que estaban a los lados del edificio sobre el que se encontraba. Se pegó a la pared con los pies y la punta de sus dedos. El paisaje tranquilo de la noche se volvió engorroso, y al mismo tiempo, bello, a causa de la lluvia.

A medida que la tormenta se intensificaba, las calles de Manhattan se veían desiertas y desoladas. El sonido de la lluvia golpeando el pavimento y el de los truenos romperse en la lejanía era ensordecedor, pero Peter no se inmutaba. Como si se hubiese congelado en el tiempo, estaba estático, admirando el paisaje frente a él a través de los lentes de su máscara.

De pronto, un relámpago deslumbró toda Nueva York, y segundos después, el estruendo lo acompañó. Pero, durante esos pocos segundos de resplandor, una figura se mostró, corriendo sobre los edificios. Estaba lejos, sin embargo, Peter podría jurar (por el cabello que seguía a sus movimientos) que se trataba de una silueta femenina.

Su punzada se activó, y la piel se le erizó. Su mente solo podía pensar en una persona, Yelena. De un salto abandonó su posición y comenzó a columpiarse bajo la lluvia para seguir a aquella figura que se movía con destreza sobre los techos. La figura se infiltró en el gran edificio de Oscorp, entrando por una rendija de ventilación a un costado sur del mismo. Peter apenas logró acercarse lo suficiente como para verla entrar.

Por un momento se sintió confundido, le había parecido ver que esa mujer tenía el cabello blanco. Casi instantáneamente se convenció de que debía ser por la escasa luz de la noche, y que en realidad, había visto el rubio de la rusa que le disparó a Kate.

Spider-Man entró por una rendija distinta con el fin de no ser descubierto. Se arrastró un par de metros antes de salir del ducto de ventilación, cayendo en la zona experimental de Oscorp. A su alrededor habían muchos escritorios y mesas con ordenadores y todo tipo de maquinaria científica. —¿Y ahora hacia donde? —se preguntó el arácnido. El edificio principal de Industrias Oscorp era gigantesco, no podía ir piso por piso hasta toparse cara a cara con Yelena.

Caminó un poco entre las mesas, echando un ojo a los diversos proyectos que se desarrollaban en esa sala, que aunque estuviesen desconectados no dejaban de ser interesantes. Y mientras caminaba se preguntó: «¿Qué hace Yelena en Oscorp?». Pensó que seguramente planeaba robar algo, (ya que la empresa de Norman se dedicaba principalmente al desarrollo armamentístico) quizás se trataba de algún proyecto inacabado o los planos de algún arma destructiva, sin importar lo que fuera, sabía que si Yelena conseguía lo que estuviera lo vendería al mejor postor sin lugar a dudas, porque así era ella, o así era la idea que Peter tenía de ella ahora.

Telarañas y Flechas: Volumen II | Spider-BishopDonde viven las historias. Descúbrelo ahora