Capítulo 3

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-México-

Hay algo tan jodidamente hermoso en ser mujer, no es fácil describirlo en palabras.
Creo que no hay manera de expresarlo más allá de experiencias, de risas, de bailes, de sonidos.

Pero ser mujer también es una maldición.

Los españoles me jalaron del cabello por la tierra, arrastrándome hasta lo más profundo de la selva, para luego soltarme en un charco de lodo, riéndose, chiflando, balbuceando.

Los miro con detenimiento, mis ojos enfocados en los suyos. Cinco españoles que me interceptaron mientras intentaba salirme del pueblo hacia mi antiguo territorio.
No fue mi noche de suerte.

Se divertían mientras me veían en el suelo.
Para ellos, soy un animal.
Yo me sentía como tal igual.
Quizás ser mujer es ser un animal.

- Pero que mona nena - uno de ellos gritaba borracho.

Otro tocaba mis mechones de cabello y los olfateaba
-Y miren que cabello más dulce.

Me aparte de ellos, intentando levantarme, pero ellos encontraban la manera de tirarme de regreso al suelo.

Bufé varias veces, intentando encontrar la manera de salirme de ahí, mi único problema es que me acorralaban.
No quería recurrir a la violencia, quería irme sin causar mayor escándalo.

- Déjenme en paz- vocifere.

- Aprende bien español antes de hablarnos, indígena - me dijo con repudio.

Me decían "indígena" como si fuera un insulto.
Imbeciles.

- ¿Intentando huir de tu marido? - uno de los hombres me hablo.

Si con marido se referían a España.... Si... si intentaba huir de él.
Intentaba huir de todos ellos.

- Solo quiero ir a un cenote a bañarme - intente fingir ser una inocente niña para que me dejaran ir, pero que podía esperar de unos brutos como ellos.

-Para bañarse lo hubieras dicho antes y te acompañamos primor - uno de ellos me tocó el hombro y me aparté sacando mi daga de jade, la única que me quedaba.

Los hombres se echaron hacia atrás, mientras yo me incorporaba con la daga en mano, mostrando mis dientes en una mueca.

Ser mujer es mostrar los dientes.

Entre ellos se miraban, mientras que yo bufaba y me acomodaba mi chal.

- Vale... entréganos eso y te dejaremos en paz - uno de ellos ya quizo dialogar conmigo en lugar de tratarme como una salvaje.

Claro, ¿y dejar ir la última pertenencia que tengo de mi padre?, no hay forma.

Escuché una hoja seca crujir en mi espalda, mis instintos se afilaron y con un sutil movimiento de mi brazo, le corté la cara a uno de los hombres de lado a lado.
Dio un paso atrás cubriéndose la cara, lloriqueando y quejándose mientras dos de sus amigos lo ayudaban.

- ¡ESTA LOCA! - uno de los hombres gritó.

Ser mujer es estar loca.

- Les advertí que me dejaran en paz - vociferé.

Sentí otros pasos detrás míos pero estos fueron más rápidos, tomándome de ambas muñecas, queriendo que suelte la daga.
Uno de los hombres se puso enfrente para agarrarme la daga, pero cometió un error al hacerlo.

Acercó mucho su cara a la mía.

En eso, algo se apoderó de mi, un instinto primitivo.

Y le mordí la cara.
De nariz a boca.
Y se lo arranqué de un mordisco.

Un tango de rivales Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora