2. Con chanclas y a lo loco

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Iván camina hasta mí y nos quedamos frente a frente. Nos hemos reconocido, eso es obvio. Ha pasado mucho tiempo, pero no hemos cambiado tanto. Iván sigue poseyendo ese magnetismo que irradiaba con diecisiete años, el aura de misterio, la mirada penetrante. Sus ojos de un azul imposible continúan rodeados de unas pestañas negras y espesas, conserva la cicatriz en la ceja, el piercing en la oreja izquierda y el pelo negro, aunque algo más corto y despeinado. Lo que sí es diferente es su cuerpo, ya no es un adolescente desgarbado. Está es más fuerte, más hecho. Más hombre. Algo que tampoco ha variado es su capacidad para no demostrar sus emociones, porque, si ha sentido algo especial al verme, no se deja traslucir en su rostro. Sin embargo, estoy segura de que el mío está descompuesto. Iván incluso tiene la desfachatez de recorrer mi cuerpo con las pupilas para terminar posándolas en las mías.

—No deberías conducir con chanclas —comenta y señala mis pies con el índice. Es cierto, voy en chanclas. Unas muy horteras, por cierto. Me sube lava desde el estómago hasta la boca y termino por escupirla, claro.

—¿Eso es lo único que se te ocurre decirme? Ya veo que sigues siendo igual de imbécil —le suelto. Él gira el rostro hacia un lado y resopla. A continuación, vuelve a mirarme y me sorprende no ver ira en sus ojos. Está extrañamente calmado, lo que me enerva.

—Tú tampoco has cambiado mucho, eres igual de irritante —me devuelve—. Tenía un clavo en la rueda delantera izquierda. Te lo he arreglado. Y he cambiado el aceite —me informa con un tono totalmente profesional. Sigo queriendo matarlo.

—Gracias —respondo y coloco la mano con la palma hacia arriba para que me devuelva las llaves. Él comprende lo que demando.

—Están puestas —me dice. Doy lo pasos necesarios para llegar a la puerta del conductor. Y para eso tengo que pasar muy cerca de él, que no se aparta ni un centímetro. Sigue oliendo así, de esa manera tan... especial. Intento no inhalar más de lo necesario y sujeto la manilla de la puerta—. Sofía, ¿quieres que tomemos algo juntos y charlemos? Salgo en media hora —me ofrece.

Mi corazón se detiene más tiempo del necesario y me exijo rememorar lo que sentí cuando admitió que no me quería tanto como decía quererme. Tristeza. Y decepción, sobre todo, decepción.

—No, Iván.

—¿Por qué? —me pregunta. Me doy la vuelta para observarlo y percibo cómo se estremece al encontrarse con la dureza de mi semblante. Un placer culpable me invade al verme dueña de esta situación.

—¿En serio quieres que te responda a eso? —lo desafío.

—Sofía, yo...

—Basta —lo detengo—. No me des quince años después las explicaciones que tendrías que haberme dado entonces. Ahora no tiene sentido.

—Lo tiene si todavía estás dolida. Y lo estás —apunta. Dejo escapar una carcajada amarga.

—No te des tanta importancia —resuelvo y abro la puerta. Cuando me siento, trato con todas mis fuerzas de no pensar en que hace unos minutos él estaba sentado allí. En que él ha tocado mi volante, el mismo que estoy acariciando con cara de idiota. Es difícil obviarlo porque el habitáculo huele a él. Sacudo la cabeza, bajo las ventanillas y arranco deseando que ese aroma se desvanezca en cuestión de segundos. Iván me deja marchar sin insistir, aunque noto su mirada clavada en mi nuca hasta que salgo de ese taller.

Y ese es el tiempo exacto que dura mi determinación, porque me paso el resto del trayecto hasta mi garaje dándole vueltas a si debería haber aceptado su propuesta. Es evidente que estoy molesta, que ese capítulo que creía cerrado y archivado todavía tiene cabos sueltos. De otra manera, no me hubiera puesto tan nerviosa y no hubiera tenido la necesidad imperiosa de quedar por encima de él. Aparco y saco mi equipaje. Tiro de mi maleta e intento no pensar más en lo ocurrido. Iván es pasado y no tengo por qué volver a verlo nunca más. Si en quince años no habíamos coincidido, no hay motivos para pensar que ahora vayamos a encontrarnos otra vez.

Todos los inviernos sin tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora