3. Marcos y el perdón

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Marcos ha preparado la velada con bastante mimo. Incluso se ha molestado en poner velitas. Le agradezco el detalle, que se haya molestado tanto para demostrarme que se arrepiente de lo que pasó. Yo también me siento mal, ambos perdimos los nervios y necesitamos un acercamiento, Marcos está haciendo lo correcto. Aunque he de reconocer que lo que más ilusión me hace es tener la cena hecha, estoy agotada.

—¿Y dónde has llevado el coche? —me pregunta mientras me sirve un poco de vino blanco.

—Al taller del hermano de Dani.

—¡Ah, Lorién! —dice con mucha familiaridad.

—¿Lo conoces? Más allá de la boda de Emma, me refiero.

—Sí, viene con nosotros a jugar al pádel. De hecho, se casa el año que viene. Y creo que me va a invitar. Y a ti por extensión, claro.

Marcos y Dani se llevan muy bien, son pareja de pádel y se apuntan a campeonatos muy a menudo. Bueno, todo lo a menudo que la empresa de Marcos y Emma les permite. La cuestión es que eso de que sean tan amigos facilita que salgamos los cinco juntos de vez en cuando: las dos parejas y Andrea. Y a veces el rollo de turno de Andrea.

—Genial, otro evento de postín en el que gastar dinero —digo con poco entusiasmo. Las bodas me gustan a medias. Es decir, la fiesta mola. Lo demás... no—. No sabía que Lorién era uno de los integrantes de tu grupito de pijos —me burlo. Él niega con la cabeza, divertido—. Ay, Marquitos, quién te ha visto y quién te ve: el macarra del instituto convertido en un hombre de negocios que juega al pádel los fines de semana y compra vinos caros para su novia.

—Vaya, Sofi, ¿acaso no te gusta esta nueva versión de mí? Porque el Marcos adolescente no sabía hacer esta lubina tan delicada que estás degustando. Ni otras muchas cosas que te pienso demostrar después —me insinúa y yo agradezco que intente recuperar la normalidad conmigo. No me apetece hablar de lo que sucedió, sería violento. En ocasiones es mejor cerrar los ojos y seguir hasta que se pierde de vista el problema porque se ha dejado atrás. Y es lo que pretendo hacer.

—Ah, ¿sí? ¿Qué cosas? —lo provoco.

—Muchas. Aunque antes querría saber si sigues enfadada —indaga. Bueno, pues vamos a tener que abrir el cajón de la mierda. Carraspeo para demostrar mi incomodidad.

—No, no lo estoy. Quiero decir, ambos lo hicimos mal y nos arrepentimos, es suficiente. Prefiero dejarlo así.

—Me gustaría no tener que trabajar tanto, sin embargo...

—Ya está, Marcos. Entiendo que es importante para ti y tendré que adaptarme.

—Será una temporada, te lo prometo. Luego todo mejorará —me asegura y yo fuerzo una sonrisa. No le creo. Siempre encontrará otro objetivo que perseguir. Es lo que le apasiona, es su vida. Lo malo es que me arrastra a ella, me condiciona, y yo me siento egoísta por no disfrutar de sus logros, lo cual empeora la situación. En fin, me acostumbraré—. ¿Y qué vas a hacer hasta el lunes que viene? Todavía te quedan unos días de vacaciones —pregunta desviando el tema.

—He pensado en irme a Palo —le informo. No sé si es porque reencontrarme con Iván me ha traído recuerdos de ese año tan complicado que pasé o porque temo que le suceda algo al yayo y que yo no lo haya visto una última vez, pero solo sé que tengo que irme al pueblo para estar con los míos.

—¿Cuándo?

—Mañana, supongo.

—Ah.

—¿Qué? —pregunto al atisbar la decepción en su rostro.

—Bueno, me apetecía estar contigo, solo eso.

—Marcos, mi abuelo está mayor y...

—Lo sé, lo sé. Quieres pasar tiempo con él. Puedo acercarme el finde, si no te parece mal. —Otra concesión fruto de la culpa. Marcos no suele acompañarme al pueblo, aprovecha cuando me voy para avanzar trabajo.

—No, claro que no. Mi abuelo te adora, siempre serás bienvenido en su casa.

Es evidente que no le hace gracia que lo abandone tan rápido después de mi semana de esparcimiento con mis amigas y que, para colmo, tenga que venir él también a esta escapada rural. No me apetece que tengamos otro numerito ahora que hemos solucionado el anterior y temo que, si seguimos hablando, la liemos. Por fortuna, se me ocurre una manera de zanjar el tema, sé perfectamente cómo hacer que se olvide de este desaire, de forma que me levanto y me coloco detrás de él para besar su cuello. Su piel se eriza y sonrío contra ella.

—Nos queda el postre—murmura.

—Mmmm.

Lo rodeo ignorando su débil protesta. Con un gesto, le pido que eche la silla hacia atrás. Él obedece y deja espacio entre la mesa y su cuerpo para que yo me siente a horcajadas sobre sus piernas. Le beso primero con suavidad y después con urgencia, busco su lengua con la mía y las enredamos con desesperación. Llevamos una semana separados y se nota. No es mucho tiempo, aunque sí el suficiente para que el cuerpo clame por un poco de cariño. Marcos gime y ese sonido hace que me anime a seguir, está claro que el postre lo desayunaremos mañana. Deslizo la mano por su torso y desabrocho el cinturón de su vaquero. Después el botón y la cremallera. Mientras sigo enganchada a su boca, sujeto su sexo y muevo la mano despacio hasta que está tan erecto que sé que necesita que pare porque, si no, explotará. Marcos me aúpa y me lleva hasta el sofá, lo que tenemos más cerca.

—Sofía... —susurra con sus labios pegados a mi cuello—. No lo tenía previsto así.

—No puedes planear todo, Marcos —ronroneo y él ríe. El aire que deja escapar de su boca es como una caricia y me encanta. Me quita la camiseta y no llevo nada debajo. Me recorre el cuerpo entero con sus labios, la lengua y, después, entra en mí lentamente, aunque hasta el final de una vez, clavándose hondo y provocándome esa clase de dolor que sabe que me vuelve loca. No usamos preservativo, hace tiempo que tomo anticonceptivos orales. Me costó tomar esa decisión, sin embargo, nos pareció lo más cómodo si no íbamos a acostarnos con otras personas.

—Te he echado de menos —me dice mientras se mueve.

—Y yo a ti —jadeo.

No hablamos más, con él siempre es en silencio y me he acostumbrado a ello. Cuando ambos terminamos, se deja caer sobre mí y acaricio su pelo castaño. Poco a poco, nuestra respiración recupera su ritmo normal y nos vamos destensando. Noto su miembro húmedo sobre mi pierna, pero no me molesta. No me molesta nada de Marcos porque estamos bien. Muy bien. Es fácil estar con él. Me quiere, lo quiero. No tenemos mayores complicaciones que las de una pareja normal, nada de pasados turbios, ni problemas imposibles de solucionar. A su lado todo es sencillo. Y no necesito nada más. No quiero complicarme más.

Por eso no entiendo por qué los ojos azules de Iván se aparecen a mitad de noche en mis sueños y apenas logro dormir desde entonces. Si lo pienso racionalmente, no debería darle importancia a mi encuentro con Iván, solo me ha arreglado el coche y hemos cruzado cuatro palabras, pero me está desestabilizando. Ha sacado a la superficie miles de recuerdos que yo me había esforzado por olvidar. Iván me hizo mucho daño. Me destrozó justo cuando empezaba a estar entera tras la muerte de papá. Presupongo que ese es el motivo por el que me ha afectado tanto. Y por el que no le he contado nada a Marcos, pues él, a pesar de que no lo conoce, lo odia.

Por la mañana, hago la colada y lleno de nuevo la maleta, esta vez con ropa un poco más abrigada (aunque no mucho, el cambio climático también ha llegado al Pirineo). Marcos se ha ido temprano a trabajar, así que no tengo de quién despedirme cuando, a las doce, estoy de nuevo en el coche rumbo a Palo. Es miércoles, estaré allí hasta el domingo, pues el lunes vuelvo al trabajo e Internet en la casa de mi abuelo va más lento que una tortuga coja. Me pongo la música a todo volumen y, mientras canturreo las canciones de la lista de reproducción que siempre uso para conducir y me voy acercando al hogar de mi familia, noto como, poco a poco, el corazón se me sosiega.

Todos los inviernos sin tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora