Me levanto ojerosa, no he podido pegar ojo. Anoche no fui ni siquiera capaz de mirar a Marcos a la cara. Sentía como si lo hubiera traicionado y, pensándolo fríamente, no hice nada malo. Bueno, sí, le engañé cuando me preguntó de dónde venía. «De ver a mi madre», le había soltado sin pestañear. Claro, sí. Mi madre.
Agobiada por los remordimientos, busco consuelo donde siempre lo hallo: en mis amigas. Emma logra escaparse de la superexigente empresa que tiene montada con Marcos y quedamos para comer en un restaurante vegetariano que hay en la zona universitaria de Zaragoza. No consigo confesar mis motivos para querer verlas con tanta urgencia hasta el segundo plato, cuando el vino ya me está haciendo efecto y empuja las palabras fuera de mi mente. Les cuento mi encuentro fortuito con Iván y la conversación con mi abuelo. Y, por último, les narro, con cierta vergüenza, mi irrefrenable impulso de ir a buscarlo el día anterior y lo que había descubierto en nuestra improvisada cita.
Sus caras son un poema. Está claro que no esperaban nada parecido. Andrea pide otra botella de vino a la camarera a pesar de que todas tenemos que regresar al trabajo en un rato y beber más puede suponer una hecatombe. Emma se reclina sobre el respaldo y juguetea con la servilleta haciendo evidente su nerviosismo. Tras unos intensos segundos de silencio, vuelve a echarse hacia delante, apoya los codos sobre la mesa y clava las pupilas en mi rostro, evaluándome. Abre la boca para decir algo, no obstante, Andrea se le adelanta.
—O sea que te reencuentras con Iván, el Iván que te dejó hecha polvo tantos años atrás, y lejos de huir de él como si fuera la peste negra, decides que es buena idea veros y pedirle explicaciones. Sofi, ¿para qué leches quieres explicaciones de algo que sucedió hace tanto? Pensaba que ya no te importaba, que era agua pasada.
—Yo también lo pensaba —digo y lanzo un suspiro largo y sonoro. Cansado. Tanto como lo estoy yo—. Verlo fue desconcertante. Había dado por hecho que jamás coincidiría con él. No sé, Zaragoza no es Madrid, quiero decir, te encuentras con la gente que conoces bastante a menudo y justo cuando menos te interesa.
—Mira, no me parafrasees a la Ayuso que te doy un capón —me abronca Andrea y las tres reímos al recordar las desacertadas palabras de la presidenta de la Comunidad de Madrid sobre encontrarse con los exnovios en la capital.
—Pensaba que era una señal divina o algo por el estilo que la casualidad no nos hubiera juntado de nuevo. Y resulta que simplemente era que ni estaba aquí. Fijaos, ha sido instalarse en Zaragoza y ¡zas! Ya nos hemos visto.
—No creo en el destino y esas mierdas, ya lo sabes —refunfuña Andrea mientras Emma sigue inquietantemente callada, no ha vuelto a intentar hablar—. Y tampoco creo que tu abuelo quisiera arrojarte a sus brazos ni a nada por el estilo. Joaquín está mayor, se acordará de ese verano de una manera muy distinta a lo que fue en realidad.
—O precisamente lo recuerda mejor que nosotras. Yo creo que la vejez te aclara la mente. Quita lo que sobra y deja lo fundamental, lo íntimo, lo que marca una diferencia en la vida.
—Sea como fuere, no deberías haber ido a verlo. A Iván, no a tu abuelo. ¿Ahora qué? Mírate. Estás hecha un lío.
—No estoy hecha un lío. Solo necesitaba cerrar la herida —expreso en voz alta. Esa frase se ha convertido en mi mantra. Y oculta una realidad que no estoy preparada para asumir, pues más allá de mi necesidad de comprender por qué Iván se largó de esa manera tan precipitada, también deseaba hablar con él, comprobar que seguía siendo tan real como lo fue en 2007, que no lo había soñado. Fue tan efímero lo nuestro, y tan intenso, que, a veces, me daba por pensar que lo había idealizado, que solo había sido una ilusión. El tiempo maneja de una manera curiosa nuestra memoria.
—A mí lo que me preocupa es tu reacción —aporta, por fin, Emma, justo cuando la camarera deja sobre la mesa el alcohol y Andrea se llena la copa demasiado—. Me explico, no estás cabreada. Te acabas de enterar de que se piró sin ofrecerte opciones cuando sí las había, y te da igual.
—Claro, porque ya no es relevante —contesto. Aunque no es cierto. Claro que estoy enfadada, sin embargo, es un enfado extrañamente tibio. La Sofia de diecisiete años lo hubiera despellejado vivo al saber lo que ocurrió. Ahora quiero entenderlo, hay una parte de mí que busca comprender lo que él hizo y perdonarlo.
—O porque estás dispuesta a disculpar cualquier cosa que Iván haga. Si no, no hubieras dejado la puerta abierta a volver a quedar. Todo hubiera acabado ahí: tú tienes tus explicaciones y él se ha quedado tranquilo tras confesarte la verdad. Pero no, ambos habéis sellado una especie de pacto para veros de nuevo con la excusa de juntarnos todos —prosigue Emma y su teoría hace que me sienta desnuda ante mis amigas.
—¿A vosotras no os gustaría que nos reencontráramos?
—Ni sí ni no. Vamos, que no me muero de ganas —dice Andrea—. Sofía, admite que Emma tiene razón: quieres volver a verlo.
—No digáis tonterías —protesto—. No sé por qué os empeñáis en buscarle tres pies al gato.
—Entonces, ¿por qué no se lo has contado a Marcos? —me pregunta Emma y, en este momento, yo odio lo lista que es. Sabe perfectamente dónde dar para desmontar ese endeble castillo de naipes que he montado para sostener mis mentiras—. Iván sigue despertando algo en ti. Por tu bien, espero que simplemente sea la nostalgia de lo que tuvisteis, porque Marcos no se merecería que...
—No pienses cosas raras. No va a pasar nada —me reafirmo.
—Marcos te trata como una reina —insiste Emma, temerosa. Y es que, aparte de la química que tienen en los negocios, son buenos amigos y sé que Emma lo pasaría mal si Marcos y yo zanjáramos nuestra relación.
—No te preocupes, Emma. Y ahora, la cuestión es, si le digo a Iván de vernos los siete, ¿vendríais?
Andrea resopla y se retira la larguísima melena oscura de la cara. Después repiquetea con las uñas sobre la mesa y yo me fijo en la manicura perfecta que lleva. Andrea sigue siendo una belleza, una mujer muy atractiva, el deseo encarnado. Por su parte, Emma, a pesar de tener que vestir muy elegante para trabajar, al igual que Marcos, no da la imagen de ejecutiva agresiva, todavía parece una chica dulce con unos hermosos rasgos de muñeca de porcelana.
—Iría, claro que sí. Por ti haría cualquier cosa —contesta Andrea—. Aunque no creo que sea buena idea que sigas torturándote con esto. Y Emma va a pensar como yo.
—Sin que sirva para sembrar precedente: estoy con Andrea.
—Vaya, parece que cuando se trata de hacerme sentir como el culo, os sabéis poner de acuerdo. Debería daros la enhorabuena.
—Deberías —ríe Andrea y después se acaba el vino de un trago—. Me alegro de que Cristian tenga a alguien. Era buen chico.
—Los cuatro lo eran —apunto.
—Bueno, ya sabes que incluí a Iván en mi lista de personas odiables cuando te dejó de aquellas maneras. Y no lo voy a sacar porque te haya dado esa justificación tan tonta. Se comportó como un cobarde.
—Me hace gracia que tú, la descreída del amor, puedas llegar a pensar que Iván debería haber intentado otra cosa para salvaguardar nuestra relación. Hizo lo lógico, lo práctico, y lo que menos dolía —lo defiendo—. ¿Tú que hubieras hecho en su lugar?
—Lo que hago siempre: decir la verdad. Tendría que haberte dado una maldita posibilidad de entender por qué se iba.
—Sofía, recuerda que Iván siempre fue un saco lleno de secretos y, conforme los desentrañabas, más complicado se tornaba todo —añade Emma—. Él nunca fue una opción fácil para ti.
—Durante ese año, nada fue fácil.
—Lo sé —sentencia Andrea. Claro que lo sabe, ella más que nadie—. Mira, hagamos esto, queda con ellos. Nos vemos, lo pasamos bien, rememoramos viejos tiempos... Será como una reunión de antiguos alumnos. Y después, te olvidas. Que Iván se quede en un recuerdo. Ahora que ya sabes por qué se fue, incluso puede ser un buen recuerdo, algo bonito que te sucedió en el peor año de tu vida. Y haces lo que siempre has hecho, eso que se te da genial: tirar para adelante. Con nosotras, con Marcos. —Alarga la mano hacia mí—. ¿Trato?
Sé que Andrea tiene razón, que lo que me propone es lo mejor y lo que mi lado racional me pide que haga. Así que sostengo su mano y la aprieto con la mía. Emma coloca la suya encima y las tres sellamos este pacto. Una vez más veré a Iván, y esta sí será la última.
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Todos los inviernos sin ti
Romance⚠️Pronto disponible en Amazon. Aquí solo quedan los primeros capítulos ⚠️ **ATENCIÓN: ESTA ES LA SEGUNDA PARTE DE AQUEL VERANO CONTIGO. SI NO HAS LEÍDO LA PRIMERA, PUEDE QUE TE PIERDAS ALGÚN DETALLE...** Ya han pasado quince años desde que Iván se m...