Tenía la mala costumbre de revivir ese momento tantas veces como fuese necesario, luego de cada encuentro, de cada sonrisa o de cada sentimiento bello que Celeste despertaba en mí. Y no era para entender lo buena que era conmigo desde hacía años, ni por mero amor al recuerdo, sino para recordar lo idiota que fui al haber escuchado esa maldita frase "te amo, mejor amigo" y no haberme dado cuenta de que eso he sido siempre para ella. Un maldito mejor amigo.
No obstante, Nykolas Hedderich no era de los que se rendía. Nykolas Hedderich era de los que moldeaba el titanio y el diamante a su antojo, como arcilla o barro. Había logrado mucho en poco tiempo. Me fui de mi casa —o mejor dicho, huí mientras tenía vida— a temprana edad, ingresé al ejército apenas tuve la edad mínima reglamentaria, viví el infierno y el horror al ver a inocentes, compañeros y psicópatas morir por una causa absurda y sobreviví a una emboscada.
Fácil de decir, difícil de digerir.
Sin embargo, mi fortaleza, mi espíritu y mi mente seguían casi intactas.
No me impresionaba con mucha facilidad, y quizá podía atañérselo a mi turbia y difícil niñez, pero aún pensaba y tenía la fe de que existían hechos que me causasen conmoción en el ánimo y en el alma. Aún imaginaba dentro de mí a ese niño inocente, flacucho y juguetón, que se sorprendía al ver un conejo saltar, o que se emocionaba al ver un avión en el cielo, y el pecho se le agitaba y lo señalaba con los ojos muy abiertos y con la pequeña sonrisa que mostraba sus dientes de leche algo chuecos.
Así me sentía en mi interior. Pequeño, ingenuo e indefenso.
Aunque mis manos ya estuvieron llenas de sangre.
Aunque mis ojos ya vieron cuerpos golpeados, destrozados e incompletos, y cuerpos desnudos perfectos.
Aunque tenía un contraste de vivencias entre el lado horrible y el lado normal de la vida, yo me sentía un niño buscando cariño.
Un niño perdido.
Esa mañana fui a trotar como lo hacía todos los días, el día estaba nublado y parecía que los cúmulos de nubes iban a permanecer espesos durante toda la mañana. Salí de casa tan solo con el mono deportivo, me gustaba sentir el aire frío en la piel del pecho, así que opté por no llevarme sudadera.
No era común en mí entablar una conversación con los vecinos, así que a aquellos que me saludaron, les correspondí el saludo y seguí mi ruta de trote.
Tampoco me sentía muy a gusto formando lazos con los vecinos... los que recuerdo que tuve en mi niñez, no hacían nada. Ellos eran ojos y oídos, pero mudos. ¿Qué clase de personas eran esas que veían algo socialmente inaceptable y no hacían nada para cambiarlo o ayudar a las víctimas?
Eran hipócritas y solo les gustaba hacer leña del árbol caído.
Y lo más probable era que no toda la tela estuviese cortada por la misma tijera o ni siquiera tejida con los mismos hilos, pero no quería arriesgarme. Así que mientras más superficial fuese el trato, mejor para mí.
Tras más de media hora trotando por las calles de la ciudad de Haltes, emprendí el regreso a casa cuando el viento se sintió más cálido, las nubes aclararon y los pocos rayos de luz se filtraban entre las blancas nubosidades. Deduje que ya era hora de desayunar.
Pasé por la tienda de víveres y di un recorrido express por los cortos y angostos pasillos repletos de harinas, arroces de dos marcas y presentaciones diferentes, frutas y verduras y otro pasillo con productos refrigerados. Cogí pan y todo lo que pudiese llevar un sándwich que lo transformara en algo obsceno y abominable del mundo gastronómico y pagué los víveres.
Me fui a casa trotando, cuidando de no desperdigar el contenido de las bolsas. Entré a mi casa y me saqué los zapatos apenas entré, los dejé a un lado de la puerta. No solía ser muy ordenado o perfeccionista, pero trataba de mantener un orden implícito en mi espacio. Me fui en medias hasta la cocina y dejé la bolsa de compras sobre el mesón. Saqué todo y lavé los vegetales... A los quince minutos, el pan estaba tostándose en la estufa, el tocino en un pequeño sartén y el café cayendo de a pequeñas, pero constantes gotas en la jarra de vidrio de la cafetera.
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¿Doble Realidad?
RandomNykolas Hedderich es un impaciente exmilitar que ahora se desempeña como guardia privado para pagar sus facturas, pero lo que más anhela es conseguir su trabajo ideal, el empleo perfecto que lo saque de todas sus deudas y le brinde la calidad de vid...