A la mañana siguiente, luego de correr las cuadras que mis piernas quisieron recorrer, decidí no comprar café en la cafetería de siempre. Opté por comprar un tarro de café molido y preparar mi propia taza del clásico tinto. Una medida, una taza de agua y dos cucharadas de azúcar. Justo y necesario para mejorar el comienzo de un día más.
«Dicen que a uno le gusta el café de la misma manera en que le gusta el sexo... A mí me gusta de muchas maneras el café».
—¡Más, más!
No supe cuánto más fuerte quería que la follara, si ya se me estaba acalambrando una pierna de tanto moverme. Pero no pude negarme a su petición, era ella la chica de mis sueños y la tenía desnuda y completa a mi disposición. Profundicé las embestidas y nuestras carnes chocaban y sonaban más, mi pelvis se unía a la suya y mi miembro se veía más poderoso cada vez que entraba y salía de ella.
—¡Ah! Qué rico... No pares, Nyx...
Ella me dio una mirada profunda y luego cerró los ojos de forma involuntaria, comenzó a acariciarse y pellizcarse la punta de los pechos y se mordía los labios. Bajó una de las manos a su clítoris y comenzó a frotarlo con ímpetu. Me excitó la escena. Me excitó demasiado y fue inevitable moverme brioso hasta que ella gimió más fuerte y se retorció bajo mi cuerpo. Me estremecí y el orgasmo me aturdió el cuerpo, me temblaron las piernas y dejé mi descarga en el preservativo. Apenas sentí mi pene más flácido, salí de ella y me quité el preservativo, que anudé y tiré a la papelera que estaba en la esquina de su habitación. Me volví hacia la cama y me recosté a su lado.
—Estuvo muy bueno... Rico.
Sonreí y le guiñé un ojo.
—Te mueves delicioso —comentó con una sonrisa pícara y se volteó hacia mí. Sus pechos apenas se movieron y se acomodó el cabello tras las orejas.
—¿Puedo? —averigüé, me acerqué a su rostro y su aliento llegó a mi nariz.
—¿Puedes qué?
—Besarte... Estamos solos —murmuré.
—Sólo uno.
Me levanté y me senté sobre ella, sus caderas quedaron entre mis muslos y la sexy imagen de su abdomen y su pecho subiendo y bajando, ocupó mi atención. Ella enroscó sus brazos alrededor de mi cuello y me llevó a su boca. Le mordí el labio inferior y ella gimió y quiso liberarse de mi aplaque. La sujeté del cuello y ella volvió a gemir.
—Asfíxiame —musitó.
Sonreí y apreté un poco. Ella me devolvió la sonrisa y me agarró de la muñeca.
—Fuerte...
Saqué sus piernas bajo mi peso y me metí entre ellas, haciendo que me rodeara la cintura. Apenas le rocé el coño y la sentí caliente y húmeda. Se me puso dura al instante.
—Ponme el preservativo —ordené y apreté alrededor de su cuello.
Ella extendió un brazo hacia la izquierda, tanteando sobre la mesa de noche y dio con la tira de condones. La agarró y separó uno, rompió el sobre y sonrió, observándome.
—Sigue intentando...
Le di una suave cachetada, que le hizo voltear un poco la cara. Regresaron sus ojos a los míos y volvió a aferrarse a mi muñeca.
—Pégame más duro...
—Cállate y ponme el preservativo.
—Qué blando eres... —murmuró y se rió.
Le di una cachetada más fuerte y ella se quedó viendo a su derecha. Se relamió los labios y le enderecé la cara hacia mí.
—Ponme el maldito condón —gruñí sobre su cara.
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¿Doble Realidad?
RastgeleNykolas Hedderich es un impaciente exmilitar que ahora se desempeña como guardia privado para pagar sus facturas, pero lo que más anhela es conseguir su trabajo ideal, el empleo perfecto que lo saque de todas sus deudas y le brinde la calidad de vid...