Soy Basura / Desolado

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El pelirrojo permanecía sentado, su mirada recorriendo con frialdad cada rostro presente mientras esperaba la comida.

— ¿Has terminado de observarlos?

— Me pregunto qué hace un dragón aquí...

Su voz era molesta, seca. La mirada se dirigía al elfo dorado sin molestarse en ocultar su desagrado.

Tap. Tap. Tap.

— Aquí está la comida, su majest...

Pero antes de que pudiera terminar, la magia del pelirrojo envolvió el carrito. Los platos se elevaron suavemente, flotando en el aire.

— Está bien. Puedes irte.

El tono era relajado, pero la mirada era afilada. El sirviente, lejos de retirarse, cruzó la entrada sin permiso.

Una túnica blanca cubría su cuerpo, ocultando su rostro.

Las miradas se endurecieron. El ambiente cambió.

El elfo dorado frunció el ceño de inmediato. Los demás lo imitaron. Pero el extraño no se detuvo. Caminaba directo hacia el pelirrojo con una sonrisa amplia, casi delirante.

El dragón notó ese detalle. La sonrisa. Y el ceño del pelirrojo, cada vez más marcado.

Ron, beacrox, antes los sirvientes de la familia Henituse tensaron los hombros. Les costaba no intervenir, pero no se moverían sin permiso.

El encapuchado se arrodilló frente al pelirrojo y retiró la capucha. Cabello blanco. Ojos verdes.

Todos se alarmaron.

— ¡Lo he hecho bien, Cale-nim!

El silencio se volvió absoluto.

El pelirrojo sonrió. Pero sus pupilas seguían como agujas, fijas en el objeto que el otro sostenía.

Una corona blanca, brillante. Vibrante.

— Esa corona... no le pertenece a ese Dragon Slayer...

El pelirrojo giró la cabeza con una sonrisa burlona.

— Jeje...

Tomó la corona sin vacilar. Esta vibró con más fuerza. El aura que brotó del pelirrojo fue tan densa, tan aplastante, que heló la sangre de todos.

El arrodillado comenzó a temblar. Levantó la vista como un creyente ante su dios.

— ¿Corona repugnante, por qué haces tanto alboroto? ¿Quieres que te corte en pedacitos y te tire? Quédate quieta. Obedece.

Los presentes no sabían si contener el aliento o retroceder.

El dragón observaba en silencio.

La corona cesó su vibración y fue colocada sobre la cabeza del pelirrojo con solemnidad.

— El traidor...

El pelirrojo no respondió. Dejó caer la comida junto al carrito y cortó con su magia.

— Vamos a comer.

Los tres pequeños se lanzaron hacia los platos de carne. El pelirrojo se sirvió un bistec.

— Permítame ayudarle.

— No es necesario.

Un simple movimiento de su magia y la carne fue cortada y elevada con precisión.

El encapuchado —ahora revelado— observaba fascinado, sosteniendo uno de los mechones del pelirrojo como si tuviera en manos un tesoro divino. El ambiente se volvió aún más tenso.

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