Capítulo VI

56 8 15
                                        

El viento me daba en la cara, pese a estar protegida por el casco y me molestaba, mientras Jack pilotaba la moto a gran velocidad por la carretera secundaria a la que se había desviado en su afán por llevarme quien sabe a dónde

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El viento me daba en la cara, pese a estar protegida por el casco y me molestaba, mientras Jack pilotaba la moto a gran velocidad por la carretera secundaria a la que se había desviado en su afán por llevarme quien sabe a dónde. El paisaje había cambiado de forma radical. Ya no había nada que me recordara a la ciudad a la que habíamos dejado atrás hacía largo rato.

Podía ver los pinares, los alcornoques y las encinas jalonar las colinas. Alternados veía trozos de costa esmeralda que parecían salir a nuestro encuentro, mientras el mar brillaba al sol. Las espectaculares vistas me impactaban las retinas acostumbradas al paisaje urbanita de la cuidad, mientras mi cerebro parecía derretirse en éxtasis. Era tan hermoso que no me salían las palabras. ¿Es que mi vida era tan triste que algo como salir de casa me hacía saltar las lágrimas de emoción?

El día avanzaba y yo tenía hambre. Estábamos en la*Costa Brava y me gustaba lo que descubrían mis ojos a medida que avanzábamos. El paisaje rocoso, agreste, salvaje de aguas turquesas transparentes e inmaculadas me invitaba a soñar con bañarme desnuda en el mar. Los pinos creciendo entre las rocas y la luz del sol sobre el mar me hacía sentir transportada a otro tiempo, cuando era adolescente, alocada y feliz.

—¿Ya hemos llegado?

—Mmm...estamos cerca —murmuró mientras reducía la velocidad y aparcábamos en un recodo.

Nos bajamos de la moto y me señaló con el dedo un lugar encantador. Su sonrisa me deslumbró.

—Cala Pedrosa...—dijo con evidente emoción.

Aquel recóndito lugar había conseguido mantenerse al margen de la fiebre constructora de las promotoras y aún conservaba su antigua esencia.

—¡Qué preciosidad...!—exclamé sin poder contenerme. Saqué el móvil del bolso y le hice una foto.

Jack sonrió al ver mi expresión infantil.

—Te va a gustar el sitio que he pensado. Ya lo verás...— aseguró mientras me indicaba que me subiera a la moto.

—¿Está muy lejos?— pregunté apretándome contra su cintura. Aquel viaje en moto empezaba a cansarme y mis glúteos lo empezaban a notar.

—No queda mucho...— dijo críptico llevándome aquella estrecha carretera. El olor del bosque mezclado con el salitre del mar llenaba mis fosas nasales y me sentía extasiada. ¿Por qué nunca había tenido tiempo para disfrutar de aquella belleza? Estaba a poca distancia de mi ciudad y ni si quiera sabía de su existencia.

Por fin cuando empezaba a perder la sensibilidad en los glúteos, Jack aparcó la moto en frente de un pequeño restaurante. Mi ropa no era adecuada para un viaje como aquel y ya me estaba arrepintiendo de haber venido. El dueño que le reconoció enseguida, salió a saludarlo efusivamente.

—Emily, este es Joan. Hace magia con los fogones y es un gran amigo mío— dijo a modo de presentación.

Joan era un hombre fuerte, de cabello castaño cuidadosamente recortado. Parecía una persona que se preocupaba por su aspecto sin caer en la presunción. Era de cara redonda y oscuros ojos amables. Me dio la mano, ancha, curtida, trabajadora y me sonrió ruborizándose ligeramente.

No me llames en septiembreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora