En el corazón de la sociedad londinense del siglo XIX , Donde los lujos y las apariencias dictaban el ritmo de la vida . La temporada social estaba en su mayor y pleno apogeo . Entre bailes , fiestas y paseos por Hyde Park .
La familia Bridgerton...
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👑🌧🌷
El miedo se aferraba a cada rincón de su ser como una niebla espesa que no se disipaba. No comprendía dónde estaba, ni qué destino la había arrojado allí. Su vestido, antaño digno de una niña noble, pendía en jirones, desgarrado como si la tierra misma hubiese intentado retenerla entre sus raíces. Al contemplar el río que serpenteaba a su lado, apenas alcanzó a comprender que la corriente la había arrastrado hasta aquel paraje desconocido.
Intentó recordar el camino a casa, pero un dolor punzante en la cabeza le arrebató toda respuesta. Con la poca energía que aún le quedaba, se obligó a caminar hacia el rumor lejano de carruajes. Tal vez fueron minutos, tal vez horas; para ella, cada paso era una eternidad. Sus pies descalzos, heridos y sangrantes, se abrían camino entre rocas y espinas, como si la misma naturaleza quisiera probar su resistencia.
──── ¿Dónde están mis zapatos...? ──── murmuró con voz quebrada, acariciando con delicadeza uno de sus dedos lastimados.
Alzó la mirada y descubrió una plaza bulliciosa. Jóvenes de porte elegante lucían vestidos de seda, colgadas del brazo de caballeros engalanados. Los carruajes, tirados por corceles majestuosos, pasaban ante ella como sueños inalcanzables. Amelia los observó con asombro, con una chispa de alegría que apenas sobrevivía en sus ojos, hasta que el rugido de su estómago la devolvió a la realidad.
Se acercó a una dama que estaba por subir a su carruaje, con la esperanza de recibir ayuda.
──── Disculpe... ──── susurró con voz temblorosa.
──── ¡Ahg! ──── exclamó la mujer con desdén ──── No doy limosnas a niñas feas y mugrosas. ¡Charls!
El criado, con mirada apenada, la apartó con brusquedad. La dama se marchó, temerosa de que aquella niña le contagiara alguna enfermedad. Amelia, confundida y herida, intentó una y otra vez acercarse a alguien, pero solo recibió miradas de desprecio y palabras afiladas. Su corazón dolía; jamás había sentido un rechazo tan cruel.
Solo una anciana, humilde sirvienta, se acercó con compasión. Tras ver cómo su ama había golpeado a la niña por tocar su vestido, le entregó una pequeña bolsa con dulces envueltos en papel.
Con el alma hecha trizas, Amelia se sentó junto a la puerta de lo que parecía una cafetería. Pero un hombre mayor salió con furia, la tomó del brazo y la empujó con violencia.
──── ¡Fuera de aquí! Das mala imagen a mi negocio.
La arrojó a la calle, y los dulces que había recibido fueron aplastados por las ruedas de un carruaje que pasó sin detenerse.
Con los ojos llenos de lágrimas, se dejó caer junto a un árbol. Sus codos sangraban, su cuerpo temblaba, y su alma se encogía bajo el peso del abandono. Solo un pensamiento cruzaba su mente, como un susurro helado:
──── ¿Cómo pueden ser todos tan crueles...?
Miró a su alrededor con temor, esperando que alguien más la apartara, que la empujara, que la hiciera desaparecer. Pero por primera vez, nadie se acercó. Y en ese silencio, Amelia se abrazó a sí misma, como si su propio cuerpo fuese el único refugio que le quedaba.
Y todo empeoró cuando las nubes se tornaron de un gris profundo y las primeras gotas de tormenta comenzaron a caer. Quiso levantarse con la idea de buscar refugio, pero el solo hecho de recordar cómo había sido tratada la obligó a permanecer bajo el viejo roble, como si aquel árbol fuese el último guardián de su desdicha.
Los rayos desgarraban el cielo como cuchillas de luz, seguidos por truenos que retumbaban con la furia de gigantes. El viento aullaba entre las calles vacías, empapando a la niña por completo, mientras el frío se colaba en sus huesos como agujas invisibles. Las lágrimas se confundían con la lluvia, y cada trueno arrancaba de su garganta un pequeño grito de terror.
Sus manos, temblorosas, intentaban cubrir sus oídos, como si pudiera silenciar el mundo que la había abandonado.
──── ¿Por qué estoy sola en este mundo cruel...? ──── susurró entre sollozos, mientras la tormenta danzaba con más fuerza, como si respondiera a su dolor.
Pasaron horas, o eso creyó. Sus labios estaban morados, su cuerpo temblaba sin tregua, y se abrazaba a sí misma en un intento inútil de conservar el calor. La tormenta finalmente cedió, pero la niña no. Su alma seguía atrapada en el vendaval.
Fue entonces, en aquella tarde gris, que la Duquesa viuda Lady Eleanor Ashford salió a caminar por las calles desiertas, envuelta en su abrigo de lana y sombrero negro.
──── Siempre he amado caminar después de una tormenta... es el único día en que no debo saludar a nadie ──── murmuró, mientras sus pasos resonaban sobre los adoquines mojados y la lluvia golpeaba suavemente su sombrilla.
La acompañaba a distancia su fiel doncella, pero Eleanor caminaba como si el mundo le perteneciera solo a ella. Al pasar junto al viejo roble, un gemido suave la detuvo. Bajo las ramas, en un rincón de sombra y barro, una niña temblaba de frío. Sus ojos, de un azul pálido y cristalino, la miraban con miedo y desesperación.
──── Dios mío... ──── susurró Lady Eleanor, arrodillándose sin importar el lodo que manchaba su vestido ──── ¿Qué hace una niña tan pequeña sola en este lugar?
La niña no podía hablar. El frío le había robado las palabras. Eleanor observó sus heridas: piernas raspadas, codos ensangrentados, una cicatriz marcada en la palma de su mano. La envolvió con su abrigo, sintiendo la fragilidad de aquel cuerpo que parecía a punto de quebrarse.
──── My Lady... ──── jadeó la doncella al acercarse ──── ¡Oh, por Dios! ──── exclamó al ver a la niña en brazos de su señora ──── Llamaré al carruaje de inmediato.
La niña no se resistió. Estaba demasiado débil para luchar, demasiado rota para temer. Pensó, con resignación, que nada peor podía sucederle.
El carruaje llegó, y con ayuda de la doncella, Lady Eleanor subió con la niña entre sus brazos. La envolvieron en una manta cálida, guardada para los días más fríos. Eleanor la observó con atención. Antes de que la pequeña cerrara los ojos, vio en ellos algo que la estremeció: gratitud... y miedo. Un miedo antiguo, como si la inocencia hubiera sido arrancada de raíz.
──── ¿Qué puede haber vivido una niña para que sus ojos ya no conozcan la ternura...? ──── murmuró.
Acarició el cabello empapado de la menor con una delicadeza maternal.
──── Tranquila, mi dulce niña... ──── susurró con voz firme y cálida ──── Estás a salvo conmigo, dulzura.