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El despertar en aquel lugar fue como emerger de un sueño gris hacia un amanecer dorado. Nada se parecía al frío y la desesperación de aquella orilla del río. Esta vez, su cuerpo estaba envuelto en una manta suave como terciopelo, sus heridas cubiertas con vendajes limpios, y su piel protegida por ropa seca y nueva que olía a lavanda y hogar.

La habitación era cálida, iluminada por la luz tenue que se filtraba entre cortinas de encaje. Frente a la chimenea, en un sillón de respaldo alto, la mujer que la había salvado leía un libro de cubierta de cuero y letras doradas. Su porte era elegante, pero su mirada irradiaba una dulzura inesperada.

──── Ya despertaste, querida ──── dijo Lady Eleanor con una sonrisa serena, dejando el libro a un lado. Se acercó a una mesa de madera pulida y sirvió un poco de jugo en un vaso de cristal tallado ──── Ven, toma un poco. Te hará bien.

La niña se incorporó con lentitud, aún temerosa. La cama era enorme, mullida, como si la abrazara. Con manos temblorosas, tomó el vaso y lo sostuvo entre sus dedos pequeños, aún marcados por el frío y la fragilidad.

──── ¿Cómo te llamas? ──── preguntó la mujer con voz suave, pero cautelosa.

──── Mi nombre es... ──── la niña frunció el ceño, buscando en su mente una respuesta que no llegaba ──── Mi nombre es...

──── ¿No lo recuerdas? ──── Lady Eleanor negó con delicadeza y se acercó a ella. Tomó entre sus dedos el pequeño collar que colgaba del cuello de la niña, un relicario de plata con una inscripción apenas visible ──── Parece que tu nombre es Amelia, pequeña. Está grabado aquí.

──── ¿Amelia...? ¿Ese es mi nombre? ──── preguntó la niña, con los ojos abiertos como si acabara de recibir un regalo.

──── ¿Recuerdas algo, querida? ──── inquirió la mujer, pero al ver cómo las lágrimas comenzaban a brotar de los ojos azules de la niña, se apresuró a quitarle el vaso de las manos, lo dejó sobre la mesa y la rodeó con sus brazos.

LA HIJA DEL DUQUEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora