Capitulo 9

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Regina

Bosque Encantado

XIII

—No, gracias —fue su primera respuesta—. No voy a tomar nada de esto.

¡Jesús mío!

Emma hizo el afán por regresarme el arco. Yo alcé la mano deteniéndola.

El sol ya se escondía detrás de las nubes, la luz nos abandonaba y mis hombres comenzaban a huir de la oscuridad... pero Emma y yo seguíamos ahí. Juntas.

—Es solo por si necesitas defenderte —le respondí.

Relajó los hombros y bajó los brazos. Gimió mientras pasaba su peso de un pie al otro.

—He visto muchas veces Los Juegos del Hambre así que eso-

Volví a levantar mi mano para callarla, pero ella continuó.

—Regina te juro por lo que más quieras que si me obligas a usar esto —Maniobró con una de las flechas casi pinchándose un ojo, aquello me hizo quitarle el arma de las manos—. Yo misma me amarraré a un poste y me quemaré viva. Tal vez me vaya al bosque para que esas criaturas monstruosas se alimenten de mi carne... O, o meteré la cabeza en el libro hasta-

La tomé del brazo y tiré de ella de regreso al palacio evitando que siguiera mascullando sobre su bochornosa cobardía. Dos sirvientes y un par de caballeros pasaron a nuestro lado con charolas y vajillas para preparar el banquete.

—Ahora a donde me llevas —rezongó, pero gracias al Señor se dejó arrastrar hasta otra sala menos concurrida.

Una vez solas me detuve y antes de que Emma volviera a hablar la silencié con un simple gesto. Movió los labios y su aliento formó un suspiro, asintiendo. Tenía que reconocer que los últimos días me había sorprendido comprobar que tenía cierto juicio y decoro al no rechazar todas mis órdenes.

—Lady Emma —exclamé—. ¿Qué es lo que pretendes? ¿Qué es lo que deseas?

Ella me miró con la confusión plasmada en sus facciones. El pequeño puente entre su boca y su nariz se frunció. Yo deposité el arco y las flechas en una base colocada en la pared.

—¿Lady...? —sacudió la cabeza—. ¿Cómo que qué es lo que quiero? Quiero irme a mi casa, pensé que eso quedo obvio desde el primer día.

La atisbé.

—¿A casa? ¿Piensas que lo lograrás relacionándote con la servidumbre, rechazando las defensas que te brindo y desapareciéndote de mí vigila cada puesta del sol?

Emma se avergonzó casi al instante. Y de todo lo que imagine que podría decir, me refutó:

—Por supuesto que no, majestad —En su tono reconocí la pizca de mofa, como era común—. Llevo tres días atrapada en este maldito mundo mágico sin nada familiar. No tengo luz, agua, Netflix... no tengo a mi familia cerca. Y bueno, aquí las personas no son tan amistosas que digamos. Me aburro, Regina.

Me di la vuelta, alejándome despacio.

¿Qué haría yo con esa mujer? ¿Por qué no se amansaba? Iba a caer en cualquier momento, no habría forma de que sobreviviera con su terquedad.

Respondí con la espalda hacia ella:

—No me eres útil, viajera —farfullé—. Estás perdida, incluso más que cuando te encontré en el lodazal.

Escuché su bufido indignado.

—Discúlpeme usted majestad-princesa-insensible —volvió a rezongar—. No puedo olvidar quien soy, no puedo adaptarme a una historia que no es la mía y fingir que estoy bien en solo tres miserables días.

Me giré. Ella aparentaba fuerza, pero se veía más débil y asustada que antes. Las heridas en su rostro provocadas por el frio del bosque ya empezaban a sanar y dejaban una sutil línea rojiza que atravesaba desde su mentón hasta su pómulo izquierdo como único rastro. Su labio inferior temblaba y su nariz estaba torcida de una forma extraña, lo que hacía que resaltase el orificio donde estaba el aro de metal. Su expresión, desorientada y temerosa, me gritaba compasión.

Y yo estaba exasperada.

—¡Estás poniendo en peligro la vida de mi pueblo!

—¡Y tú estás poniendo en riesgo la mía! —espetó—. Eres la salvadora y la mierda que quieras, pero se te olvida que muy lejos de aquí yo también tengo una vida, una realidad a la que regresar tarde o temprano. Se te olvida que tu reino o tú no son los únicos que corren peligro, también yo. Aún más porque no conozco nada de aquí y... y... no lo haces más fácil, Regina.

Su mueca rápidamente fue distorsionada y matizada por un dejo de angustia, el rojo se le terminó de extender por toda la piel. Las pecas desaparecieron por un momento.

De pronto, yo quería vomitar.

Como una vocecilla, mi conciencia me aulló, jalándome pelo por pelo, vertebra por vertebra. Un sabor amargo se subió por mi garganta hasta empapar mi lengua como veneno. Mi postura se rasgó.

¿Y si...?

Tal vez Emma tenía razón, o tal vez era yo la que olvido que no era la única en esta historia. O ambas cosas.

Pero éramos dos personas. Y el objetivo, la paz, la guerra, el acuerdo... ese había sido mi propósito, no el de nosotras. No el de Emma.

Cerré los ojos e inhalé profundo.

—No puedo renunciar a mi naturaleza —mencioné después—. Y tampoco haré que renuncies a tu naturaleza. No es digno.

Aunque eso nos hiciera vulnerables, aunque Emma fuera cerril, pasiva e ingenua, tenía que confiar.

Podía confiar.

—Estaremos bien mientras no levantes demasiadas sospechas sobre tu origen —continué hablando—. No te obligare a usar un arco o una espada si así no lo deseas.

Ella me miró de costado, inquisitiva. No dijo nada durante un momento.

El responsable de la vida de mi pueblo, y de mí misma, era el acuerdo... ahora la responsable era Emma y lo que decidiera hacer ahora en delante. Si quería mantenerse y pelear a mi lado o si buscábamos caminos separados.

Unir o destruir fuerzas.

En silencio la guíe hasta una de las puertas más grandes del ala y entramos a la biblioteca. Finalmente, me habló:

—Dijiste que tu reino estaba en guerra y sobre un pergamino, pero... no he visto nada. Está muy tranquilo desde que llegué. ¿Por qué?

—Son impredecibles —respondí de manera natural—. No se sabe en cual amanecer darán la primera estocada. Puede ser al caer el alba o en cien inviernos, pero lo harán. Durante mil generaciones lo han hecho.

Me picaron los ojos, por fortuna ella no me cuestionó.

—¿Por eso tus soldados practican siempre en el patio? ¿Por eso querías enseñarme a usar el arco?

—Si —mascullé. Aquel murmullo no fue suficiente para explicarle el daño al que se encontraba expuesta.

Era demasiado para atormentarla.

Miré una de las paredes de la biblioteca, me acerqué a una de sus hileras y estiré mi mano, dejando que el tacto encontrara lo que buscaba. Me eche hacia atrás al sacar el libro con el que Emma llegó.

—Puedes seguir con tu... análisis de este objeto.

A pesar de ser indefensa como una criatura frente a la guerra, ante los acontecimientos sin piedad que eran costumbre a los alrededores de las aldeas, Emma vino aquí debido a algo (o alguien) y no vino sola, vino con ese artefacto cuya función aún desconocíamos.

Era la única que tendría la capacidad de usarlo a su favor.

Le entregue el libro.

—Regina...—oí su ahogamiento de palabras cuando me giré para salir de la biblioteca—. ¿Existe algo más de lo que deba cuidarme?

No volví a observarla.

—De todo.

La puerta se cerró a mis espaldas y un sollozo se ahogó en lo profundo de mi garganta. 

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⏰ Última actualización: Apr 01 ⏰

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