Desde que la veo llegar, no dejo de pensar en que jamás creí que nos veríamos juntas en esta casa. Sé, que el hecho de que esté aquí, no quiere decir absolutamente nada. Y en esa batalla mental, trato de aparentar una calma que tengo muy lejos de sentir. A más la miro, a más la escucho reírse, más siento que Mónica es la mujer de mi vida, pueda ser o no, aunque nos hayamos quedado en el pasado, tengo esa absoluta certeza.
Nos tomamos un par de copas de vino hablando de trabajo y de nuestras familias, y poco a poco, nos vamos relajando.
El único motivo por el que quería que viniera era para pedirle perdón por todo, y cuando reúno el valor suficiente, después de comer, se lo digo. Reacciona diciéndome que ya pasó, y me pregunta que por qué me comporté así, le digo la verdad más absoluta, me volví loca de dolor. Observo que no sabe qué decir, y finalmente, me dice que lo siente.
El ambiente se nos ha vuelto gris, y quiero recuperar el azul radiante que nos ha estado cubriendo el resto del día. La invito a tomar una copa pero me dice que es hora de irse.
¡Joder, no! Pienso, y sin razonarlo ni un sólo segundo, le pido que se quede.
Nos miramos unos segundos sin decir absolutamente nada.
— Una sola... - Le digo rompiendo el silencio. — Y nos damos un baño... - Añado tratando de evitar que se vaya.
— Si me tomo una copa, no voy a poder volver a casa. - Me dice para después darle un último sorbo a la copa de vino y mirarme por encima del borde.
¡DIOS!
— En ese caso, tenemos dos opciones. Llamo a un taxi o te quedas a dormir. Tu hijo no tiene ningún problema... - Trato de bromear mirando a nuestros perros porque estoy a punto de infartarme.
— Ya... ya veo... - Me responde mirando a los perros ella también que están retozando en el césped. — Venga... va... Luego llamamos a un taxi... - Me dice.
Hago un gesto de súplica mirando al cielo. Se ríe.
— Pero mira que eres... - Sonríe y yo me río.
— ¿Recojo esto mientras te pones el bikini? - Le
Pregunto.
— Te ayudo. - Me dice y se levanta a hacerlo.
Recogemos la mesa, y le indico dónde puede cambiarse. Es increíble que hayamos compartido cinco años de nuestra vida juntas y que ahora, de repente, parezca la primera vez de todo.
Me pongo el bikini, me cambio el pantalón y sirvo dos copas de gin tonic, y la espero en el porche. Sale ataviada con una camisa larga y sandalias. La miro una fracción de segundo para que no se sienta incómoda, pero podría haberme quedado ensimismada mirando y babeando largamente. Se sienta frente a mí, y vierte el contenido del botellín de tónica en su copa.
— Te lo dejé así para que veas que no quiero emborracharte. - Le digo bromeando.
— ¿ Y para qué ibas a querer hacer eso? - Me pregunta con una sonrisa preciosa en los labios.
Me rio porque lo que podría contestar a esa pregunta, no es apropiado. — Ay... Martín... - Añade leyéndome el pensamiento.
Seguimos hablando de gente que conocemos en común, le cuento que la próxima semana estaré con Carol en la fiesta de Dulceida en el Orgullo, y ella me dice que no se dejará ver. No me sorprende y la respeto. Sé que no le gusta exponerse, más por pudor que por otra cosa.
— Bueno, ¿qué? ¿Nos bañamos? - Le pregunto.
— Estará fría. - Me dice.
— Qué va... le puse un calentador esta mañana... - Bromeo y nos reímos.
Nos levantamos para acercarnos a la piscina, dejo la copa en el filo, me quito la ropa y salto a la parte baja sin pensármelo mucho. Apenas me llega a la cintura.
— Venga, Moni... que está buenísima... - Le digo.
— De momento, me voy a sentar aquí. – Me dice. Se agacha, deja la copa cerca de la mía, se quita la camisa, y se sienta en el borde con los pies dentro del agua.
— Cambia el calentador porque no está funcionando bien. - Me dice socarrona. Me río.
Nado hacia el otro lado de la piscina y buceo de vuelta hasta agarrarme a sus pies. Ni siquiera pienso en sí debo hacerlo o no. Cuando salgo del agua me está mirando sonriendo. Me pongo de pie delante de ella, y estiro la mano para coger mi copa y le doy la suya. Le doy un trago.
