Más bonito de mi vida

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La artista de la tarde invita a Vanesa a cantar. Un latigazo eléctrico me recorre el cuerpo. Hace muchísimo que no la escucho cantar en directo, bueno, ni en no directo, salvo cuando ha sonado en la radio que he cambiado rápidamente de emisora. No he conseguido hasta el momento escuchar ninguna de sus canciones entera. Tras del lanzamiento de Placeres y Pecados y someterme a mí misma a escuchar canción tras canción, decidí que, por el bien de mi salud mental, no volvería a hacerlo.
Me adelanto unos pasos para verla entre el hueco de dos personas. Y sucede lo último que creería que iba a pasar, se arrancan cantando "La quiero a morir", por el gesto que se le dibuja en la cara, sé que no la ha visto venir y que le ha cogido completamente desprevenida.
Conozco cada uno de sus gestos, cinco años de día a día, te permiten conocer ese lenguaje no verbal que desencripta a las personas. Mira al suelo tratando de ubicarse, y finalmente consigue controlar el momento.
No sé ni lo que estoy sintiendo, pero algo dentro de mí se remueve y no puedo apartar los ojos de ella. Levanta la vista hacia el público hasta ubicarme, me clava sus pupilas. Le mantengo la mirada presa de la magia que desprende haciendo lo que más ama hacer. Ella busca a su compañera de escenario y esta, la invita a terminar la canción, cuando llega a la parte final, lo hace con tanto sentimiento, que se me eriza toda la piel del cuerpo. Huyo hacia la playa.

"Podéis destrozar todo aquello que veis, porque ella, de un soplo, lo vuelve a crear, como si nada, como si nada... La quiero a morir"

Escucho ya sentada en el banco Waikiki las últimas frases. La memoria me devuelve a la primera vez que la escuché cantarla en un Wizink lleno hasta la bandera, y lo hizo sólo para mí.
Una punzada me atraviesa el pecho. Fijo la mirada en la gama irisada de ocres y naranjas que refleja el cielo, queriendo salvarme de caer en la trampa de dejarme agasajar por los momentos dulces, porque también los hubo malos, los menos, pero muy malos.  El astro rey se va por hoy. Mañana será otro día, pienso. He disfrutado del día y sobre todo, me ha encantado reencontrarme con las chicas.

— ¿Puedo sentarme? — De repente, Vanesa está a mi lado.

Asiento, me aparto a la derecha un poco y se sienta en el otro extremo. Trata de justificarse por cantar esa canción, sé que ella se ha sorprendido tanto como yo. La tranquilizo diciéndole que no pasa nada.
Si mi parte racional no tuviera tanta fuerza, y sobre todo, la memoria no me devolviera la hiel de nuestra ruptura, me habría lanzado a sus brazos. Hago un esfuerzo sobre humano por mantener la compostura, por seguir manteniendo la ansiada tranquilidad que tanto me ha costado conseguir, pero teniéndola cerca, se me viene abajo como un castillo de naipes. Aun así, me mantengo. Cambia de conversación dirigiendo la atención al ocaso que está sucediendo frente a nuestros ojos, no quiero mirarla, no debo. Le respondo que quizá ese sea el atardecer más bonito de mi vida, y ni siquiera sé por qué he dicho tal cosa, tal vez, porque simplemente en ese momento sentí que fue así.
No sé, también el alcohol que agiliza la lengua y merma el raciocinio.

— Moni... me encantaría que pudiéramos tener una conversación tranquilas. - Me propone.

Mantengo unos segundos el silencio porque no sé qué decir. ¿Quiero? ¿No quiero? ¿Debo? ¿No debo? ¿Seré capaz? Mi cerebro se reduce a masilla dentro de mi cráneo en una fracción de segundo.

— ¿Qué más vamos a hablar?... - Me pauso. — Sí ya nos lo dijimos todo. - Digo mirándome los pies mientras remuevo la arena con ellos.
— Yo dije cosas que no sentía, ni quería, ni era lo que pensaba... – Dice atropellada.
— ¿Y tu pareja? - Le pregunto.
— Hace meses que no tengo pareja. – Me dice sin titubear. No tenía ni idea, y eso hace que me descoloque más todavía.
— Vaya... lo siento... - Digo golpeada por su confesión.
— Nunca funcionó... - Se pausa. ¿Qué me dices, entonces? - Insiste
— Déjame que lo piense sobria... hoy no es un buen momento para decidir nada... pero no te prometo nada. - Le digo finalmente, ahora sí, mirándola. Está preciosa.
— Gracias. – Me dice. — ¿Nos tomamos la última? - Me propone con media sonrisa que me fulmina instantáneamente.
— No sé si debería, yo no sé quién va a conducir esta noche. - Le digo.
— ¿Te apetece? - Insiste.
— Venga... vamos... - Accedo, ya da lo mismo que lo mismo da una más que menos.

Cuando no estabas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora