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Jisung salió del avión en el aeropuerto de Orlando, con una enorme sonrisa en su rostro. El azulejo de mosaico de colores brillantes en el suelo, el sol vertiéndose a través de las ventanas, las chanclas y muecas en las caras de quienes lo rodeaban le decían que ya no estaba en Pennsylvania.

Estaba en La Casa de Mickey Mouse y, joder, iba a divertirse.

Jisung siguió al resto de los pasajeros por el largo pasillo de acceso a ¿un monorraíl que atravesaba el aeropuerto? ¡Santa mierda! Jisung sonrió como un niño que recibe las llaves de la tienda de juguetes.

Nunca había estado en Florida, nunca había tenido la oportunidad de venir a Disney World. El abuelo de Jeno había rechazado todas las peticiones para dejar la Pensión, creyendo que la única forma de proteger su Manada de los extraños era manteniéndoles aislados. Jisung lo había odiado, y cuando Jeno había desafiado a la vieja cabra y le había ganado, Jisung había estado justo a su lado.

Sabía que Jeno extrañaba a su abuelo, pero el viejo lobo había estado equivocado.

Vio a un hombre caminar en pantalones vaqueros apretados y una camiseta que decía Aplaude si crees en las hadas.

Estaba volviéndose totalmente mentalizado acerca de esto. Sería grandioso.

—Hey, ¿cuándo tenemos que estar en nuestro hotel?

Jisung se detuvo en las puertas del monorraíl y le sonrió a su amigo Jimin. 

—La entrada es alrededor de las tres.

—Amigo, todavía no creo que nos hayas hospedado en el Contemporary. ¿Qué hiciste, robaste un banco? 

Nop. Se había gastado el dinero que había estado guardando para su luna de miel, finalmente dándose cuenta de que nunca conseguiría el “y vivieron felices para siempre” con el que siempre había soñado. Alojarse en uno de los resorts de lujo en Disney con uno de sus mejores amigos le había parecido una buena alternativa.

Muy bien. Una alternativa aceptable. Jisung estaría mucho mejor con su compañero en el colchón que durmiendo a unos pocos pies de distancia de su amigo. Si sucedía y encontraba a una segunda pareja en los diez días que estuviera aquí, podría hacer eso. 

—Algo así.

Los brillantes ojos azules se abrieron. 

—Ajá. Esto no tiene nada que ver con el hunka-hunka del que me has estado enviando fotografías por años, ¿no? 

Jisung parpadeó. Jimin era un amigo de sus días de Universidad online y maldito si el León no tenía una enorme boca. No podía él mismo dejar de pensar en Renjun, no cuando estaba cazando una segunda pareja. Le hacía sentir extrañamente infiel al Alguacil. 

—Sólo súbete al maldito tren.

La risa de Jimin fluyó sobre él. Jisung siguió a su amigo por el equipaje, ansioso de comenzar sus vacaciones.

Sería un tiempo divertido, tanto si a su lobo le gustaba como si no.







***







Renjun olió a su compañero y oró porque el otro hombre no lo hubiera olido a él. No estaba listo aún para que Jisung supiera que lo había seguido a Florida. Renjun sonrió, sabiendo cómo de salvaje debía verse.

Jisung podía correr, pero no podría ocultarse. Para mañana a estas horas, tendría al hombre apoyado y en su cama o podría morir en el intento. Tiró su taza de café y se dirigió a reclamar su equipaje, sabiendo que tenía que permanecer lejos de Jisung hasta que estuviera listo para mostrarle al hombre que estaba aquí para reclamarlo.

Enco | SungrenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora