Capítulo XI

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No espero mucho más, ¿saben?

No aspiro a nada realmente importante.

Supongo que, en el gran esquema de las cosas, simplemente me limité a hacer mi trabajo lo mejor que pude. Viví mi vida de la mejor manera posible.

Y ahora, en el ocaso de mi existencia, me pregunto:

¿Habré realmente logrado algo?

Las personas a mi alrededor claman, afirman sin un atisbo de duda, que he contribuido más que suficiente al bien de la humanidad.

Pero no puedo creerlo.

Siento que aún me falta algo. Una última acción. Un último sacrificio.

Es por eso que hoy, en este rincón olvidado del cosmos llamado Epsilon Indi, entregaré mi corazón una última vez por el bien de la humanidad.

—Estado —preguntó Mac Callister, su voz cargada de gravedad.

—Se ha ido... No queda rastro de Ilima —respondió el oficial, su voz teñida de profundo pesar.

—Con esto, una de las mayores luces de la humanidad se ha extinguido —lamentó el vicealmirante, su mirada perdida entre las estrellas.

El General había luchado bien. Su pérdida dejaría un vacío irremplazable en la estructura de mando de la UNSC. Su aguda mente militar sería añorada en las futuras batallas. Su sacrificio sería recordado, conmemorado.

Pero no ahora.

No había tiempo para lamentos.

Las alarmas resonaron por toda la nave.

//ALARM////ALARM////ALARM////ALARM//

''A todos los grupos de combate la totalidad de la fuerza enemiga ha comenzado a movilizarse'' 

Mac Callister observó el mapa táctico en la mesa de mando, su mente dividida entre el deber que tenía ante él y el peso de la historia que cargaba.

La humanidad siempre ha sido así, ¿no?

Huimos del conflicto. Dejamos atrás mundos enteros buscando paz. Pero la guerra siempre nos alcanza, como una sombra que jamás se desprende.

Quizás por eso nos menosprecian.

Cobardes.

Así nos ven. Y tal vez tengan razón.

Somos una raza que odia la guerra. La aborrecemos, la detestamos. Pero la conocemos demasiado bien. Hemos aprendido a ser eficaces en ella, a sobrevivir. Solo queríamos ser mejores, dejar todo atrás.

Pero nunca lo permitirán. Es una maldición, una condena eterna que este universo nos ha impuesto. Sin importar lo que hagamos, jamás podremos huir de nuestra realidad.

Una realidad que los Sangheili habían abrazado y aceptado hace eones, forjando sus ideales en el calor del combate. Mientras tanto, nosotros seguíamos atrapados en la contradicción, aferrándonos a la idea de un futuro en paz, aunque nuestras manos estuvieran teñidas de violencia.

La verdad era... que, por más que lo negáramos, nos habíamos acostumbrado al conflicto. Nos volvimos demasiado buenos para matar.

Al final del día...

''Siguen siendo de raza guerrera'' murmuró Violet para sí misma, con un deje de melancolía en la voz.

Mac Callister frunció el ceño en respuesta.

—A todos los grupos, inicien la fase dos. Prepárense para contraatacar. Comunicación, pónganme en contacto con el Ingeniero en Jefe.

—Enterado, señor.

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