No estás vacía.

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Un ruido seco me detuvo. Una puerta. Un par de pasos. Luego voces. Me arrastré silenciosa hasta la rendija y escuché.

—Las niñas... las tenemos. Si la muy perra quiere verlas con vida, se arrodillará.

Era Adolfo.

—No me importa que se desangre frente a nosotros. Le vamos a arrancar lo que más ama... como ella hizo con mi hermano y tu hijo —susurró Romelia con esa voz llena de odio.

¿Una persona podía seguir respirando con tanta ira acumulada? Porque yo lo estoy intentando. Mi vista se nubló, pero no por miedo. Era furia.

Volví con ellas.

—Isabela, Mónica, escuchen con atención. ¿Ven ese armario? Métanse. No digan ni una palabra. No importa lo que escuchen. No salgan.

—Mamá... —susurró Mónica, con lágrimas en los ojos.

—Ahora —ordené.

Les di un beso en la frente y cerré la puerta del armario con pasador desde fuera.

No permitiría que las tocaran. Por encima de mi cadáver.

Caminé por el pasillo de esa maldita hacienda que alguna vez fue mía. Cada baldosa era un recuerdo, cada sombra, una amenaza, escuché pasos al fondo.
Acaban de entrar a la estancia, no creo que estuvieran en la propiedad mucho menos los dos tipos que vienen detrás de ellos, estos no se ven como los que están muertos...

Mierda.

Me maldije por no pensar en que cuando ellos doblen hacia el pasillo, podrán verlos. Eso solo me empuja a actuar mas rápido , esos tipos son grandes, se ven como mi equipo pero nada que no pueda manejar con la fuerza de un brazo y medio. Rezo para no desmayarme en el proceso

—¡Romelia! —grité.

Ella se volteó con sorpresa. A su lado, Adolfo hace lo mismo

—¡Altagracia Sandoval! —rugió él.

—Aquí estoy. ¿Querían verme arrodillada? Tendrán que arrodillarme muerta.

Y todo estalló.

El primer disparo lo esquivé por milímetros. Los tipos ya se habia colocado delate de sus patrones y acercándose a mi con una rapidez. Me lancé contra el más cercano, hundiéndole la navaja en el cuello antes de que pudiera apuntarme de nuevo. El segundo se me fue encima, logré dispararle en el abdomen, pero también me golpeó con la culata. Sentí el crujido en mi hombro.

Romelia gritaba maldiciones, Adolfo me llamaba asesina. Yo solo veía rojo.

Me cubrí tras una columna, disparé hacia Adolfo, lo herí en la pierna. Se arrastró, maldiciendo. Un disparo me alcanzó el costado. El dolor fue como fuego.

Maldita sea

—¡Por mi hermano! —gritó Romelia, acercándose con una pistola.

Yo dispare hacia la izquierda de la columna  y corrí hacia ella por el lado contrario y nos fuimos al suelo. Rodamos, peleamos como animales. Ella mordió, yo golpeé.

La muy idiota coloco su rodilla en mi costado a lo que me retorcí de dolor, logro alcanzar el arma que le había volado de las manos. Me golpeo con la culata del arma en la cara y sentí como corría hierro por mi boca, me hizo tocer

Entonces escuché mi nombre.

—¡ALTAGRACIA!

Y como una explosión de luz, vi a José Luis. Su voz me rompió el pecho.

Él, junto a matamoros los vi entrar, armados, vi como uno de sus hombre le disparaba a los dos imbéciles que se encontraban en el suelo. Los que yo ya había abatido pero estaban por levantarse

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