En un mundo apocalíptico, ser una carguera es lo más importante, ya que su poder les permite crear armas de gran capacidad que ayudarán a los guerreros a acabar con las inimaginables bestias surgidas de las personas corrompidas que no encontraron su...
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Los recuerdos de mi vida en la ciudad golpeaban mi mente, como sombras que se aferraban a mí. Las imágenes de Sian, su risa, sus atenciones... su desprecio. Se entrelazaban con el eco de la voz de mi madre, sus palabras llenas de avaricia. El ver lo poco que le importaba. ¿Por que llegue a pensar que podría elegirme?
Malena se había convertido en un rayo de luz en medio de la oscuridad que me rodeaba, pero cada abrazo que me ofrecía solo hacía que la tristeza se intensificara. Algo no estaba bien. Nada estaba bien.
La casa era pequeña, pero acogedora, con un aroma a hierbas frescas que provenía de la cocina. Los murmullos de la comunidad no se hacían esperar.
"Una chica encontrada a las afueras de la gran ciudad fue rescatada por Erick".
"Tiene imagen de ser de la alta sociedad"
"¿Será una carguera?"
Cerré los ojos y traté de descansar, pero mi mente no podía encontrar paz. Pensé en las lecciones que mi madre me había impartido, en todas sus metas y ver como quería llegar al concejo. Pero ahora, en este lugar desconocido, me sentía como un náufrago en alta mar, sin rumbo y sin esperanza.
Al amanecer, el sonido de los pájaros me despertó. Malena ya estaba en pie, preparando algo en la cocina. Me levanté lentamente, sintiendo la rigidez en mis músculos. El aroma de la sopa caliente me hizo recordar que, aunque todo había cambiado, aún podía encontrar pequeños placeres en la vida. Amaba la sopa.
—Buenos días, Gen. —dijo Malena con una sonrisa iluminadora. —Hoy será un gran día. Vamos a buscarte ropa nueva y luego hablaré con el profesor.
—¿Y si no me acepta? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Lo hará. Tienes potencial, y él lo verá. Además, tengo mis métodos. —bromeó.
Después de un desayuno ligero, nos dirigimos a las calles de la comunidad. Estos eran caminos de tierra y muchas praderas verdes. Al parecer todo era como una vereda, no como el sonido urbano de la ciudad. A medida que avanzábamos, las miradas de las personas se sentían pesadas, como si cada una de ellas me juzgara. Malena notó mi incomodidad tomando suavemente mi brazo.
—No les hagas caso. Están acostumbrados a ver a los que vienen de la ciudad como... diferentes. Pero tú no eres como ellos. Eres especial. Al pasar de los días verás como te aceptarán como uno de nosotros.
Llegamos a una pequeña tienda que parecía un bazar. Las paredes estaban llenas de ropa de todos los colores y estilos, y el bullicio de las conversaciones llenaba el aire. Malena comenzó a buscar prendas que se ajustaran a mi figura, mientras yo intentaba no sentirme abrumada por la multitud.
—¿Qué te parece este vestido? —me preguntó, mostrando una prenda de algodón azul claro que caía suavemente.
—Es bonito, pero no suelo ser de vestidos. —respondí, sintiéndome fuera de lugar.