Entré a la escuela con mi horario en mano, buscando el salón de matemáticas. Desorientada, tropecé con alguien. Frotándome la frente, aturdida, levanté la mirada y me encontré con unos ojos verdes. El chico era guapo: alto, delgado, con músculos definidos, cabello castaño. Me quedé sin aliento. Su voz, cuando habló, fue como una melodía.
"—Hola, ¿quién eres? Yo soy Aiden O'Brian", dijo con una enorme sonrisa, extendiéndome la mano. Mi corazón dio un vuelco. Parecía uno de los populares, pero su actitud era sorprendentemente cálida y amable.
Tardé unos segundos en reaccionar, dándome cuenta de lo incómodo que debía ser tener su mano extendida sin respuesta.
"—Ho… hola, yo… yo…", balbuceé, sonrojándome. Parecía que me había quedado sin habla. "Bien hecho, Lea, lo arruinaste enseguida", pensé con vergüenza.
"—Tranquila, no muerdo… bueno, no, a menos que quieras", dijo Aiden con una sonrisa sarcástica. Mis mejillas se encendieron aún más. "¡Diablos, puedes morderme cuando quieras!", pensé.
"—Soy Lea Wells", respondí, bajando la mirada, mi voz apenas un susurro.
"—Mucho gusto, Lea. Te ves perdida, ¿necesitas ayuda?", preguntó Aiden con amabilidad.
"—La verdad sí. Soy nueva y no sé dónde está el salón de matemáticas", admití.
"—Ya entiendo, entonces te llevaré. Yo también voy a esa clase", ofreció Aiden.
Suspiré aliviada. Había estado preguntando a varias personas, y todas me habían ignorado con una grosería que me sorprendió.
Llegamos al salón de matemáticas juntos, y las miradas no se hicieron esperar. Al cruzar el umbral, junto a Aiden, los murmullos comenzaron. Aiden sonrió y me indicó un asiento vacío a su lado. El ambiente era tenso, una mezcla de curiosidad y desaprobación palpable.
Las clases pasaron rápido gracias a Aiden, quien estuvo a mi lado todo el tiempo. Llegó el receso, y Aiden me arrastró a la cafetería, diciendo que debía presentarme a sus amigos. Al liberarme de su agarre, vi a dos chicos y una chica. Uno, Francis, era alto, musculoso, de cabello castaño y ojos grises. El otro, Daniel, era rubio, de piel clara y ojos cafés. La chica, Tamara, tenía cabello rojizo, ojos verdes (aunque menos brillantes que los de Aiden), pecas y un cuerpo espectacular. Tamara parecía ser la novia de Daniel por la forma en que se miraban.
"—Hola", saludé al grupo, sintiendo un nudo en el estómago.
"—Hola", respondieron al unísono. Francis entonces dirigió su mirada hacia mí con una sonrisa pícara.
"—Wou, Aiden, creí que te habías perdido, pero veo que fuiste en busca de la chica más hermosa. ¿Dónde la encontraste?", dijo Francis, su comentario me puso incómoda. "—Lea, ¿cierto?", añadió.
"—Sí", respondí, dedicándole una mirada asesina. Me estaba poniendo nerviosa.
"—Francis, yo que tú me controlaría, o ella podría dejarte sin ojos", bromeó Aiden, causando que los demás se rieran. Tamara intervino.
"—Tranquila, chica, Francis no podría conquistar ni a un gato con ese carácter", dijo Tamara, riéndose junto con Daniel.
"—Y ustedes se dicen mis amigos", se quejó Francis con un puchero, colocándose una mano en el pecho. Su exagerada expresión me causó gracia, y solté una pequeña risa.
"—Amigo, eres un niño o qué", se burló Daniel.
Eran buenas personas. Al final, me hice muy amiga de Tamara, y Francis, tras varios intentos fallidos de conquistarme, se rindió.
Las últimas clases pasaron rápido. Me despedí de Aiden y fui a casa. Mi madre me recibió con un pastel de cumpleaños, junto a mi hermano y mi padre.
"—Felicidades, fea", dijo Kail, para luego agregar: "—Sabes que te quiero mucho, hermanita, aunque parezcas una pordiosera".
Mi madre estaba radiante, expresando su orgullo y su ansiedad por mi transformación esa noche. Dijo que desde ese momento comenzaba la cuenta regresiva para encontrar a mi pareja, algo muy importante, ya que se dice que quienes no la encuentran se vuelven locos.
Entre risas y bromas, el tiempo pasó volando. Llegó la hora de mi transformación. Me adentré en el bosque tras nuestra casa. Los árboles se volvían más altos a medida que avanzaba. En un lugar apartado, admiré la luna llena, pero mi atención se desvió al sentir un dolor intenso que recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Fue horrible. Mis huesos crujían, mi cuerpo se retorcía en una tortura agónica. Un calor abrasador me invadió. Cuando terminó, me puse de pie, aturdida, y corrí hacia el bosque. Encontré un lago, y mi reflejo me dejó sin aliento: una hermosa loba negra con brillantes ojos azules. Los lobos negros son muy raros, al igual que los blancos. La mayoría tienen una mancha blanca o gris. Era fascinante. Me encantaba mi forma de lobo. Mis ojos azules resaltaban sobre mi pelaje negro.
Al día siguiente, desperté con dolor muscular. Me miré en el espejo y me sorprendí: mi apariencia se había vuelto más delicada, mis rasgos más femeninos, mis labios de un color rosa intenso. Me duché y me vestí con shorts negros y una blusa blanca con detalles rosas. Bajé a desayunar y me dirigí a la escuela, sin saber que ese sería el peor día de mi corta vida de dieciséis años.
Espero les guste ^_^
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~Eres mio~
WerewolfAlguna vez les a pasado algo tan doloroso que no pueden aguantarse el llanto?, y tienes personas a tu lado que siempre terminan diciendo esa estúpida frase, "si algo pasa es porque el destino así lo escribió ", pues yo no creo en el destino, es una...
