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Arrinconado sobre la pared del frío baño entre los fuertes brazos de Roier, era algo que Quackity no tenía previsto.

Tantos años de conocer al castaño y jamás había conocido esta faceta suya, su cara incluso estaba roja de lo que parecía ser rabia pura.

Pasaron segundos que parecían una eternidad en las que ninguno articulaba palabra alguna.

Entonces de repente, Quackity lo sintió, no, más bien lo olió, sus fosas nasales fueron invadidas por feromonas intensas, un olor amaderado y fresco. Provenía de Roier y aunque el omega conocía este olor perfectamente, nunca lo había olido de la manera en la que lo está haciendo.

Podría jugar que su nariz arde de la intensidad, sabía lo que estaba pasando. Roier estaba marcando su territorio, lo estaba marcando a él.

Ni siquiera podía procesar bien la idea, su cuerpo comenzó a doblegarse en su lugar con sumisión.

Roier por su parte estaba fuera de sí, sus pensamientos dominados por su parte salvaje, aquel alfa que siempre agachaba la cabeza ante cualquier omega y se negaba a salir de lo más profundo, estaba cegando ahora mismo su cabeza.

—Déjame...

Suplicó Quackity, sentía que se iba a desmayar por la dominancia que estaba ejerciendo el alfa sobre él. Sus piernas temblaban como una gelatina y la sangre comenzaba a calentar su cuerpo.

¿Le está forzando un celo?

Sabía que era posible que esto pasara entre alfas y omegas, pero nunca creyó experimentarlo, mucho menos con su amor platónico. No le disgustaba, sin embargo, tenía algo de miedo por ver al otro tan perdido.

Roier respiraba agitado, apretando cada vez más al omega contra sí mismo con una necesidad que parecía no saciarse sólo con un abrazo. Necesitaba más, estar mucho más cerca.

Sin previo aviso comenzó a oler el cuello del pelinegro, olía delicioso, justo como el día en que fue a intentar ayudarlo a su casa. Una erección se asomó en sus pantalones sólo de recordar aquello. Quackity la sintió, estremeciéndose en el momento.

Es oficial, tanto Quackity como Roier habían entrado en un celo compartido. La mezcla de feromonas de ambos era demasiado fuerte, lo suficiente para alejar a cualquier persona que pensara interponer.

Habían llegado al punto sin retorno.

Con las mentes nubladas en deseo puro y sobre todo salvaje, era esta parte animal la que los tenía de esta manera. Pero al final seguían siendo un chico enamorado de su mejor amigo y otro que tenía miedo de aceptar esta parte de ser un alfa de verdad.

Roier estaba hirviendo en fiebre, nunca había tenido un celo tan fuerte. Por su parte Quackity aún estaba débil, pues su último celo no tenía más de dos semanas de haber pasado.

Fue demasiado para ambos, lo que parecía prometer ser la conclusión de un lazo.

Terminó con ambos desmayándose antes de comenzar cualquier cosa.

Roier despertó agitado, tuvo un sueño de lo más raro.

—Hey, ¿cómo te sientes, todo bien? Nos diste un susto a todos.

Osvaldo lo asustó hablando de repente por detrás, no esperaba encontrarlo ahí.
¿En la enfermería de la escuela?

—¿Qué pasó?

El de lentes resopló, indignado de que su amigo no recordara el numerito que montó.

—¡Qué no pasó mejor dicho!

Roier escuchó atentamente cada palabra que salía de la boca de su amigo. Claramente confundido ante tanta información, pues Osvaldo no paraba de escupir palabra tras palabra.

Hasta que terminó de hablar, con un poco de sudor en la frente, más que pasarle la información se dedicó a regañar al castaño. ¿Por dónde se había metido sus consejos de estos días?

Era pedirle disculpas a Quackity, no hacerle el amor de una y así.

—¿Y bien? ¿En qué estabas pensado? Eres un pendejo, creo que eso cuenta hasta como acoso sexual, ahora cada que me vean contigo en el pasillo se van a burlar de nosotros, viejo.

Roier aún estaba procesando todo.

¿De verdad hizo algo cómo eso? Sinceramente no recordaba nada.

En especial ese detalle.

—¿Quién es Quackity?

¡Mírame! | SpiderduckHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora