XIV

130 12 0
                                        

La sala está en penumbra, iluminada solo por los destellos azulados que parpadean desde el televisor. Modern Family sigue corriendo en pantalla, pero hace rato que Ghost dejó de prestarle atención. Ni siquiera recuerda en qué episodio están.

Isabella duerme apoyada sobre él, apoyada perfectamente entre su brazo y su costado, como si hubiera nacido para ocupar justo ese espacio. Su mano descansa en su pecho, tan ligera que parece una mentira… pero es la única verdad que él tiene esta noche.

Ghost no entiende cómo llegó a esto. Cómo una mujer que apenas conoce se ha vuelto una grieta tan profunda en sus muros. Cómo su corazón —ese traidor silencioso— se empeña en recordarle que aún late. Que aún siente.

La observa. Sus pestañas apenas se mueven con el leve vaivén de sus sueños. Tiene el ceño relajado, la respiración tranquila, como si no tuviera idea de la oscuridad en la que él se hunde cada vez que la mira.

Pasa una mano por su propia nuca, intentando aferrarse a algo sólido, algo que no sea este caos que bulle dentro de su pecho. ¿Desde cuándo se volvió así de débil? ¿Desde cuándo un roce de manos, una mirada, una risa compartida son suficientes para desarmarlo por dentro?

El calor de Isabella lo envuelve, y por un segundo, Ghost —no Simón, no el soldado, no el espía— siente que podría quedarse aquí para siempre. Que podría apagar el mundo, olvidar la misión, la máscara, el filo del cuchillo que siempre lleva escondido en la bota.

Pero cada latido lo contradice. Su corazón lo apuñala una y otra vez con esa certeza: la quiere cerca, aunque no debería. La necesita, aunque sabe que es el peor de los errores.

Desvía la vista hacia la ventana, donde la lluvia golpea suavemente el cristal. Hay algo cruel en la forma en que Isabella se ha instalado en su mente: no ha habido besos robados ni promesas vacías. Solo una serie de momentos absurdamente cotidianos. Una serie tonta, una mano sobre su pecho, una carcajada que aún retumba en su cabeza. Y, aun así, se siente como si le hubieran arrancado la armadura.

Le gustaría decir que puede dejarla ir cuando quiera. Que es solo otra distracción, un ancla temporal. Pero sería mentirse. Y si hay algo que Ghost odia más que las mentiras de otros, son las que se cuenta a sí mismo.

Vuelve a mirar la televisión. El eco de los diálogos llena la sala, ajena al campo de batalla que arde dentro de él. Isabella se remueve un poco, inconsciente, y sus dedos se aferran a su camiseta como si buscaran algo a lo que anclarse.

Ghost cierra los ojos, sintiendo esa presión mínima en su pecho. Es casi ridícula: un contacto tan simple, tan frágil. Y sin embargo, lo retuerce por dentro de una forma que ni una bala podría lograr.

No sabe cuánto tiempo más puede sostener esto. Esta mentira. Esta fantasía. Cada minuto que pasa con Isabella lo hace sentir más humano. Y ser humano —recordarlo— duele más que cualquier herida de guerra.

Sus ojos vuelven a bajar a Isabella. Podría apartarla, despertarla con un leve movimiento del brazo, marcharse a su escritorio para sepultarse otra vez entre mapas y mentiras. Pero no lo hace. No puede.

Cada segundo que pasa con su mano sobre su pecho es como un recordatorio cruel de que, aunque su piel esté fría por dentro, su corazón se niega a morir del todo.

Se sorprende a sí mismo recordando detalles ridículos. El modo en que Isabella se queja cuando él olvida comprar leche. Cómo llena su espacio con anécdotas absurdas de la universidad, de trabajos que no le importaron, de su café favorito en la esquina.

Todo tan trivial… y, al mismo tiempo, tan malditamente valioso. Para alguien como él, la rutina debería ser solo una cubierta, una fachada. Pero con Isabella se vuelve real. Se vuelve un veneno dulce: uno que no puede dejar de beber aunque sepa que acabará matándolo.

MAFIA-𝐒𝐢𝐦𝐨𝐧 "𝑮𝑯𝑶𝑺𝑻" 𝐑𝐢𝐥𝐞𝐲°Donde viven las historias. Descúbrelo ahora