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Yo también lo siento, Sue

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—¿Novio?

—¿No dices que no te faltan pretendientes ahora? Admítelo, no eres mejor que yo. Has cambiado. Me mentiste —dijo mientras sacaba su celular para llamar a Joel y decirle que nos dejara la casa sola y se fuera a otro sitio a metérsela a otra persona —Somos unos perros infieles. —escupió con rabia.

—La diferencia es que yo no uso a las personas y luego las trato como mierda, sí me arrepiento de mis malas decisiones, por eso no engañé a nadie, terminé cuando tenía que terminar. —me defendí, más sentí el peso de mi propia mirada sombría hundiéndome la vista y acabé por admitir —No pude ser feliz con nadie por estar pendiente de ti.

Se calló por unos momentos, como si lo estuviera pensando. Nuestras miradas filosas lo decían todo.

Había algo en sus ojos, oscuridad, frialdad y por último cansancio. Tal vez él también buscaba algo pero no sabía qué. Al menos, eso era lo único que teníamos en común: un vacío inmenso.

—No eres la única que no ha logrado que su obsesión no interfiera en sus relaciones. Mi novia y yo terminamos... —confesó —No fue por ti, solo... Creí que ella era la indicada pero al final, ella tampoco comprendió mi forma de ser.

Me sorprendió un poco, e incluso hubiera disminuido en un pequeño porcentaje mi enojo. Sonreí con burla.

—Te lo dije, nadie te iba a amar como yo.

Stephan se acercó a mí, mi pulso se aceleró cuando sus ojos se fijaron en mis labios y estos quedaron tan cerca de los suyos, a punto de besarnos...

A punto...

Y boom. Se alejó de pronto.

Finalmente, se rió en mi cara.

—Nunca conocí a alguien tan patética. Que me amara con locura real. Después de esto, me calientas aún más, si te arrodillas tal vez pueda considerar cogerte una vez más.

Mis ojos se abrieron de par en par.

Maldito.

—¿Siquiera eres consciente... del impacto que tienen tus palabras? ¿Tú tienes corazón? —mi propia interrogante me supo ridícula y por ende a él más. —¿Recuerdas cuando lo tuviste alguna vez?

—No, y si tuviera uno tampoco adoptaría perras inútiles y miserables como tú.

Maldito.

Mil veces maldito.

La sangre se me subió a la cabeza.

Entonces, exploté.

—Eres... de lo peor. —Puse ambas manos alrededor de su cuello, apretándolo con todas mis fuerzas.

Él se quejó que lo soltara y yo le dije que me soltara primero, pues sus dedos se clavaban en mis brazos y dolía. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.

—Es inútil, Sue. No puedes hacerme daño porque tengo mil maneras de inmovilizarte. No pretendo lastimarte.

Reí, histérica.

—Ya lo hiciste y demasiado, no vengas a hacerte el bondadoso después de todo lo que has dicho. —Mis uñas se hincaban en su cuello, dejando pequeñas marcas. Quizá podía apartarme de un solo golpe y sin embargo no lo hacía, como si se estuviera conteniendo.

—¡Quítame las uñas de encima!

—¡No hasta que estés muerto! Es lo que te mereces.

Me condujo caminando hacia la cama, Stephan me empujó y caí sobre el colchón. Forcejeamos, sus manos intentaban quitarme la ropa.

The End Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora