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[Asvini]

La noche envolvía el arrecife, pero el agua no estaba oscura. Desde la orilla, luces tenues danzaban bajo las olas, como si Eywa estuviera respirando suavemente a través del mar. Caminamos bordeando el arrecife en silencio. Él iba adelante, aunque a veces volteaba ligeramente para asegurarse de que no me perdiera. Y yo... solo caminaba detrás de él, sin pensar demasiado. Tal vez porque quería ver a dónde íbamos, o tal vez porque solo quería estar ahí. Llegamos donde estaban los tsurak y los ilu.

Nadamos en silencio, alejándonos poco a poco del pueblo. La corriente era suave, y la luz de las criaturas marinas nos marcaba el camino. Al fondo vi un tsurak esperándonos. Me volteé para mirarlo con desconfianza, pero Ao'nung solo sonrió.

—Acompáñame —dijo Ao'nung en voz baja desde la entrada, casi como si no quisiera que nadie más lo escuchara.

Me detuve en seco.

—¿A dónde?

—Confía en mí —me dijo, mientras montaba el tsurak. —estoy empezando a montarlo no soy el mejor pero no pasara nada malo —Dudé un segundo, luego lo seguí.

Nos sujetamos bien y el tsurak se lanzó al agua como una flecha. El paisaje bajo el mar era cada vez más hermoso... imposible. Árboles de coral flotaban suspendidos, peces con colores imposibles nos acompañaban, y burbujas grandes rebotaban en nuestras mejillas. El trayecto era largo, pero no incómodo. Estaba acostumbrada a montar a Evu, pero esto era diferente: más fluido, más... sereno.

Después de un rato, Ao'nung me miró por encima del hombro. Lo reconocí de inmediato, cala de los ancestros, el hogar del árbol de las almas. Lo detuve. Sabía que era prohibido entrar si no eras parte del clan.

—¿Estás loco? —le susurré, mirando alrededor—. No tengo permitido ir.

—Ya lo sé —contestó él, acercándose hasta que casi podía escuchar el ritmo de su respiración—. Pero sé que lo necesitas. Lo vi en tu cara hoy.

Bajé la mirada, sintiendo cómo las palabras se hundían lentamente.

—Si el clan no puede aceptarte todavía —añadió—, entonces yo me voy a encargar de que lo hagan. Eywa ya te aceptó. El resto... el resto es asunto mío.

Mi corazón dio un vuelco. No supe qué decir. Solo asentí, tragando saliva, y me zambullí tras él.

Al acercarme lo pude ver. El árbol de las almas Melkayina . Sus ramas largas ondeaban con la corriente, como si nos estuviera esperando. Toda la cueva parecía latir.

Extendí mi trenza. Estaba temblando. Cerré los ojos.

Tsaheylu.

Y el mundo desapareció.

Éramos seis. Teníamos tan solo cinco años.

Estábamos en lo alto de la montaña de Hallelujah, frente a nuestros ikran. Todos ellos salvajes, esperando. El cielo rugía.

Angus se lanzó primero, como siempre. Peleó, gritó, y luego lo montó. Después fue Raimi, como si lo estuviera siguiendo por inercia. Athena cayó al suelo y se levantó con furia, volviendo a intentarlo. Mireillen fue derribado dos veces, pero nunca se rindió. Manayu lo domó con un susurro. Y yo...

Yo me acerqué con calma. El ikran me gruñó fuerte, tan fuerte que todos se detuvieron a ver. Caminé sin miedo, lo miré a los ojos. Esperé. Y cuando se lanzó, lo enfrenté. Fue una lucha feroz. Me arañó el brazo, me tumbó, pero logré agarrar su cuello con ambas manos.

—"Te veo..." —le susurré mientras hacía tsaheylu.

Y volamos. Los seis volamos juntos. Todo se sentía tan real como si estuviera viviendo este momento de nuevo. La risa de Mireillen a mi lado sonaba tan real.

Lost girlDonde viven las historias. Descúbrelo ahora