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[Asvini]

La primera semana después de la ceremonia se movió pesada, como si el tiempo caminara con los pies hundidos en el lodo.
No lloré. No hablé. No peleé.
Solo existí.

Sin mis adornos, sin mis colores, sin nada que dijera quién había sido, me sentía transparente. Y aunque nadie me mirara diferente, yo lo sentía todo. Las miradas, el silencio, la compasión escondida en los gestos que fingían ocupar otras cosas.

Manayu no dejó que Neteyam ni Ao'nung se acercaran. Cada vez que alguno intentaba hablarme, él se interponía sin decir palabra. Lo hacía por mí, lo sabía... pero también era una forma de recordarme lo mucho que había fallado.

Así que toda la semana me limitaba a las tareas básicas del clan. Trabajaba en silencio. Dormía poco. Comía lo necesario.
Y aun así... algo dentro de mí no estaba muerto. Solo quieto. Esperando.

Por eso, cuando amaneció ese día, lo supe antes de abrir los ojos.

Hoy empezaba la tìsyìm fa olo'eyä.

Una vibración distinta llenaba el aire, como si Eywa pasara sus dedos por las cuerdas del viento.
Me incorporé. Manayu ya estaba de pie, trenzándose el cabello con calma.

—¿Lo sientes? —preguntó sin voltearse.

Asentí.

No era emoción.
Era... destino.

El clan entero se movía con un ritmo diferente. Clanes de todas partes llegaban por mar y aire. El sonido de los ikran, las embarcaciones, los cantos de bienvenida, los colores nuevos mezclándose entre las chozas...

Por primera vez desde que llegué, Metkayina se sentía como el centro del mundo.

Ayudamos en la preparación del terreno para los clanes visitantes: plataformas, espacios de descanso, zonas de entrenamiento. Manayu y yo trabajamos juntos, sincronizados, sin hablar más de lo necesario.

A media tarde, mientras acomodábamos un estante de suministros, una presión extraña me apretó el pecho.
No dolor.
Algo... conocido.

Me detuve.
El viento giró sobre sí mismo, como si me llamara.

Volteé al cielo.

Manayu hizo lo mismo al mismo tiempo.

Fue un solo segundo.
Uno.

Y supimos.

Dos sombras descendían desde las nubes, veloces como flechas, brillando con el sol poniente en las alas extendidas.

No hacían falta nombres.
No hacía falta ver colores.
Los sentí.

—Manayu —susurré, aunque él ya corría.

Y yo también.

Los guerreros se apartaron cuando pasamos a toda velocidad por la playa.
Cuando las siluetas se hicieron más claras, mi corazón dejó de latir por un instante.

Raimi y Angus.

Eso fue todo.

Corrimos hasta que el aliento nos ardió en la garganta.
Y antes de que llegáramos, fueron Evu y Yuti quienes se lanzaron primero.
Nuestros ikranes se juntaron con los de Raimi y Angus , Nolu y Kirä, chillando de felicidad, chocaron contra los ikranes de nuestros hermanos, envolviéndose unos sobre otros, girando en círculos, oliéndose, saltando al aire.

Y luego, los cuatro subieron.
En espiral.
Hermanos de sangre y hermanos del cielo, entrelazando sus vuelos como si hubieran ensayado esa danza toda su vida.

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⏰ Última actualización: Dec 11, 2025 ⏰

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