La asquerosa mariposa del amor

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Era la sexta vez que Madame Pince los silenciaba. Si seguían así, los echaría de la biblioteca y los castigaría con una prohibición de meses sin poder retirar libros. Puede que a Dylan eso no le cambiará en nada, pero... ¡Rayos! ¡Amelie necesitaba la biblioteca como su propio oxígeno!

Cerró los ojos y contó hasta tres. Era difícil mantener la paciencia cuando él era tan testarudo y pedante.

-A ver Dylan, no es tan difícil, sólo te pido tres ingredientes de la poción de los muertos vivientes... ¡Lo hemos visto el año anterior!

El muchacho bufo, tozudo e ignorante como lo era de costumbre. Se enderezo en su asiento, inclinándose sobre el cuaderno para observarlo minuciosamente, muy de cerca.

¡Que no tenía razón, carajo!

Hacía, al menos, una semana que estaban estudiando las mismas y estúpidas pociones, ¡No era algo difícil! Se había propuesto a ayudarlo porque últimamente él se estaba portando muy bien con ella, y Amelie se había arriesgado a contarle sobre todos sus problemas, mientras Dylan colaboraba en brindarle sus comprensivos consejos.

Y pues, claro que él también le contaba sobre sus cosas...

-Este libro está mal -exclamó de repente, cerrando el manual de un fuerte golpe al saber que Amelie tenía la razón-. No puede ser que...

En cuanto levantó la cabeza para mirarla, se calló. Ella pudo notar que estaba mirando más allá de su rostro. La observaba sin ver, con una gran expresión de asombro; entonces, Amelie volteó su cabeza hacia atrás.

No había nada que pudiera atraerlo. Estaban los mismos alumnos de hace un momento, todos ensimismados en sus estudios. Sólo distinguió un único movimiento: dos pares de cabelleras negras que apenas logró ver, escabulléndose en una de las penúltimas estanterías.

-¿Qué...? -pero antes de que pudiera terminar, Dylan ya la estaba tirando de su muñeca, guiándola casi corriendo, hasta que llegaron sigilosamente a la última estantería, cuyo pasillo de encontraba totalmente desierto.

Estuvo a punto de abrir la boca, cuando Dylan la tapó rápidamente con la mano, empujándola sutilmente contra el estante. Por un segundo, Amelie creyó que el merodeador le robaría un beso, dado cada vez se acercaba aún más a ella... tanto, que sus respiraciones habían comenzado a mezclarse.

-Haz silencio -la soltó finalmente, para darle la espalda y adelantarse un par de pasos.

En vez de caminar, parecía que estuviera flotando. Era impresionante la manera por la que se esforzaba en no romper el silencio, temiendo hasta el simple hecho de apoyar toda la planta de su pie en el piso, como si fuera a creer que todo debajo de él se derrumbaría en un simple toque. Y, Amelie, aun no podía entender porque estaba tan preocupado en no hacer ruido, no era como si Madame Pince lo asustara.

Comenzó a seguirlo y entonces noto, mientras más se acercaban al extremo del pasillo, un par de murmullos. Del único lugar que podrían venir era del corredor que se encontraba al otro lado de la estantería que les bloqueaba la vista: lo que no pareció ser un obstáculo para Dylan. En cuanto Amelie se sitio a su lado, el muchacho separo dos libros entre sí, dejando un pequeño espacio de un centímetro, lo suficientemente grande para espiar a los alumnos del pasillo paralelo.

Los ojos verdes esmeraldas de Amelie distinguieron las dos cabelleras negras al instante.

Alice Longbottom estaba ensimismada en el piso de la biblioteca, tal vez incapaz de decir algo frente a Roxanne Weasley. La más pequeña estaba de espaldas a Amelie y Dylan de tal modo que los protegía, sin proponérselo, de los ojos azules de la hermana de Fred.

Amelie Moore y la maldición de los PotterDonde viven las historias. Descúbrelo ahora