Desde su trono, Zeus observaba en silencio. Hefesto, a su lado, fingía ajustar su martillo, demasiado consciente del temperamento volcánico de Hestia como para intervenir. Esa noche, la diosa del hogar no era fuego suave: era erupción.
Frente a ella, tres diosas arrodilladas con chichones visibles bajaban la mirada. La humillación flotaba en el aire como incienso quemado.
—Al parecer se les olvida que son diosas —tronó Hestia, su voz cortando el mármol del Olimpo como un látigo—. No simples figuras adoradas, sino entidades con estatus, con dignidad. Y sin embargo, aquí están, peleando como si fueran ninfas hormonales. Me esperaba esto de Hebe... pero tú, Artemisa...
La mirada de Hestia se clavó como una daga en la cazadora lunar.
—Pero tía Hestia, yo... —intentó replicar Artemisa.
PLAST. Otro golpe seco la silenció.
—No te di permiso para hablar, señorita —dijo Hestia con una calma que helaba más que el grito—. Ya que ninguna parece querer comportarse como civilizadas, enfrentaré el elefante en la habitación.
Se giró hacia el trono.
—¡Zeus!
El dios tragó saliva.
—¿Sí, hermanita?
—Llama a Afrodita y a Atenea. Que estén aquí lo más rápido posible. Y tú, Hefesto... no te muevas.
—¡Sí, señora! —gritaron ambos al unísono, como soldados ante una general implacable.
⏳ Minutos después...
Afrodita llegó primero. Su aura, antes perfumada y sensual, ahora era tranquila, casi hogareña. Atenea apareció detrás, bostezando, con un pantalón de pijama, una chaqueta de Charizard y un peluche de rinoceronte bajo el brazo. Sus ojeras parecían haber sido pintadas por Caravaggio.
—Bosteza ¿Para qué nos necesitas, tía Hestia? Estaba descansando de ver One Piece —murmuró Atenea.
—¿En serio? Ya es la vez número 101 que ves ese anime de principio a fin —cuestionó Hestia, masajeándose las sienes.
—Tú ves Naruto, así que no me juzgues.
—¡Basta! No las llamé para discutir sobre anime. Las llamé porque estas señoritas —señaló a Artemisa, Bastet y Hela— están listas para matarse por Hefesto. Según Artemisa, él le pertenece... como si fuera un jarrón griego.
Afrodita y Atenea parpadearon tres veces antes de girarse. Artemisa estaba roja como Marte, Bastet hacía un puchero felino, y Hela la miraba con dagas en los ojos. Hefesto, en su trono, desviaba la mirada. Sabía que el primer culpable sería él.
—Ahora, Afrodita —ordenó Hestia con tono firme—. Usa tu poder para saber si lo que sienten estas tres es amor verdadero... o solo obsesión. Y Atenea, necesito que controles a Artemisa. No quiero que Apolo venga a llorarme porque su hermanita está castigada.
—Está bien, Hestia —respondió Afrodita con serenidad.
—Como tú digas, tía —murmuró Atenea, invocando su lanza y escudo con un bostezo apenas disimulado.
Afrodita se acercó a las tres diosas. Bastet fruncía el ceño con dignidad felina, Hela mantenía su mirada como cuchillas, y Artemisa... bueno, Artemisa parecía una mezcla de vergüenza y furia contenida. Afrodita, sin inmutarse, les devolvió una mirada tranquila, casi vacía, como si ya supiera lo que iba a encontrar.
Un aura blanca comenzó a rodearla. Era cálida, envolvente, pero también penetrante. Como una melodía que se cuela en el alma sin pedir permiso. El aura se extendió hacia las tres diosas, filtrándose en sus cuerpos... pero sobre todo, en sus corazones.
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DESPUÉS DE LA TORMENTA VIENE LA CALMA
FanfictionNo nació siendo hermoso como el resto , no fue bendecido por su padres y tuvo que ganar su lugar , el se esforzó para llegar hasta el Olimpo y se arrepiente todos los días de aquella decisión, pero lo que no sabe es que su tormento al fin había term...
