Ares permanecía sentado en las escaleras de su templo, con la mirada perdida en el cielo estrellado. Sus ojos, acostumbrados a la furia y al estruendo de la batalla, reflejaban ahora una calma extraña, casi ajena a su propia naturaleza. El silencio nocturno lo envolvía, y por primera vez en siglos, parecía en paz.
Giró el rostro hacia sus aposentos. Allí, sobre un pedestal, descansaba su antigua armadura: marcada por cortes, abolladuras y cicatrices de guerras sin sentido. Encima de ella, su lanza reposaba cubierta de polvo, como si el tiempo mismo hubiera decidido condenarla al olvido. Se levantó lentamente y caminó hasta el soporte. El metal devolvió un reflejo distorsionado de su rostro, y al rozar con los dedos el filo del arma, un eco metálico vibró en la sala, recordándole cada grito, cada sangre derramada.
—¿Extrañas ser el dios de la guerra, Ares? —preguntó una voz femenina.
El dios se giró. Del cielo descendía Truhd, con alas resplandecientes y una silueta bañada por la luz de la luna. Su presencia era serena, casi incorruptible. Ares no respondió de inmediato; sus ojos seguían fijos en la lanza, en ese símbolo de poder que había sido también su condena. Recordó que no siempre había atravesado enemigos: muchas veces había desgarrado la carne de inocentes.
Finalmente, habló con voz grave, cargada de arrepentimiento:
—No... lo que yo hacía no era ser un dios de la guerra. Era un asesino cruel y despiadado, intentando llenar un vacío con luchas y sangre. No era un dios... era un monstruo.
Se apartó de la armadura, como si cada paso lo liberara de un peso antiguo, aunque la sombra de su pasado aún lo siguiera.
Truhd se acercó con pasos lentos, como si temiera romper la frágil calma que envolvía al dios. Sin decir palabra, lo rodeó por la espalda y lo abrazó. Ares, que tantas veces había rechazado el contacto humano, se dejó hundir en ese calor mundano, un afecto al que poco a poco comenzaba a acostumbrarse. La valquiria apoyó su rostro en su hombro y sus manos rodearon la cintura marcada por cicatrices de guerra.
—No eres un monstruo, Ares... —susurró con voz firme pero dulce— porque un verdadero monstruo jamás lloraría por los crímenes que cometió.
Se colocó frente a él, mirándolo con una serenidad que parecía atravesar las murallas de su alma. Las lágrimas brotaron de los ojos cansados del dios, pero en ellas había gratitud. El peso que durante siglos había cargado sobre sus hombros se desmoronaba, como una armadura oxidada que finalmente se desprendía. Lo que emergía no era el dios cruel ni el asesino despiadado, sino un ser que anhelaba lo que siempre le había sido negado: amor, comprensión, ternura.
Sin previo aviso, Ares tomó el rostro de Truhd entre sus manos endurecidas y la besó. Fue un gesto breve, sincero, nacido de lo más profundo de su corazón. Truhd respondió con la misma intensidad, devolviendo el fuego que él nunca se había permitido sentir.
Ambos conocían el campo de batalla, pero mientras la valquiria había aprendido a equilibrar la guerra con la vida, Ares jamás se había permitido sentir más allá de la furia. Ahora, en ese instante, comprendió lo que durante siglos se había preguntado en silencio:
¿Alguna vez dejaría de ser un monstruo y aprendería a amar de verdad?
La respuesta se reveló en el calor de aquel beso, en la ternura compartida bajo la luna: sí. Podía dejar atrás al monstruo y convertirse, al fin, en un verdadero dios.
De pronto, las enormes puertas del templo se abrieron de golpe. Zeus apareció brincando de alegría, con los brazos cargados de planos y trajes de gala que casi se le caían al suelo.
—¡Ares! ¡Tu hermano se va a casar! —exclamó con voz estruendosa—. ¡Mi plan funcionó, jajaja! Ahora necesito tu ayuda porque serás el padrino y... oh, lo siento, no debí interrumpir. Sigan en lo suyo, jeje. Ah, por cierto, hijo, recuerda que antes del coito siempre es mejor darse una ducha.
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DESPUÉS DE LA TORMENTA VIENE LA CALMA
FanfictionNo nació siendo hermoso como el resto , no fue bendecido por su padres y tuvo que ganar su lugar , el se esforzó para llegar hasta el Olimpo y se arrepiente todos los días de aquella decisión, pero lo que no sabe es que su tormento al fin había term...
