Hefesto no supo qué decir ante las palabras de Artemisa. ¿Todo este tiempo... ella solo se había dejado llevar por lo que veía? ¿Se sentía traicionado? No. Era algo distinto, más profundo, más doloroso. Sabía que había cometido errores, demasiados, pero había intentado ser mejor. Y ahora ella decía que siempre lo amó. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar.
Zeus observó a su hijo e intentó poner una mano sobre su hombro, pero Hefesto se apartó. El silencio cayó sobre todos los presentes. Hestia suspiró con cansancio y pesar; luego miró a Artemisa, quien empezaba a derramar unas cuantas lágrimas. Las cuerdas que la retenían se deshicieron como humo. La diosa de la caza abrió los ojos sorprendida al ver a su tía frente a ella.
—No vuelvas a equivocarte, Artemisa... o lo perderás definitivamente —advirtió Hestia con una voz firme, sin necesidad de elevarla.
Artemisa no dudó. Corrió tras Hefesto, pero antes abrazó a su tía con gratitud por haber intervenido. Mientras tanto, la diosa del hogar caminó hacia Bastet y Hela, quienes no parecían nada contentas.
—Escuchen, chicas —dijo Hestia con una sonrisa tranquila—. Sé que no les gusta compartir, y menos al dios que les hace cantar las mañanitas... pero espero que sean maduras y lleguen a un acuerdo. Porque si no lo hacen, les aseguro que alguien más podría quitarles al dios de la forja. Ténganlo en mente.
Las dos diosas se miraron entre sí y, sin decir palabra, asintieron. Luego salieron corriendo detrás de Artemisa, decididas a hablar con Hefesto y resolverlo de una vez por todas.
Atenea caminó junto a su tía, sorbiendo un smoothie de chocolate que nadie sabía de dónde había sacado.
—¿Crees que serán lo suficientemente maduras? —preguntó la diosa de la sabiduría.
—Pues maduras ya son... tienen siglos encima —rió Hestia, dándole un golpecito con el codo.
—Ese chiste lo esperaba más de padre, la verdad —respondió Atenea con expresión de póker.
—Jeje... bueno —Hestia bajó la voz, mirando de reojo a Afrodita—. Yo pienso que, si hablan con calma, pueden solucionarlo. Además... si lo pierden ahora, no lo recuperarán jamás.
Hefesto caminaba por el suelo de mármol blanco, alejándose de la sala de los Olímpicos. Sus pasos eran pesados, tensos, casi torpes para un dios tan acostumbrado a la precisión. Escuchó entonces unas pisadas apresuradas detrás de él. Al girar y ver que era Artemisa, aceleró el paso... pero la diosa lo alcanzó y tomó su mano. Sus dedos temblaban. Las lágrimas caían por sus mejillas, y en sus ojos había un ruego silencioso: no te vayas.
—¿Qué quieres, Artemisa? ¿Qué quieres de mí? —preguntó sin rodeos, sin suavidad, sin escudo.
—Hefesto... yo... —intentó hablar ella, pero las palabras se le quebraron en la garganta.
—Escucha —interrumpió él, con la voz baja pero firme—. No sé por qué quieres esto. No sé por qué dices que siempre me amaste. Pero si no puedes decirme la verdad... entonces lo mejor es que no volvamos a hablar.
Se soltó de su agarre.
—¡Espera! ¡Por favor, Hefesto, solo escúchame! —gritó Artemisa, abrazándolo por la espalda, aferrándose como si su vida dependiera de ello.
Hela y Bastet los alcanzaron en ese momento. Ambas se detuvieron al ver la escena. Las dos sabían que Hestia tenía razón: debían dejar todo claro. Ninguna quería que el herrero que había calentado sus corazones con el fuego de su bondad se apagara para siempre.
Artemisa respiró hondo, temblando, pero con una determinación feroz encendiéndose en su pecho.
—Sé que no tengo derecho —dijo con la voz rota—. Sé que debí habértelo dicho antes. Sé que hice cosas que no demostraron lo que siento por ti. Pero mi corazón... mi corazón solo late por ti. Solo se sobresalta con tu voz. Mi piel se estremece bajo tu toque. Mi mente no puede dejar de pensarte.
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DESPUÉS DE LA TORMENTA VIENE LA CALMA
FanfictionNo nació siendo hermoso como el resto , no fue bendecido por su padres y tuvo que ganar su lugar , el se esforzó para llegar hasta el Olimpo y se arrepiente todos los días de aquella decisión, pero lo que no sabe es que su tormento al fin había term...
