CAP 11

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Hefesto jadeaba, su cuerpo empapado en sudor, mientras que detrás de él, Zeus estaba aún más sofocado, con el rostro desencajado por el miedo. Ambos dioses contemplaban, con el aliento suspendido, cómo Bastet mutaba lentamente, su figura estilizada transformándose en la de una imponente pantera negra. A su lado, Hela convocaba llamas esmeraldas que danzaban en el aire, su rostro deformándose en una mueca oscura. Artemisa, con los ojos clavados en sus adversarias, tensaba su arco con precisión letal, dos flechas listas para partir el aire en cualquier instante. Las tres estaban al borde del caos, a punto de desatar su furia y destruirse entre sí. Pero... ¿cómo había llegado todo a este punto?

HACE UNA 1 HORA 

Bastet se encontraba en sus aposentos, absorta en la lectura de un libro de cocina que su madre le había obsequiado. Quería sorprender a su prometido con un dulce regalo y, si todo salía bien, disfrutar juntos de un paseo por los jardines de Hera, quien parecía haber aceptado su compromiso. Isis, siempre atenta, le ayudaba a preparar cada detalle para que el día fuera perfecto. Incluso había conseguido que Ra colaborara con las flores, aunque el dios del sol lo odiaba con toda su esencia. No fue hasta que Anubis, ansioso por ver la boda, lo convenció —o más bien lo amenazó— que accedió a participar.

—Creo que haré pastel de chocolate con cubierta de fresas. Hefy me dijo que le encantan, sobre todo en postres... ¿o debería preguntarle a su tía Hestia? ¡Es demasiado complicado para mí! —exclamó Bastet, con el ceño fruncido y una pizca de estrés en su voz.

Pero entonces, un buitre apareció de la nada, dejando caer un papiro entre sus manos antes de desvanecerse en el aire. Bastet, intrigada, desplegó el pergamino y comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las palabras, su poder divino se filtraba lentamente, manifestándose sin control. Ra, alarmado, entró apresurado en la habitación, pero apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ser lanzado por los aires. Desde su inesperado vuelo, observó cómo la diosa salía disparada hacia las puertas que conectaban con el reino griego.

AL MISMO TIEMPO 

Hela estaba junto a su padre en una gran sala, rodeada por la majestuosidad de Asgard, mientras la costurera personal del dios de las mentiras tomaba las medidas de su vestido de bodas. No podía contener la emoción: desde la mañana no había dejado de sonreír, envuelta en la ilusión de aquel día que se acercaba. Pero, cuando finalmente se permitió un breve descanso en un pequeño banquillo, una valquiria emergió de entre las sombras, con un sobre blanco en sus manos.

Con curiosidad, Hela lo tomó y deslizó los dedos por la fina textura del papiro antes de abrirlo. Sin embargo, apenas sus ojos recorrieron las palabras escritas en su interior, su alegría se desmoronó. La furia irrumpió en su pecho como una tormenta desatada, arrasando con todo vestigio de felicidad. Su sonrisa se evaporó, reemplazada por una mueca monstruosa que deformó su hermoso rostro.

Sin vacilar, se levantó con un ímpetu feroz y, sin mirar atrás, cruzó la sala con pasos decididos. En un parpadeo, había abandonado la estancia y se dirigía hacia el panteón olímpico con un único propósito en mente: destruir a la diosa de la caza.

EN EL PANTEON OLIMPICO 

Artemisa se plantó frente a su padre, su expresión firme y decidida, mientras Zeus, paralizado por la incredulidad, parecía al borde de un infarto. Una de sus hijas —y no cualquiera, sino una de sus hijas vírgenes— acababa de confesarle sin titubeos que había robado la esencia de Hefesto con ayuda de Dionisio. No solo eso, sino que planeaba crear a su hija uniendo su propia esencia con la del dios herrero, y como consecuencia, él tendría que casarse con ella.

Hefesto, que había estado presente unos minutos antes, sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Ahora entendía por qué se había sentido extraño desde la mañana, por qué había encontrado una tela de Artemisa cerca de su cama. Todo encajaba... de la peor manera posible. Los dioses, aun procesando semejante revelación, se preparaban para interrogarla, cuando de repente, las puertas del gran salón se abrieron de golpe.

Hela y Bastet irrumpieron furiosas, su presencia tan imponente que hasta el aire pareció volverse más pesado. Hefesto y Zeus, sin pensarlo, empezaron a retroceder poco a poco, sus instintos avisándoles del peligro inminente. Mientras tanto, las tres diosas se enfrentaban con miradas ardientes, como si el choque de sus voluntades fuera el presagio de una tormenta devastadora.

ACTUALIDAD 

—¡Maldita cazadora! ¿Cómo te atreves a robarme a mi prometido? —rugió Bastet, su voz teñida de furia mientras su cuerpo temblaba de ira.

—¡Eres una desvergonzada! Aunque, ¿qué más se puede esperar de una manipuladora y mentirosa? ¡Solo buscas tu propio beneficio! —exclamó Hela, avivando sus llamas esmeralda, que crepitaban con un poder amenazante.

—¡Ustedes apenas conocieron a Hefesto hace unos años! Yo he estado con él desde hace mucho tiempo. Lo conozco, lo he protegido, y no permitiré que me lo arrebaten. ¡Él es mío! —gritó Artemisa, tensando aún más su arco, sus ojos ardiendo con determinación.

Las palabras se convirtieron en cuchillas invisibles, la tensión creciendo hasta el punto de quebrarse. Y justo cuando las diosas estaban a punto de lanzarse unas contra otras, una llamarada de fuego verde irrumpió entre ellas, separándolas de golpe. Antes de que pudieran reaccionar, una sandalia salió disparada por el aire, golpeándolas en la cabeza al mismo tiempo, dejándolas aturdidas en el suelo.

En el centro de la sala, Hestia se mantenía firme, su sandalia regresando a su mano como un boomerang. Con una mirada severa, observó a las tres diosas tendidas en el suelo, su expresión serena pero implacable.

—Ya basta. —Su voz era tranquila, pero su autoridad era incuestionable.

Continuara......

DESPUÉS DE LA TORMENTA VIENE LA CALMAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora