Capítulo 49 - Entre líneas blancas

9 0 0
                                        


Mateo
El hospital siempre me había parecido un lugar insoportablemente ruidoso, incluso cuando todo estaba en silencio. Luces blancas. Pasillos interminables. El olor a desinfectante pegándose a la piel como si quisiera borrar cualquier rastro de lo que uno fue antes de entrar.

La camilla se perdió tras una puerta, y por primera vez desde el río mis brazos quedaron vacíos.

Eso fue peor de lo que esperaba.

Me quedé ahí, de pie, con las manos aún en la misma posición, como si mi cuerpo no hubiera entendido que ya no la sostenía. El frío me golpeó de golpe, subiéndome por los dedos, metiéndose en el pecho.

Joshua se colocó a mi lado sin decir nada. No hacía falta. Su presencia era firme, anclada, como si supiera que si me hablaba demasiado pronto iba a romper algo dentro de mí.

Los segundos pasaban lento. Demasiado lento.

Escuchaba pasos, voces bajas, el pitido lejano de máquinas que no podía ver. Todo se mezclaba con el recuerdo del peso de su cuerpo contra el mío, con la sensación de su respiración irregular, con el miedo constante de que dejara de hacerlo.

Me pasé una mano por el rostro, intentando ordenar mis pensamientos. No funcionó.

-¿Está...? -empecé a decir, pero la pregunta murió antes de terminar de formarse.

Joshua negó despacio, no como respuesta, sino como advertencia silenciosa.

-Todavía la están evaluando -dijo al fin-. Llegamos a tiempo. Eso es lo que importa ahora.

Asentí, aunque la palabra tiempo me golpeó con fuerza. El tiempo siempre había sido nuestro enemigo.

Me senté en una de las sillas contra la pared. El respaldo estaba frío, rígido, incómodo. Perfecto reflejo de cómo me sentía por dentro. Incliné el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, mirando al suelo como si ahí fuera a encontrar alguna respuesta.

-Creí que... -murmuré sin mirarlo-. Creí que ya había aprendido a vivir con su ausencia.

Joshua no respondió de inmediato. Sabía que no hablaba realmente con él.

-Hay cosas con las que uno no aprende a vivir -dijo finalmente-. Solo aprende a sobrevivirles.

Cerré los ojos con fuerza.

La imagen del río volvió sin pedir permiso. El sonido del agua. El vacío. La certeza de que algo se había ido para siempre. Y ahora estaba aquí, en una camilla, detrás de una puerta, respirando... pero tan lejos como nunca.

Un médico salió del área de urgencias. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me puse de pie de golpe.

-¿Cómo está? -pregunté, mi voz sonando más áspera de lo que pretendía.

El hombre me miró unos segundos, evaluándome, como si decidiera cuánta verdad podía soltar sin hacer daño.
-Está estable Mateo -dijo-. Llegó con signos de agotamiento extremo, deshidratación y un golpe fuerte. Nada que no podamos manejar, pero necesita quedarse en observación.

El aire regresó a mis pulmones de golpe. No me había dado cuenta de que lo estaba conteniendo.

-¿Puedo verla?

El médico dudó apenas.
-Unos minutos. Todavía está inconsciente.

Asentí
No necesitaba más.

Entré a la habitación despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla. Estaba recostada, conectada a monitores, con una manta cubriéndole el cuerpo. Su rostro se veía más pálido bajo la luz artificial, más pequeño, más vulnerable.

Me acerqué a la cama con pasos medidos.

Ahí, quieta, parecía aún más frágil que en el bosque.

Tomé la silla junto a la cama y me senté. No la toqué. No todavía. Mis manos temblaban lo suficiente como para saber que no era buena idea.

-Estás a salvo -susurré, sin saber si podía oírme-. Nadie te va a hacer daño aquí.

El monitor marcaba un ritmo constante. Cada pitido era una confirmación de que seguía ahí. De que no se había ido otra vez.

La observé respirar, subir y bajar el pecho lentamente. Era real. Estaba ocurriendo. Y aun así, una parte de mí esperaba despertar en cualquier momento.

Joshua se quedó en la puerta, dándonos espacio. Le agradecí en silencio.

-No sé qué se supone que haga ahora -admití en voz baja-. No sé quién eres para mí... ni quién soy yo para ti.
Me incliné un poco más hacia adelante.
-Pero esta vez no voy a irme.
No importaba si no recordaba. No importaba si me miraba como a un extraño. Yo me quedaría. Haría lo que fuera necesario.

Porque perderla una vez había sido una herida.

Perderla dos... eso no lo sobreviviría.
Y mientras la noche caía afuera del hospital, con el río quedando lejos pero nunca lo suficiente, supe que el pasado no había terminado de cobrarse lo suyo.

Solo estaba esperando el momento adecuado.

Mi Mate ¿La Omega? [Editando]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora