Pasado.
—Eros…
El omega caminaba con rapidez por el corredor de piedra, sus pasos resonando contra el mármol oscuro del edificio del Consejo. Las antorchas encendidas a los costados proyectaban sombras largas que parecían perseguirlo. Su respiración era irregular, contenida, como si cualquier exhalación demasiado fuerte pudiera romper la frágil compostura que intentaba sostener.
Sus ojos estaban oscurecidos por la rabia. No era una rabia explosiva, sino una contenida, espesa, que se acumulaba en su pecho y le ardía en la garganta.
Se detuvo de golpe.
—¡Eros!—La voz lo alcanzó como un zarpazo.
Lenta, peligrosamente lento, el omega giró sobre sus talones.
—¿¡Qué!? ¿¡Qué carajo quieres, Rhodes!? — Su voz cortó el aire.
Estaba harto. Harto de las juntas, de los discursos diplomáticos. Harto de ese alfa que se negaba a aceptar que lo que fueron y buscaba como excusa para abrir fronteras.
Rhodes estaba a unos metros, el uniforme oscuro marcando la amplitud de sus hombros. El emblema de su manada brillaba en el pecho como una declaración de poder. Pero sus ojos… sus ojos no eran de ese tigre líder en ese instante. Eran los de un hombre que había perdido algo irrecuperable.
—Solo… solo quiero hablar, Eros.
El omega soltó una risa amarga.
—No. Siempre que nos encontramos en una junta, siempre quieres hablar. Siempre buscas un momento a solas. Estoy harto de esto. —Su voz se quebró apenas un segundo antes de endurecerse otra vez—. Entiende que jamás será igual. No podemos hablar como hablabamos hace años atrás. Ya no soy un niño.
Rhodes dio un paso al frente.
Eros retrocedió instintivamente.
Pero el alfa fue más rápido.
Sus dedos rodearon la muñeca del omega.
El contacto fue eléctrico. Doloroso.
Eros sintió cómo sus pupilas se dilataban de inmediato. El cuerpo reaccionó antes que la mente, recordando caricias que ahora eran traición. Eros no lo amaba, jamás lo amó no alcanzó a amar a Rhodes, pero amaba a alguien y era a su esposo.
A Zachary.
—Suéltame. —La orden fue baja, mortal. El omega estaba embarazado, pero el se podía defender.
Rhodes no lo hizo.
El agarre se tensó.
—Eros, escúchame— El omega se soltó con brusquedad, pero el alfa atrapó ambos brazos esta vez. El movimiento fue instintivo, dominante.
El omega forcejeó.
—¡Déjame!— Su espalda chocó contra el muro frío. La piedra se clavó en su piel a través de la tela.
Se sentía ahogado.
No por la fuerza del alfa, sino por todo lo que representaba. Estaba cansado, sentía que no podía escapar jamás del pasado que tuvo.
Necesitaba a su esposo.
Quería a su esposo.
No a este hombre.
Sus ojos se alzaron hacia el techo alto, como si pudiera encontrar aire entre las vigas.
—Por favor —susurró, pero no a Rhodes.
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Wolf growl [2]
Random¿Hasta donde llegaríamos juntos? ©Prohibida copia. Segunda parte de Tiger Roar.
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