Constan apretó su laptop contra el pecho mientras avanzaba por los largos pasillos de la escuela. El murmullo de voces a sus espaldas era constante, como un enjambre de abejas que no dejaba de seguirlo, y cada mirada que se clavaba en él parecía quemarle la piel. Bajó la vista hacia sus pies, intentando ignorar el calor en sus mejillas y el nudo de enojo que le apretaba el estómago.
Al llegar a su casillero, lo abrió con brusquedad y, casi instintivamente, escondió la cabeza dentro, como si el metal pudiera aislarlo de ese veneno en el aire. Respiró hondo, pero las voces cercanas se filtraron igual, cargadas de malicia disfrazada de curiosidad.
—¿Has visto al nuevo? —preguntó una voz femenina, burlona.
—¿Al hijo de la directora?
—Sí, a él. Dicen que apesta a Veylthorne.
—¿Al mariscal? ¿Ashton Veylthorne?
—Exactamente, a él —respondió otra, soltando una risita aguda que hizo tensar los hombros de Constan.
—Escuché que solo quiere meterse con ese omega porque es hijo de la directora. Ya sabes… para conseguir beneficios —continuó la primera, y Constan apretó los puños, aún con la cabeza escondida.
—¿Te imaginas cómo debe follar? —añadió la otra, bajando un poco la voz pero no lo suficiente—. Dicen que los lobos son expertos en el sexo.
—Qué envidia de Veylthorne… —la frase se arrastró como veneno—. Un omega lindo, con conexiones. Es guapo, atlético, un alfa y tigre de raza pura… ahora con un omega caliente y con poder.
—Los escucharon en la sala de castigo hace un par de días —remató la primera.
Las palabras cayeron como un balde de agua fría sobre Constan. Sus ojos se abrieron más. Solo había estado con Ashton desde ese día, pero siempre en su casa, nunca en la escuela. El rumor no solo era mentira, sino una invasión a su intimidad.
Gruñó, esta vez sin contenerse, y azotó la puerta del casillero con tal fuerza que el sonido resonó por el pasillo. Sacó la cabeza de golpe, haciendo que ambas omegas se sobresaltaran. Sus rostros cambiaron al instante: del descaro a un miedo visible al reconocer quién les hablaba.
—Así que… —su voz era baja, pero cargada de una furia fría que helaba— ¿les gusta hablar de la vida íntima de los demás?
Ellas retrocedieron un paso, y aunque Constan era un omega, era uno dominante, había algo en él que imponía. Era más alto que ambas, su postura era firme y sus ojos destilaban amenaza.
—S-solo… ¡solo repetimos lo que escuchamos! —se defendió una de ellas, nerviosa.
—Claro… rumores —murmuró él, con una sonrisa tensa y peligrosa—. El problema es que, por personas como ustedes, quien los escuche va a creer que son una verdad.
—Hueles a él… —soltó la otra, casi como un ataque desesperado—. Apestas a Ashton.
Constan ladeó la cabeza, su mirada centelleando de ira.
—¿Y acaso no puedo llevar encima el olor de mi destinado? —espetó, dando un paso hacia ellas, obligándolas a retroceder más.
El pasillo había quedado en un silencio incómodo. Algunos estudiantes miraban de reojo, fingiendo no escuchar, pero nadie se acercaba. El aire estaba denso, cargado de tensión.
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Ashton, en otra parte del campus, corría por la pista de entrenamiento. El sudor le resbalaba por la frente y la espalda, empapándole la camiseta, pero no bajaba el ritmo. La respiración pesada no era nada comparada con la necesidad de liberar energía.
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Wolf growl [2]
Acak¿Hasta donde llegaríamos juntos? ©Prohibida copia. Segunda parte de Tiger Roar.
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