Jensoo

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La oficina de Jisoo estaba justo al lado de la de Rosé, separadas solo por una pared delgada que no lograba amortiguar del todo los suspiros ni los silencios pesados que se filtraban de un lado al otro. Era una mañana gris, de esas en las que la luz entraba a cuentagotas por las persianas medio cerradas y el café sabía más a derrota que a consuelo.

Jisoo estaba sentada con la espalda recta, el uniforme impecable, el cabello negro recogido perfectamente. Frente a ella, sobre el escritorio, había un retrato hablado pegado con cinta adhesiva en el tablero de corcho. No era una foto, porque nadie había logrado capturar una imagen clara de la sospechosa. Solo dibujos. Tres víctimas habían sobrevivido - tres de las que se sabía - y las descripciones coincidían en lo esencial: una chica joven, hermosa de una forma casi irreal, con rasgos delicados, ojos felinos y dulces, labios suaves que parecían hechos para sonreír con inocencia. En el dibujo se veía tierna, vulnerable, como si en cualquier momento pudiera pedir ayuda en lugar de ser la que la necesitaba.

Jisoo tomó un sorbo de su café y no pudo evitar fruncir el ceño. Nadie imaginaría que detrás de esa carita de ángel había una mente capaz de cortar orejas y guardarlas en frascos de vidrio como si fueran trofeos de porcelana.

De reojo vio movimiento en la oficina contigua. Rosé entró arrastrando los pies, dejó caer la chaqueta sobre el respaldo de la silla y se sentó como si el peso del mundo le aplastara los hombros. Tenía ojeras profundas, el cabello rubio suelto y sin vida, la mirada perdida en algún punto del vacío.

Jisoo suspiró y se levantó. Golpeó suavemente el marco de la puerta abierta.

- Buenos días, Park.

Rosé levantó la vista apenas. Intentó sonreír, pero solo salió una mueca.

- Buenos días.

Jisoo entró sin pedir permiso y se apoyó en el borde del escritorio.

- Te ves hecha mierda, Rosé. Peor que la semana pasada. Y eso ya es decir mucho.

Rosé soltó una risa sin gracia.

- Gracias por el cumplido.

Jisoo cruzó los brazos.

- Mira... sé que no quieres hablar de ella, pero... ¿por qué lo hiciste? Si la amabas tanto, ¿por qué la entregaste?

Rosé se quedó callada un largo rato.

- Por idiota. - finalmente hablo. - Porque soy una idiota que pensó que el deber siempre gana. Que la ley es más importante que... que lo que sentía. Y ahora estoy pagando el precio.

Jisoo se acercó un poco más.

- Ve a verla. Habla con ella. Tal vez con el tiempo...

- Ya fui, - la cortó Rosé, la voz quebrándose un poco. - Y me odia. Me dijo que no quiere saber nada de mí. Que me odia tanto que duele... Y tiene razón.

Jisoo se quedó sin palabras por un segundo. Luego, en un gesto impulsivo, puso una mano en el hombro de su amiga.

- No te hundas más, Rosé. Ya no bebas sola todas las noches. Te estás matando poco a poco. Si necesitas hablar, o distraerte... ven a mi oficina. O mejor aún: ayúdame con este caso. Es complicado, pero te mantendrá la mente ocupada.

Rosé negó con la cabeza, despacio.

- No. Ahora mismo no tengo cabeza para un caso complicado. Ni para nada. Solo... quiero estar sola un rato.

Jisoo suspiró, apretándole el hombro antes de soltarla.

- Está bien. Pero no te quedes aquí hasta la medianoche otra vez. Ve a casa. Duerme... O al menos inténtalo.

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⏰ Última actualización: Apr 19 ⏰

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