Olivia.
El celular no paraba de vibrar, era un zumbido sordo dentro del bolsillo de mi campera Adidas. Miré la pantalla: *Mamá (5 llamadas perdidas)*. Después, un mensaje de texto de los viejos, en mayúsculas: "OLIVIA ABRIME LA PUERTA DE TU PIEZA YA".
Sentí un escalofrío, pero lo ignoré. Tomás me miraba fijo, analizando mi cara de pánico.
—¿Qué pasa, Oli? ¿Te vas? —preguntó con esa tonada pesada, inclinando la cabeza.
Miré a Tomás. Tenía esa sonrisa de pibe que no le teme a nada, los ojos achinados por el humo y una confianza que a mí me faltaba por completo. Miré hacia el fondo de la cocina: la música al palo, los pibes de la MDB riéndose, la libertad absoluta de hacer lo que se les cantara las ganas un martes a la noche sin rendirle cuentas a nadie.
Bloqueé el celular. Lo apagué por completo y lo metí en el fondo del bolsillo.
—No —dije, y mi propia voz me sorprendió por lo firme
—Olvidate del mundo, Oli. Estás con los Barderos. Acá no te va a pasar nada.
Las siguientes tres horas fueron un torbellino borroso. Tomás me llevó de acá para allá, presentándome como si fuera su trofeo o su mejor descubrimiento. Al principio me sentía re desubicada con mis calzas y mi campera deportiva entre chicas que vestían tops escotados y pibes con ropa gigante de marcas deportivas, pero a medida que el alcohol me empezó a pegar, todo me chupó un huevo.
—Tomá, probá esto —me dijo Tomás, pasándome un vaso con una mezcla turbia y dulce de fernet con una gaseosa barata que raspaba la garganta.
Tomé un trago largo. Estaba fuerte, pero me quemó el pecho y me anestesió los nervios. Tomás me sacó a bailar al medio de la sala, donde el calor humano y el olor a marihuana se mezclaban en el aire. No era el tipo de baile que hacía con mis amigas; esto era más pesado, más crudo. Tomás se movía con una cadencia pesada, pegado a mí, agarrándome de la cintura con sus manos. En un momento, la música bajó un cambio y empezó a sonar un rap lento. Tomás me arrinconó contra una de las paredes descascaradas de la casa. El volumen de la joda pareció desaparecer.
—Te queda bien el ambiente, cheta —me susurró al oído, con el aliento a alcohol y tabaco, haciéndome erizar la piel.
—Cállate, Tomás —le contesté, pero me reí, mirándolo a los ojos.
No tardamos mucho en besarnos. Fue un beso torpe, rápido al principio, y después espeso, con sabor a la mezcla del vaso. Sentir sus labios y su urgencia me hizo olvidar por completo que al día siguiente tenía un examen de literatura y que mi vieja probablemente estaba llamando a la policía. Me sentía viva, flotando en esa adrenalina de estar haciendo todo lo que tenía prohibido.
Más tarde, salimos al patio a "tomar aire". El frío de la madrugada me pegó en la cara, pero yo estaba encendida.
Tomás se sentó en un capó de un auto viejo y roto que tenían tirado ahí, y me estiró la mano para que me subiera con él. Nos quedamos colgados, mirando las estrellas que apenas se veían por el esmog, hablando de boludeces, mientras él me enseñaba los códigos de su barrio y se burlaba de mis expresiones.
Para cuando la joda empezó a apagarse y el cielo se puso de un tono grisáceo, el efecto del alcohol empezó a bajar, dejándome una pesadez horrible en el cuerpo y una certeza letal en la cabeza.
Eran las seis de la mañana de un miércoles. El sol estaba saliendo.
—Che... —Tomás me miró, con las ojeras marcadísimas y la voz rota—. Te tengo que devolver ¿no? Tu vieja te va a colgar de las pestañas, Oli.
—Ya estoy muerta, Tomás —dije, mirando mis zapatillas Adidas sucias de ceniza y tierra—. Así que ya no importa. Vamos.
Se bajó del capó, estirándose, y fue a buscar la moto de su amigo. Cuando arrancó el motor, el ruido me pareció el anuncio de mi propio funeral. Me subí detrás de él, apoyando la frente en su espalda fría por la campera. Ya no sentía la adrenalina de la noche; ahora venía el golpe de realidad.
Sabía perfectamente lo que me esperaba al cruzar la puerta de mi casa.
