10.

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Olivia.

Odiaba dar explicaciones. Odiaba dar lástima y, por sobre todas las cosas, odiaba que pensaran que en mi casa no se podía. Bloqueé las notificaciones y busqué a la única persona que sabía que no me iba a juzgar, pero que igual se encargaría de hacer el trabajo sucio por mí.

—Sara, por favor. Deciles vos que me bajé del crucero —le pedí, mientras caminábamos hacia el buffet en el recreo—. Deciles que a mi papá le surgió un viaje de negocios de último momento a Europa y que nos vamos todos juntos a pasar las fiestas allá. Inventá algo.

Sara me miró con sus ojos claros llenos de una mezcla de lástima y desconcierto. A ella los comentarios de mi mamá, las apariencias o el hecho de que mi familia viviera en un barrio lindo de gente trabajadora acomodada, de clase media alta, le chupaban un huevo. No le importaba el estatus.

—Oli, ¿por qué no les decís la verdad? Te mandaste una macana y te castigaron, listo. A cualquiera le pasa —me dijo, acomodándose la mochila.

—No, Sara, ni loca. No quiero que empiecen a sacar conjeturas de por qué mi viejo me corta el chorro. Haceme el favor, dale. Si lo decís vos en el almuerzo como al pasar, no me van a preguntar tanto a mí.

Sara suspiró, resignada, pero asintió. Sabía que cuando se me metía una idea en la cabeza era imposible sacármela.

El resto de la semana en la escuela fue un infierno de puntería visual. Mi único objetivo era evitar a Tomás. El colegio era grande, pero los pasillos parecían achicarse cada vez que su silueta de vago aparecía a lo lejos. Lo veía con su buzo gigante, arrastrando los pies con esa parsimonia de quien repitió de año y le importa todo un carajo, charlando con los pibes del fondo. Cada vez que intuía que venía en mi dirección, me metía al baño, doblaba hacia los laboratorios o me ponía a hablar con cualquiera para simular que estaba ocupadísima.

Pero el viernes el destino me jugó en contra. Me quedé guardando los mapas de geografía después de hora y, cuando salí al pasillo largo que daba a la salida, el lugar estaba desierto. Excepto por él. Estaba apoyado contra un banco, esperándome. Sabía perfectamente mis horarios. Intenté pasar de largo, mirando el piso, con la mandíbula apretada.

—¿Qué onda, cheta? ¿Ahora también me esquivás acá? —su voz resonó en el pasillo vacío, pesada y burlona.

—No tengo tiempo, Tomás. Permiso —dije, apurando el paso. Me agarró del brazo. No fuerte, pero lo suficiente como para frenarme en seco. Me solté de un tirón, mirándolo con toda la furia que tenía acumulada. —No me toques. Te dije el otro día que no te me acerques más. Por tu culpa tengo el peor verano de mi vida por delante.

Tomás se me quedó mirando fijo, y la sonrisita canchera que siempre tenía en la cara se le borró por completo. Los ojos se le pusieron oscuros, duros. Sentí que mi desprecio finalmente le había pegado donde le dolía.

—Ah, mirá vos. ¿Ahora la culpa es mía? —soltó una risa seca, resentida—. Nadie te obligó a quedarte en la joda, Olivia. Te quedaste para hacerte la loca, para demostrarme no sé qué cosa. Andás queriendo demostrar un montón y al final no sos nada. Y ahora que tus papis te cortaron la plata te agarra el ataque.

—No tienes idea de lo que hablás...

—Sí, tengo idea. Te saqué la ficha al toque —me interrumpió, dando un paso al frente, obligándome a mirarlo desde abajo—. Pensé que eras diferente, que tenías un poco de sangre. Pero sos igual de careta que todos los de tu clase. Querés demostrar una libertad que no tenés. Sos una nena de papá que se asusta cuando las cosas no salen perfectas. Te da vergüenza que te vean conmigo porque soy de barrio, pero bien que te gustó este negro. Sos pura cáscara, Olivia. Nada más.

Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en el pasillo, temblando de la rabia y con una humillación que me ardía en el pecho. Quise gritarle, decirle que era un vago, que no entendía nada de mi vida. Pero las palabras se me quedaron trabadas en la garganta.

Llegué a mi casa con los nervios destrozados y el estómago revuelto. El ambiente en la cocina estaba pesado. Mi mamá estaba sentada en la isla, tomando un té detox y anotando cosas en su agenda. Cuando me vio entrar, me barrió con esa mirada clínica que tanto odiaba.

—Hola, Olivia. Qué ojeras tenés, por Dios —dijo, sin levantar la voz, pero con ese tono filoso—. Y estás como más hinchada de cara. Cuidate con lo que comés este fin de semana, mirá que ya no tenés el gimnasio habilitado por el castigo de tu padre, y no quiero que te dejes estar. Bastante tenemos con tus malas notas como para que también te descuides físicamente.

Esos comentarios de mi mamá siempre me orillaban a lo mismo. Llevaba años señalando cada centímetro de mi cuerpo, controlando lo que entraba en mi plato, sembrando una inseguridad que se me había metido abajo de la piel.

No le contesté. Subí las escaleras corriendo, sintiendo que las paredes de la casa me aplastaban, que las palabras de Tomás y las críticas constantes de mi madre se mezclaban en un eco insoportable adentro de mi cabeza. "Careta. Pura cáscara. Estás más hinchada. No te descuides..."

Me metí al baño y trabé la puerta con llave. Me miré al espejo. Me vi enorme, deforme, sucia de toda la hipocresía que me rodeaba. Sentí esa opresión familiar en el pecho, ese monstruo que venía acompañándome cada vez que el mundo se me iba de las manos.

Me arrodillé frente al inodoro, me recogí el pelo con una mano temblorosa y me metí dos dedos en la garganta.

El dolor físico tapó el dolor de mi cabeza. Una, dos, tres veces, hasta que no quedó nada dentro de mí. Hasta que sentí que volvía a tener el control de algo, aunque fuera de mi propio cuerpo destruido. Me limpié la boca, tiré la cadena y me apoyé contra los azulejos fríos del baño, llorando en silencio.

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⏰ Última actualización: May 29 ⏰

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