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Narra Olivia

Cuando la moto frenó a una cuadra de mi casa, el ruido del escape me pareció el sonido más villero y desubicado del mundo en medio del silencio perfecto de las seis de la mañana de mi barrio. Me bajé sin mirarlo mucho, con el cuerpo pesado y la boca pastosa por ese fernet intomable.

—Suerte con tus viejos, cheta. Avisá si sobrevivís —me dijo desde la moto, con esa sonrisita de vago que no tiene nada que perder.

—Arrancá, Tomás, dale. No dejes que te vean acá —le contesté cortante, dándole la espalda.

Caminé rápido, cuidando que mis zapatillas Adidas no hicieran ruido en el asfalto limpio. Entré por la puerta trasera, subí las escaleras rezando y, cuando abrí la puerta de mi pieza, se me cayó el alma al piso.

Mi mamá estaba sentada en mi cama, cruzada de brazos, con mi cuarto completamente iluminado por la luz del sol que ya empezaba a asomar. No gritó, lo cual era peor. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa con olor a tabaco ajeno, en mi pelo revuelto y en mis ojeras.

—¿De dónde venís, Olivia? —preguntó, con una voz fría que pretendía ser decepcionada, pero que destilaba pura rabia —Te llamé toda la noche. Tu puerta estaba cerrada por dentro, pero logré abrirla con la llave de repuesto. No estabas.

A mi mamá no le tenía miedo. Sabía cómo manejarla; sus dramas siempre eran por el "qué dirán".

—Me fui a caminar, mamá.—mentí, sosteniéndole la mirada con soberbia, cruzándome de brazos—. Necesitaba aire.

—¿Toda la noche? No me mientas más. Estuviste con el chico ese de la plaza, ¿no? El vago ese —se levantó, acercándose a mí, buscándome el olor a porro que por suerte no tenía, aunque el de alcohol barato no lo pudo disimular nadie—. Sos una inconsciente. Te estás juntando con una lacra que te va a arruinar la vida. Pero a mí ya no me vas a tomar el pelo. Esto ya pasó tus límites y los míos. Ayer hablé con tu papá.

Ahí se me congeló la sangre. El piso se volvió a mover bajo mis pies, pero esta vez en serio. A mi mamá me la podía fumar, pero a mi papá no. Él no era como ella; mi papá no gritaba, no hacía escenas dramáticas. Mi papá ejecutaba. Era el que manejaba la plata, el que ponía las reglas de verdad en la casa y el que, con una sola mirada, te hacía sentir el ser más insignificante del planeta cuándo hacías algo mal.

—¿Qué le dijiste? —preguntó, y por primera vez en la conversación, la voz me tembló.

—Le dije lo de la plaza. Y ahora va a ver esto. Ya tomó una decisión, Olivia.

El veredicto llegó a la noche, durante la cena más incómoda de toda mi existencia. Mi papá cortaba el lomo en su plato con una precisión quirúrgica, sin mirarme. Mi mamá tomaba agua, manteniéndose al margen, como quien ya había hecho su parte del trabajo sucio.

Cuando terminó de comer, mi papá dejó los cubiertos alineados sobre el plato de porcelana, se limpió la boca con la servilleta de tela y me clavó esos ojos fríos que heredé de él.

—Tu madre me contó lo del parque, Olivia. Y por lo que veo en tu cara hoy, la noche de ayer tampoco la pasaste en tu cama —empezó, con ese tono pausado de las reuniones de directorio de su empresa—. Sos una chica inteligente, o al menos eso creía. Pero si decidís comportarte como alguien que no tiene aspiraciones, vas a tener que asumir las consecuencias de ese estilo de vida.

—Papá, fue solo una...

—No te di la palabra —me cortó, sin levantar la voz, pero con un peso que me obligó a cerrar la boca—. Ya pagué la seña del crucero por Brasil que ibas a hacer con tus amigas en el verano, que por cierto, me costó meses de trabajo duro conseguir eso, porque te lo merecías en su momento. Mañana mismo voy a cancelar tu lugar.

El corazón se me paró. —¡No, papá, pará! —salté, la soberbia se me desmoronó en un segundo—. ¡Es el viaje de vacaciones con las chicas! Lo planeamos hace un año. No me podés hacer esto por una pavada.

—No es una pavada. Es un límite —respondió, inmutable, levantándose de la mesa—. Te vas a quedar acá todo el verano. En Argentina. En Buenos Aires, con el calor, viendo cómo tus amigas pasean por Río de Janeiro desde la pantalla de tu celular. Quizás así, teniendo tres meses de encierro y aburrimiento, te acuerdes de quién sos y dejes de buscar basura en la calle. Estás castigada hasta que empiece el próximo ciclo lectivo. Sin reproches.

Se dio la vuelta y caminó hacia su estudio, dejándome ahí, masticando la peor de las derrotas.

Subí a mi pieza arrastrando los pies y me tiré en la cama. Saqué el celular y entré al grupo de WhatsApp de las chicas. Estaban mandando fotos de los bikinis que se habían comprado para el crucero, organizando qué noche se iban a producir más, hablando de los boliches de Brasil.
Sentí una opresión horrible en el pecho, una mezcla de envidia, angustia y una bronca que me quemaba por dentro. Iba a ser el peor verano de mi vida. Todo por culpa de Tomás. Por querer demostrarle a un pibe que no le llega ni a los talones a mi familia que yo podía "romper las reglas".

Qué estúpida había sido.

Escuché un ruidito en la ventana. Otra vez.
Me levanté furiosa, abrí la cortina de golpe y ahí estaba él, colgado de la reja inferior, con su campera gastada y esa cara de atorrante que ahora mismo me generaba un rechazo absoluto.

—¡¿Qué carajo hacés acá?! —le siseé, abriendo apenas una rendija de la ventana.

—Ey, tranquila, cheta. Te vine a ver, no contestabas los mensajes. ¿Qué onda? ¿Te pegaron mucho? —preguntó, divertido, totalmente ajeno a la gravedad de mi situación.
Lo miré desde arriba, sintiendo cómo el desprecio social que siempre le había tenido se potenciaba por la culpa. Él estaba feliz, libre, sin nada que perder porque su vida ya era un desastre. En cambio, yo lo había perdido todo.

—Por tu culpa me quedé sin vacaciones, Tomás —le dije, con la voz cargada de veneno, mirándolo con asco. —Me sacaron el crucero a Brasil. Me tengo que quedar acá encerrada todo el verano por ir a tu joda de mierda. Así que haceme un favor y borrate. No te quiero ver nunca más.

ultraviolence | c.r.oHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora