El peso de ser padre

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Disclaimer: Los personajes de Hazbin Refugio no me pertenecen a su creadora VivziePop, A24, Bento Box Entertainment y Amazon. Este fanfic lo hice solo y únicamente como diversión.

Personajes: Lucifer/Alastor

Aclaraciones y advertencia: esclavitud, violación, mención de violación infantil, tortura, muerte infantil, violencia típica del canon, modificación corporal por magia, los ángeles no son buenos, lactancia masculina, paloma muerta, Lucifer oscuro, Alastor bottom, y lo que se me ocurra.

Resumen:

Stolas comienza a notar el profundo desgaste emocional de Lucifer. Detrás de la serenidad del Rey del Infierno se oculta un padre consumido por la culpa y el miedo, incapaz de reconocer a la hija que tiene frente a él. En una conversación marcada por la honestidad y el afecto, Stolas deberá recordarle que amar también significa dejar que los hijos enfrenten las consecuencias de sus propias decisiones.

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El infierno es eterno

Capítulo 29.-El peso de ser padre

Loona cayó sobre su trasero con un golpe sordo contra la arena compactada del patio de entrenamiento. Sus pulmones ardían. Sus músculos temblaban. El calor del sol infernal se le había metido bajo la piel, y su boca permanecía abierta, la lengua colgando a un lado del hocico mientras jadeaba con rapidez, buscando esa regulación térmica que los hellhounds necesitaban como cualquier canino: ellos no sudaban, solo respiraban el calor hasta que dejaba de asfixiarlos.

Un corte fresco sobre la ceja izquierda le sangraba despacio, enmarañando el pelaje gris de su frente. No se molestó en limpiársela.

—Levántate —dijo Blitzø.

No había alzado la voz. No necesitaba hacerlo. Su tono, bajo y cortante como una hoja bien afilada, no admitía discusión.

Loona lo miró desde el suelo, con ojos que brillaban de frustración y agotamiento. Su padre estaba de pie a unos pasos, con los brazos cruzados sobre el pecho. La piel roja de su rostro no mostraba piedad. No la habría mostrado. Nunca la mostraba en este patio.

Era bajo, apenas le llegaba al pecho a la sabueso. Pero había algo en la forma en que se mantenía erguido, en la manera en que su cola se movía con precisión calculada detrás de él —un látigo carmesí que nunca se detenía del todo—, que lo hacía parecer más grande de lo que era. Sus cuernos negros, largos y curvados hacia atrás como los de un carnero, proyectaban sombras afiladas bajo el sol de la tarde.

Blitzø. El imp que había hecho lo que ningún diablillo logró en siglos: convertirse en la mano derecha de Azrael, el Jinete de la Muerte. El mismo que había liderado escuadrones de asesinos al servicio de la corona, el mismo que había matado ángeles con las manos vacías cuando se le acababan las armas.

Y el mismo que, meses después de encontrarla temblando entre la basura de un callejón, la había llevado a casa, la había limpiado, la había alimentado, y la había criado como si compartieran la misma sangre. El mismo que, al casarse con Stolas y adoptar formalmente a Octavia —cuando la pequeña búho aún era apenas un huevo con plumón—, nunca dejó que Loona dudara ni un segundo de que ella también era su hija.

Pero en el patio de entrenamiento, Blitzø no era padre. Era instructor. Y los instructores no tienen piedad.

—Llevas una hora cayendo en el mismo movimiento —continuó, acercándose con pasos lentos, casi felinos. Su lengua bífida salió brevemente, probando el aire, un gesto que Loona había aprendido a reconocer como señal de que estaba evaluando—. Un guardia real no cae. Un guardia real esquiva. Un guardia real contraataca. ¿Qué eres tú?

El infierno es eternoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora