Todas las mañanas Max y Marciana iban al parque a alimentar a las palomas. Después dormían un rato sobre la hierba fresca cubiertos por el olor de la lluvia. Sus cuerpos se llenaban de hojas secas y del olor de los urapanes. Hacia las diez de la mañana Marciana y Max se dirigían al apartamento de la avenida Blanchot. Max se sentaba en el balcón mientras Marciana se bañaba con agua caliente y cantaba no me jodan la vida nene nene qué vas a hacer cuando seas grande van a tener que hablar conmigo piel dura fotografías con brandy a las diez de la mañana prende un cigarrillo en la mitad de los dedos abre la puerta vamos al cine chúpame mátame.
Los días en la avenida Blanchot pasaban como una canción que se estaba apagando. Eran días que empezaban recortados, mutilados, destrozados. Apenas se despertaban Max y Marciana empezaban a chapotear a través de la luz pesada del día. Lentamente Max atravesaba el pasillo y se dirigía al baño a lavarse los dientes y llenaba su boca de espuma blanca para sacarse los malos olores de las pesadillas, para limpiarse los restos de las palabras oscuras que se atropellaban entre los dientes durante la noche.
En las mañanas el apartamento de Marciana permanecía en silencio. Únicamente se escuchaba el ruido que producía Max en el balcón. Después de su desayuno, sopa de paquete y café negro con dos cubos de azúcar, Max se iba al balcón y regaba migas de pan sobre la cornisa con paciencia como si las palomas o el pan se fueran a acabar. El ruido que producía Max era leve y se colaba debajo del ruido de la ciudad, debajo del ruido que hacía Marciana que dormía con la almohada cogida entre sus manos para no dejar ir ese olor invisible de los sueños, ese perfume del amanecer que la cobijaba de pies a cabeza, para no dejar ir esa canción profunda y borracha que mojaba sus sueños rotundamente con un poco de no me jodan la vida nene nene qué vas a hacer cuando seas grande van a tener que hablar conmigo piel dura fotografías con brandy a las diez de la mañana prende un cigarrillo en la mitad de los dedos abre la puerta vamos al cine chúpame mátame mientras Max permanecía en la ventana alimentando a las palomas con migajas de pan, con trozos de silencio y de humo azul.
Definitivamente ambos no estaban debajo de los mismos ruidos. Max y Marciana atravesaban los días a través de canciones rotas e inconclusas. A lo mejor se venían a encontrar al final del día, cuando sus canciones ya se estaban acabando y entonces se quedaban instalados en medio de dos silencios y se miraban, se tocaban, se despojaban de todo ese ruido que se les había pegado a lo largo del día y es por eso que Max le metía la lengua entre los dientes, para que Marciana no hablara, para que no rompiera ese silencio, sólo para eso, para que no iniciara otra vez la ópera absurda del tiempo y quedaran incomunicados uno al lado del otro pegados por el olor de unas babitas escandalosas, de unos calzones, del olor de esos calzones inciertos.
Marciana era un compendio de murmullos oscuros que latía junto a Max. Marciana se hacía partir de la luz, a partir de un cigarrillo, de un pucho con un café negro con tres cubos de azúcar. Max sufría de insomnio y por eso siempre observaba a Marciana durmiendo., respirando ruidos. Para Max el amanecer era una hora peligrosa. A esa hora siempre tenía un pie en la oscuridad y otro en la luz. Cuando veía a Marciana junto a él, pensaba en su cabello revuelto y sentía que debajo del olor fresco de ese pelo había un pantano donde nadaban todas las palabras y los ojos y las manos de Marciana porque las movía como si quisiera coger el aire, como si quisiera apagar la máquina de los sueños que había encendido cuando clausuraba su pequeño cielo restringido que portaba debajo del brassier blanco, debajo de no me jodan nene nene qué vas a hacer cuando seas grande van a tener que hablar conmigo fotografías con brandy a las diez de la mañana prende un cigarrillo en la mitad de los dedos abre la puerta vamos al cine chúpame mátame.
Todas las tardes Marciana iba al hipódromo. La razón era que unas semanas antes había conocido a un tipo en el bar de Alain. Se llamaba Noé y era dueño de Blasfemia, un pura sangre que era la promesa de la temporada. Noé estaba hablando con Alain cuando Marciana estaba cantando en el fondo del bar put on the red line put on the red line y mierda Noé le dijo a Max que esa mujer era la que necesitaba para llenarle la cabeza a Blasfemia de pequeños griticos, de ruiditos, de Marcianitas, de mañanitas con brandy y fotografías a las diez cuando el sol calentaba los árboles, la arena, las nubes.
