Hoy ni siquiera intento ocultar las secuelas de otra noche en vela.
Me levanto y conduzco hasta el instituto como un autómata.
Cuando salgo del coche, mi reflejo en los vidrios ahumados de la ventana me devuelve una imagen casi espectral.
Da igual.
No importa si hago un esfuerzo por mejorar mi aspecto.
Nadie lo va a notar.
Nunca lo han hecho.
Olivia llega al mediodía.
Bob tuvo que pedir permiso en el trabajo para cuidar de Thomas y dejarla libre para el viaje.
Siempre es lo mismo.
No lo dicen, pero sé que soy un estorbo.
Aprecio el gesto, pero preferiría que no viniera.
No quiero fingir que estoy bien cuando apenas tengo fuerzas para moverme del estacionamiento hasta el salón de clases.
Lo único en lo que pienso es en llegar a casa, cerrar las cortinas y hundirme en mi pútrida autocompasión hasta que, por arte de magia, los días se evaporen y tenga que volver a arrastrarme hasta el instituto.
Además, hoy llego tarde.
Los pasillos están vacíos y silenciosos, lo que lo hace aún peor.
Sin ruido, mi cabeza no se detiene.
No puedo dejar de pensar en la llegada de Olivia.
No puedo dejar de imaginarme a Antón en la fiesta de Anne, follándose a una chica menos frígida que yo.
Una que lo disfrute más.
Una que él disfrute más.
Un escalofrío recorre mi cuerpo ante esa idea.
Debería sentir culpa.
Pero no la siento.
***
—Quizá debería haberse quedado en casa —dice Adams.
Levanto la vista y dejo el pase sobre su escritorio.
—Estoy bien.
Pero no lo estoy.
Mi voz apenas sale, y la atención del alumnado sobre mí solo empeora la situación.
Los diminutos ojos del imbécil de mi profesor me recorren con rapidez. Niega con la cabeza.
—Vaya a la enfermería, Dupont. No pienso seguir mi clase con una alumna a punto de desmayarse.
Solo me queda asentir.
Y tensar la mandíbula para no escupirle una tanda de improperios.
Supongo que es mejor eso que ir a la dirección.
Al menos en la enfermería tengo posibilidades de que no llamen a mis padres.
Aunque, he de admitirlo, me siento un poco mareada.
Es tanto así que, al llegar, voy directo a la camilla.
—El profesor Adams me hizo venir —intento sonreír, pero solo me sale una mueca extraña—. Dice que parezco enferma, pero no es verdad. Solo pasé la noche en vela.
—Te ves mal.
Roberts ni siquiera me mira cuando lo dice.
Rebusca algo bajo la mesa y solo voltea cuando ha terminado.
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Suya
RomanceCarolinne tiene dieciséis años y busca un hijo. Su madre se está muriendo y esa desesperada determinación parece ser el único resquicio de esperanza que ilumina el oscuro y vacío túnel en el que se ha convertido su vida. Sin embargo, luego de tantos...
