IX

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Dejo la taza de café sobre la mesa.

—Aquí tienes —digo.

—Gracias.

Antón le da una última calada a su cigarro antes de apagarlo contra el cenicero. Se incorpora y le da un trago a su bebida. Luego enciende otro. Van por lo menos cinco. El olor a tabaco impregna el recibidor. No me molesta. De hecho... me gusta. Solo porque viene de él.

Desde el sillón de enfrente, con las piernas cruzadas, lo observo. Parece una estatua renacentista. Su cuerpo desnudo, la manta gris enredada entre sus piernas, la quietud en su postura.

Miro el reloj.

—Son las once. Mañana es lunes.

—Ya —asiente.

—¿Quieres que me vaya?

—Da igual. No duermo mucho. Pero tú sí.

—Ah. Te preocupas por mí.

El tinte burlón en su tono me crispa. Enderezo la espalda, frunzo el ceño.

—Lo único que quiero es que no te despiertes de malhumor mañana.

—Buah, da igual. —Su expresión de hastío vuelve a su rostro—. Tengo que ir al aeropuerto al mediodía. No creo que vaya al instituto.

—¿Cuándo vuelves?

—El jueves.

—Hm.

—¿Qué?

—Nada. —Niego con la cabeza, resoplo—. Es solo que... cuando hicimos el trato nunca contemplamos que alguno de los dos fuera a dejar la ciudad, ¿cierto?

Antón se inclina hacia adelante, apoyando la barbilla en una de sus manos. Con la otra, parece dirigir una orquesta invisible.

—Es importante.

No parece arrepentido. Pero hay reproche en su tono.

—Tienes razón —murmuro—. Para este tiempo ya debería haber funcionado... ¿verdad?

Sus ojos me taladran. Luego sonríe, apenas un amago en los labios.

—¿Quieres que hagamos un último intento antes de que me vaya?

Me muerdo el labio. Mis pensamientos se pierden en su piel. Recorro la musculatura de sus brazos, su abdomen, bajando incluso un poco más.

—Lo que tú pidas.

.

La próxima vez que miro el reloj, marca las tres en punto de la madrugada.

Me despierto porque tengo que orinar. Al volver a la habitación, caigo en cuenta de que estoy sola.

Tomo el móvil de la mesa de noche. Un mensaje de texto. Dos llamadas perdidas. La última, alrededor de las doce.

Miro el número varias veces antes de decidirme a llamarlo.

—¿Qué haces despierta a esta hora?

—Tú también estás despierto.

Se oye un suspiro al otro lado de la línea.

—No puedo dormir —murmuro.

Pasan varios segundos de silencio. El corazón me martillea el pecho.

—He estado pensando en tu propuesta.

—Oh. —Su voz suena más alerta—. ¿De verdad?

—Sí, sí. No quiero que pienses que estoy diciendo que sí. Solo quiero visitarlos, eso es todo. Pasar a saludar, no más. Disculpa, no sé si es la respuesta que esperabas. Es que... bah. Quizá es una tontería de mi parte, Zachary...

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