I

5.3K 346 13
                                        

La obra terminó hace varios minutos y el auditorio está vacío. Yo sigo aquí, esperándolo a él.

Fue el protagonista, no hace falta decir que lo hizo bien. Siempre lo hace. Tiene un talento increíble, es imposible no rendirse a su presencia cuando entra en el escenario. A mí nunca me salió tan real. Quizás por eso casi siempre me asignaban papeles secundarios.

Casi.

Sacudo la cabeza, no quiero pensar en eso. Ya no importa. La actuación nunca fue lo mío. Durante un tiempo me ayudó a mantener la mente despejada, pero supongo que ese era el problema. Tal vez, si hubiese pensado más, hubiese sido mejor. Pero ahora da igual. Si acepta lo que voy a proponerle, no tendré tiempo para nada.

Mis ojos ya se han acostumbrado a la oscuridad del teatro, pero la espera me inquieta. No estamos en buenos términos. Nunca fuimos amigos. La condescendencia que él parecía sentir hacia mí rozaba la aversión. La última vez que hablamos, dijo algo que me hizo creer que vendría si se lo pedía. Pero ahora no estoy segura de nada. Tal vez le di más importancia de la que en realidad tenía.

Han pasado quince minutos y estoy a punto de rendirme cuando escucho un movimiento sobre la tarima. Sé que es él. Siempre lo sé. Mi corazón comienza a latir con rapidez a medida que sus pasos se acercan.

―Te estuve esperando ―digo. Me dan ganas de recriminarle por haber llegado media hora tarde, pero me contengo―. Me alegra que estés aquí.

―Sí, pero tengo que irme pronto.

Su rostro apenas se distingue en la penumbra, pero conozco su expresión de hastío sin necesidad de verla.

―Seré breve ―respondo.

―Eso espero.

―Quiero que sepas que nadie debe enterarse de esto ―le digo―; es un secreto.

Da unos pasos más hasta quedar frente a mí. Es alto, me saca al menos una cabeza.

―Espero que no me hayas llamado solo para eso.

―Si no te necesitara, no habría venido hasta ti.

―¿Necesitarme? ―Ríe entre dientes―. ¿Para qué podrías tú necesitarme?

Mis manos comienzan a estrujar un pañuelo invisible. Intento respirar profundo antes de continuar, pero es inútil, el aire se me hace cada vez más denso.

―¿Te gusto, Antón? ―levanto la vista para mirarlo de frente―. ¿Te acostarías conmigo?

Su expresión cambia. Ya no hay rastro de burla. Antón parece una estatua. Su silencio es insoportable. Cada segundo que pasa es una pequeña tortura.

No debería haber venido. No debería haber preguntado esto.

Retrocedo un paso, pero justo cuando me dispongo a marcharme, él responde:

―Sí.

Un nudo me cierra la garganta. Sus ojos recorren mi cuerpo con lentitud antes de volver a encontrarse con los míos.

―Si te lo preguntas ―dice―, no he cambiado de opinión. Sigo pensando lo mismo que la última vez.

Pero saberlo no me tranquiliza. La posibilidad de que acepte me turba más de lo que esperaba.

―Quizá te parezca una locura. Si no fuese urgente, jamás pensaría en molestarte. ―Cierro los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavan en la piel―. Tengo que quedar embarazada.

Antón alza ambas cejas. Después de meses sin vernos, que yo aparezca y le diga esto de repente debe, por lo menos, captar su atención.

―¿He escuchado bien?

―Sí, has escuchado bien ―respondo―. Ayúdame. Dame un hijo.

No espero que lo entienda. No espero que lo apruebe. Pero, para mi suerte, él parece no estar particularmente interesado en mis razones.

―Puedo acostarme contigo. ―Asiente―. Aun así, no es tan simple, Carolinne.

―Sí, lo es. He revisado todas las cuestiones legales, también tengo exámenes médicos recientes. Hay garantías, Antón, yo he pensad...

―Me imagino que también has pensado ―interrumpe―, en qué puedes ofrecerme a cambio, ¿no?

Su voz es tranquila, pero me congela. Siento que mi plan se desmorona. ¿Cómo pude ser tan idiota? Es obvio que acostarse conmigo no es suficiente si puede acostarse con cualquier otra.

―No lo hice ―admito―. Pero podemos llegar a un acuerdo. Si me das tiempo, puedo conseguir dinero o lo que pidas.

―¿Crees que pienso prostituirme?

Me agarra del brazo. La presión de sus dedos me corta la circulación.

―No lo sé ―respondo con sinceridad. Mi voz tiembla―. ¿Qué puedo ofrecerte, entonces?

Antón se inclina, acercándose a mi oído.

―Te quiero a ti.

Su aliento me roza la piel. Sabe que me está desarmando.

―Quiero que estés disponible para mí en todo momento. Y quiero ser el único.

«Siempre has sido el único».

―S-si aceptas, l-lo haré.

Intento respirar profundo, pero el aire está viciado. El aire es él.

―¿Me temes acaso, Carolinne?

Un escalofrío desciende por mi espalda. No retrocedo. No hago el más mínimo movimiento para liberarme de su agarre.

―No lo sé. ¿Quieres que te tema?

No responde. En cambio, con la mano que no sostiene mi brazo, toma mi rostro y me obliga a mirarlo.

Mis piernas tiemblan. Podría desmayarme en este preciso instante, pero no lo hago.

Me besa con brusquedad.

«¿Qué tan lejos estás dispuesta a llegar?» parece preguntarme.

Lo dejo entrar en mi boca, lo dejo bajar una de sus manos hasta más allá de mi espalda. No hago ningún movimiento, aun cuando la idea de enredar mis dedos en su cabello llega a parecerme tentadora. Sujeta mi labio inferior entre sus dientes y una descarga eléctrica recorre todo mi cuerpo.

«Hasta el infierno, de ser necesario» le respondo.

Por segunda vez en la tarde, escucho pasos en la parte de atrás del escenario.

Antón se separa de mí y me suelta el brazo. Tal vez luego tenga un moretón donde sus dedos me apretaron.

―Sé dónde está tu casa ―dice―. Mañana te veré.

―De acuerdo.

Su silueta se pierde en la salida trasera del teatro.

El pulso me martillea en los oídos. Creo que esta vez sí voy a desmayarme. Aun así, obligo a mis piernas a moverse hacia el extremo opuesto por donde se fue.

Al salir, el aire frío logra despejarme un poco la mente. Me apoyo en una pared cercana y cierro los ojos. Intento dejar atrás lo que pasó y centrarme en lo inmediato, pero es imposible.

Al pasarme la lengua por los labios, el sabor metálico de la sangre me revuelve el estómago.

Con eso, ya hemos sellado el pacto.

SuyaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora