Despierto con un sobresalto.
El reloj en la mesa de noche marca las tres de la madrugada.
Antón se fue a las ocho y no me he movido de la cama desde entonces.
Me incorporo y las sábanas resbalan por mi piel desnuda, cayendo en picada. A la luz de la luna, las pequeñas gotas color carmín que manchan la tela resaltan con un matiz espectral.
Aparto la vista.
Mi cuerpo está pegajoso. Incómodo.
Necesito un baño.
Cruzo la habitación en grandes zancadas, enciendo la luz del baño y me detengo frente al espejo.
El reflejo me golpea como un puñetazo en el estómago.
Cabello desordenado.
Labios hinchados.
Piel brillante por el sudor.
Recuerdo la mirada de Antón recorriendo cada centímetro de mi cuerpo y siento náuseas.
Como si un interruptor invisible se accionara en mi interior, entro a la ducha y abro el agua caliente al máximo. El vapor llena la habitación en segundos.
Me enjabono hasta enrojecerme la piel.
Me lavo el cabello una y otra vez.
Pero no importa cuánto lo intente.
No logro sentirme limpia.
¿Por qué no puedo estar limpia?
Me llevo las manos a la cabeza y jalo el cabello con fuerza. Mi corazón galopa desbocado, intento respirar hondo y apoyo la espalda contra la pared fría.
Poco a poco, me deslizo hacia el suelo.
Cierro los ojos.
Tranquilízate.
Me concentro en el sonido del agua.
Tranquilízate.
Respiro hondo.
¡Tranquilízate!
Un grito desgarra mi garganta.
Permanezco allí, encogida en el suelo de la ducha, hasta que el agua empieza a enfriarse.
Cuando por fin consigo levantarme y cerrar el grifo, mi cuerpo tiembla por el cambio de temperatura.
Me envuelvo en una toalla gruesa, pero el frío se me mete en los huesos.
Me visto rápido y, a medida que recupero el calor, me hago más consciente de mi entorno.
La habitación es un desastre.
Las sábanas, el acolchado, la ropa que llevaba en la tarde...
Lo recojo todo.
Debo desaparecer la evidencia.
Al volver del cuarto de lavado, me detengo en la cocina. Paso un dedo por las hornillas y miro el polvo que se adhiere a mi piel.
Antón se dio cuenta.
Frunzo el ceño.
¿Cómo has podido ser tan descuidada?
Cojo una esponja, la mojo con agua y jabón, y empiezo a fregar con furia.
Debe quedar limpio.
Debe parecer... normal.
Pero nada es normal.
Desde la mañana, solo he comido una manzana.
Y no tengo hambre.
Las siguientes horas las paso en vela.
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Suya
RomanceCarolinne tiene dieciséis años y busca un hijo. Su madre se está muriendo y esa desesperada determinación parece ser el único resquicio de esperanza que ilumina el oscuro y vacío túnel en el que se ha convertido su vida. Sin embargo, luego de tantos...
