Era el mejor amigo de su ex, el que estaba siempre con ellos, el que les escuchaba cuando tenían un problema y también cuando todo iba sobre ruedas. Les había apoyado a los dos cuando lo habían dejado y en ningún momento había tomado partido por alguno. Es más, gracias a él y a sus consejos habían cortado la relación de la manera más pacífica posible y habían continuado la amistad. Era el mejor amigo de su ex y, ahora, también era el suyo. Se preocupaba por ella, le apoyaba y siempre tenía un buen consejo preparado. La adulaba cuando era necesario y la regañaba cuando cometía alguna estupidez. Daba la cara por ella en cualquier ocasión y siempre estaba allí para cubrirle las espaldas. Ella le admiraba, porque parecía serio y callado, pero cuando estaban juntos las horas pasaban volando. Compartían ideas, gustos e ilusiones. Incluso, a veces, bastaba con una mirada para que se leyeran la mente. Cuando él sonreía, ella se contagiaba, y viceversa.
Se querían. Era una relación sana, cuidada.
Se querían y ambos se lo demostraban continuamente.
Se querían y estaban juntos a todas horas: en los pasillos del instituto, por las tardes tomando algo, por las noches de fiesta.
Se querían y lo compartían todo: las confidencias, los amigos, los miedos y las ilusiones.
Se querían, como grandes amigos, como quien quiere a un hermano o a un primo.
Se querían y todo el mundo era consciente de ello, porque no lo ocultaban.
Se querían, pero lo que nadie sabía era que, a veces, también se acostaban.
No se lo contaban a nadie porque no le daban ninguna importancia. Eran grandes amigos desde hacía mucho tiempo, iban juntos siempre y no tenían secretos. Y, además, físicamente se atraían. Lo habían sabido siempre. Eran tan diferentes por fuera y tan parecidos por dentro que inevitablemente algo tenía que acabar pasando tarde o temprano.
Ella era rubia y tenía el pelo tan largo que casi le llegaba hasta el culo. Llevaba años dejándose crecer el cabello y lo tenía tan cuidado que los tirabuzones que se le formaban daban pequeños saltos con cada uno de sus pasos. Y todos los días sin excepción llevaba tacones, altos y todos los grosores posibles. Sus piernas parecían kilométricas con ellos y los pantalones ajustados, las faldas cortas y los escotes las realzaban aún más. Estaba delgada y fuerte, porque hacía mucho ejercicio y cuidaba su dieta. Pero, sobre todo, era orgullosa. Cabeza alta, mirada clara y decidida, siempre con la postura erguida y una sonrisa dibujada en los labios. Y su piel era tan blanca que cualquier rayo de sol, por mínimo que fuera, la volvía roja. Pese a ello, era hermosa y todos lo sabían.
Pero quien más conciencia tenía de ello era él. Sabía que juntos destacaban. Su estatura media siempre le hacía parecer más bajo que ella, alzada en sus tacones, y su cuerpo era más bien ancho, fuerte, una mezcla extraña y exótica de raíces latinas y africanas. Tenía los ojos casi tan oscuros como la piel, y el cabello negro, aunque no llegaba a ser afro, estaba siempre ensortijado, completamente incontrolable. Su rostro solía estar serio y, a menudo, parecía que nunca hablaba, porque prefería escuchar antes que cualquier cosa. No solía sonreír, pero cuando lo hacía, mostraba una ristra de dientes blancos como la leche, casi perfectos excepto por dos colmillos torcidos. Sin embargo, a él le gustaban.
Y, aunque ella hablaba mucho y él bastante poco, se entendían bien tanto fuera como dentro de la cama. Llevaban muchos meses acostándose, tantos que no los tenían contados, aunque ambos eran conscientes de que en poco tiempo haría más de un año. No se lo habían dicho a nadie, porque era algo íntimo suyo. Tenían sus propias vidas, sus propios ligues e incluso en el tiempo que llevaban acostándose él había estado saliendo un mes con otra chica, aunque no había funcionado y en cuanto lo dejaron, volvió a sus escarceos con ella.
Ambos sabían que su relación era sana, sin ataduras y con una comunicación fluida, casi perfecta.
Por eso, aquella noche de junio, cuando él le confesó aquello, ella ni siquiera se sorprendió.
—Te quiero.
Estaban abrazados en el sofá, desnudos, en la casa de él. Hacía tanto calor que ni siquiera el aire acondicionado les aliviaba, pero aquello no les había impedido acostarse ni tampoco permanecer abrazados, en silencio, durante casi una hora. Les gustaba disfrutar de la compañía del otro, de su olor, de su tacto, de su respiración acompasada y de sus caricias.
Ella, que en aquel momento observaba sin atención el vacío, alzó la cabeza para mirarle a los ojos.
—¿Por qué me dices eso? —suspiró.
—Porque es la verdad.
La voz de él era tan suave, tan sincera, que la muchacha se estremeció.
—Te quiero. Te llevo queriendo desde hace años, desde que salías con Dani. Te quiero, porque eres única, porque eres buena, inteligente, especial. Te quiero, porque eres hermosa, y no digo físicamente, sino mentalmente. Tienes pasión, grandes ideas, grandes metas. A tu lado soy yo mismo, me siento seguro, arropado.
»Te quiero porque eres única, porque me entiendes y me apoyas como nunca nadie lo ha hecho. No te importa el color de mi piel ni tampoco mi origen, nunca me has mirado con curiosidad por ello ni me has juzgado tontamente tampoco. Me ves como una persona, aunque sea diferente a ti, aunque tenga un origen distinto y un físico distinto. Tú nunca me has discriminado ni siquiera inconscientemente.
»Te quiero porque llevo años a tu lado y tú nunca me has echado ni me has tratado mal. Siempre has contado conmigo, has estado allí si tenía algún problema, me has dado consejos. Cuando necesitaba llorar, me has ofrecido el hombro. Cuando necesitaba una regañina, tú me la has dado. Cuando no sabía si seguir adelante, tú, con tus manos enanas, me has tirado al vacío y me has hecho volar.
»Te quiero y lo sé desde hace meses. Eres mi mejor amiga, mi hermana, mi confidente, mi amante, pero yo quiero que seas algo más, quiero que todo el mundo lo sepa. Porque querer es poco. Nunca ha habido secretos entre nosotros y no los va a haber ahora. Querer es poco para lo que yo siento por ti. Estoy enamorado de ti.
Y ella no lloró, tampoco dijo nada, ni siquiera le abrazó más fuerte. Pero desde hacía ya mucho tiempo ambos sabían lo que el otro pensaba y su mirada brillante lo decía todo.
Siete años después ninguno recordaría casi nada de aquel día, solo las palabras de él y la mirada de ella.
Siete años después, solo Dani sabía cómo habían comenzado a salir Erik y Karina, la historia completa, incluido el tiempo de amistad. Porque él lo había sabido siempre, pero había esperado pacientemente a que ellos se dieran cuenta de lo que realmente sentían. Y así se lo contó a Anais la tarde en la que Erik había ido corriendo a solucionarlo todo con Karina.
Desde entonces, Anais deseó una historia de amor como la de sus dos amigos.
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Capítulo cortito, pero intenso. Tenía que escribir, por fin, como comenzó la historia de Erik y de Karina, también porque es importante para entender por qué, pese a todo, siempre se empeñan en seguir juntos.
Espero que os haya gustado :D Hasta el próximo capítulo (que será más largo, lo prometo).
Mil gracias por vuestros comentarios, votos, lecturas y por todo el apoyo <3
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Anais
General FictionErik nunca fue el típico chico malo que juega con las mujeres para luego abandonarlas. Y, sin embargo, acabó utilizando a ambas, atrapado en un triángulo amoroso del que jamás quiso formar parte. Karina siempre había sido una mujer independiente que...
