Capítulo 9

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Frank estaba en blanco, y en momentos así realmente comprendía lo cansado que podían sentirse los detectives. Llevaba ya cinco días sin dormir y absolutamente nada nuevo había llegado a él. Sólo se daba vueltas por sobre los mismos absurdos datos una y otra vez, fechas, lugares, pruebas que no servían tanto como creía... todo carecía sentido, carecía de peso y no ayudaba en nada a su búsqueda. Estaba estancado, y lo único que quería era un dato de interés del cual aferrarse para salir del fango. Sólo uno. Pero no había nada.

— El café siempre sirve para aclarar la mente —se dijo a sí mismo con las palabras que frecuentemente usaba Gerard cuando estaba en medio de un bloqueo de escritor. Y quizás era porque él estaba en la silla de Gerard, frente a su escritorio, usando su suéter favorito y bebiendo de su taza favorita, pero en momentos así se sentía bastante cerca de él. Como si Gerard fuese a entrar al estudio en cualquier momento a llamar su atención porque no estaba manchando su escritorio con café o porque estaba impregnando las cortinas con el humo del cigarrillo.

Dejó ir un hondo suspiro y encendió el hervidor. La cocina estaba fría y afuera estaba comenzando a oscurecer. El cielo tenía todos esos tonos entre el rojo y el azul que hacían a Gerard suspirar. Era tan estúpido encontrarse a sí mismo contemplando cada bendita cosa y pensando en Gerard, aunque posiblemente era bastante normal. Quería creer que era normal.

Veinte minutos después y luego de beber el último sorbo de café, supo que ninguna maldita cosa iba a llegar a él por parte de esos papeles y fotografías. Todo había sido repasado mil veces por los detectives y por él mismo. No tenía nada nuevo. Así que decidió abandonar el estudio, por su propio bien y por el de su investigación privada. Regresó a su habitación y se lanzó de espaldas en la cama, frotando sus ojos con fuerza y repitiendo una y otra vez los puntos álgidos de su investigación en su cabeza.

El bar. El bar. Era malditamente obvio.

— ¡Claro! —gritó alzando ambas manos en el aire, y con prisa se lanzó al armario para buscar algo de ropa limpia.

No tardó mucho en sentarse tras el volante y como si temiera que el bar fuese a cambiar de lugar, tomó el desvío que lo dejaba justo en la calle trasera a este, en un viaje que no tardó más de tres minutos. El reloj de su celular marcaba las ocho y treinta de la noche, y el oscuro ambiente nocturno del lugar ya estaba tomando forma.

— Alicia —pidió con voz ansiosa cuando una mujer se aproximó a su mesa—, busco a Alicia.

— Pero yo puedo hacer lo mismo que Alicia —negoció ella. Su rubio cabello caía con gracia sobre sus hombros, contrastando bastante con el bronceado de su piel. Frank miró sin querer el pronunciado escote, y luego alzó la mirada a sus azules ojos, negando una vez—. Alicia, seguro —dijo ella, y se apartó.

Frank no estaba demasiado seguro de que fuese a llamarla, y estaba preparándose para hacerlo él mismo cuando vio a Alicia, en un atuendo similar al de la otra noche, acercarse a su mesa. Lucía sorprendida pero había una sonrisa en sus rojos labios, y sólo tomó asiento ante él, esperando.

— ¿Cómo va todo? —preguntó ella.

Frank se encogió de hombros.

— Está igual... —comenzó— No tienen nada y no tendrán nada, de seguro van a dejar el caso abandonado y yo no puedo soportar eso, Alicia.

— Lo sé, lo entiendo.

— Por eso quería pedirte ayuda —dijo Frank, aproximándose a la mesa—, yo sé que aquí hay cámaras de seguridad pero por alguna razón no quisieron darle todas las cintas a la policía. Ellos tienen las cintas hasta medianoche pero pasada esa hora no hay nada. Gerard murió pasada la medianoche del 18 de enero, él salió de aquí pasada la medianoche. Necesito esas cintas, Alicia.

the hunt ・ frerardWhere stories live. Discover now